Cómo formar estudiantes para trabajos que todavía no existen

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En un mundo en el que la inteligencia artificial, la automatización y la digitalización transforman a gran velocidad el mercado laboral, las universidades enfrentan un dilema central: cómo preparar a los estudiantes para profesiones que todavía no existen. “El mayor desafío es cómo no volvernos obsoletos ni irrelevantes como educadores”, advirtió Lucas Grosman, rector de la Universidad de San Andrés (UdeSA), en diálogo con LA NACION.

Abogado y académico, sostiene que la clave pasa por desarrollar “capacidades perdurables” y no únicamente conocimientos que pueden caducar en poco tiempo. Para Grosman, la formación debe apoyarse en tres pilares: el pensamiento analítico, la interdisciplina y la innovación constante.

Ese enfoque llevó a la UdeSA a crear nuevas carreras en la Argentina, como Negocios Digitales, Ciencias del Comportamiento o Diseño Integral, que luego fueron replicadas por otras casas de estudio del país. En paralelo, la institución explora nuevas metodologías de enseñanza, como la “presencialidad aumentada”, y enfrenta el reto de integrar la inteligencia artificial en la experiencia educativa sin reemplazar las habilidades cognitivas esenciales. “El desafío es que los jóvenes no sean meros consumidores de tecnología, sino protagonistas de su aprendizaje”, enfatizó.

Hoy la universidad ofrece cerca de 20 carreras de grado, 30 programas de posgrado y más de 50 de formación ejecutiva

Hoy la universidad ofrece cerca de 20 carreras de grado, 30 programas de posgrado y más de 50 de formación ejecutiva, con un cuerpo docente de 1.650 profesores de dedicación completa, parcial y simple. Además, impulsa un sistema de becas y de ayuda financiera que alcanza a más del 50% de sus estudiantes de grado.

-¿Cuáles son las principales transformaciones que está atravesando hoy la educación superior?

-El mayor desafío es cómo formar a nuestros estudiantes para profesiones que todavía no existen. Esto es muy novedoso, porque el mundo académico y profesional siempre fue dinámico, sujeto a cambios, pero nunca al ritmo vertiginoso que vemos hoy. En una misma generación ocurren transformaciones que antes tardaban varias. Para los educadores esto implica un desafío enorme: cómo no quedar obsoletos y volvernos irrelevantes.

-¿Qué respuesta ve frente a ese escenario?

-A nivel institucional y personal, creemos que la solución pasa por tres pilares. El hilo conductor es desarrollar capacidades que sean perdurables, que no queden obsoletas con el paso del tiempo. El primer pilar apunta a generar capacidades analíticas: aprender a pensar, a razonar, a enfrentar problemas, y no solo a memorizar. Cuando estudié Derecho, en los años 90, la formación en Argentina -de tradición continental, típica de Latinoamérica y Europa- estaba muy marcada por la memorización. En los exámenes te podían preguntar “¿qué dice el artículo X del Código Civil?”. La evaluación condiciona la formación: el estudiante piensa el estudio en función del examen. Y si solo aprendés de memoria, cualquier cambio en la norma invalida tu conocimiento. Por eso lo central es aprender a analizar, a resolver problemas nuevos, a enfrentar casos difíciles que no están previstos en los textos.

El segundo pilar es la interdisciplina: aprender a mirar la realidad desde distintos ángulos. Como dice la frase atribuida a Mark Twain: para quien solo tiene un martillo, todos los problemas parecen clavos. Si solo contás con una herramienta, tratás de forzar la realidad a ese molde. En cambio, con una caja de herramientas diversa podés adaptarte vos a la realidad. En San Andrés trabajamos esto con un ciclo de fundamentos: entre 12 y 14 materias generales, según la carrera. Así, un estudiante de Derecho debe cursar Matemática, Historia, Filosofía o Economía, y alguien de Negocios Digitales estudia también Derecho. Esto los obliga a salir de la zona de confort y a integrar saberes. El tercer pilar es la innovación. Estar siempre pensando en el problema que viene, en los contenidos, en las metodologías y en los programas que ofrecemos. En los últimos años nos hemos convertido en una usina de nuevos programas en la Argentina.

-¿Qué lugar encuentra para la innovación en contenidos?

-Hace unos años, lanzamos una carrera de Diseño Integral -no gráfico o de indumentaria, sino transversal- porque la tecnología, como la impresión 3D, vuelve irrelevante esa división. La propuesta fue tan exitosa que al año siguiente ya la replicaron otras universidades, y hoy se volvió norma. También creamos Negocios Digitales, combinando programación con gestión empresarial. La diseñamos porque la industria señalaba que había buenos programadores y buenos administradores, pero no profesionales con ambas capacidades. Hoy esa carrera se dicta en 20 universidades, incluso en Uruguay. Lo mismo ocurrió con Ciencias del Comportamiento, una carrera que no reemplaza la psicología, sino que la complementa y aborda el comportamiento humano desde otro lugar: es eminentemente interdisciplinaria entre neurociencias, economía, psicología y métodos cuantitativos. Nuestros estudiantes salen sabiendo programar, hacer estadística y entender el comportamiento humano desde múltiples enfoques. A pocos años de su creación, ya la ofrecen las principales universidades del país. En posgrado seguimos la misma lógica: lanzamos una maestría en Negocios Digitales, Ciencia de Datos e Inteligencia Artificial, esta última incluso antes de la explosión de la IA generativa. Eso nos permitió estar preparados cuando irrumpió con tanta fuerza.

Más del 50% de sus estudiantes de grado acceden al programa de ayuda financiera

-¿En qué otros espacios ve oportunidades?

-En formatos y metodologías. La pandemia nos obligó a repensar la enseñanza y de allí surgió el concepto de “presencialidad aumentada”: clases presenciales, pero potenciadas por la tecnología. La presencialidad es muy importante: durante la pandemia vimos que en algunas materias el rendimiento caía de manera muy clara por la falta de clase; y esto se acentuaba aún más en el colegio secundario, muchísimo más en el primario y en el jardín. Pero grabamos y transmitimos por streaming, de modo que un estudiante que falta no pierde la clase y luego puede buscar fragmentos específicos gracias a la plataforma y a la aplicación de soluciones de inteligencia artificial. Todas las aulas fueron adaptadas con micrófonos, cámaras y pantallas táctiles.

-¿Qué desafíos encuentra en la incorporación de IA?

-Con la explosión de la inteligencia artificial generativa, los estudiantes acceden a mucha más información, pero al mismo tiempo hay capacidades cognitivas que empiezan a desarrollar solo de manera parcial. ¿Por qué? Porque ya no las necesitan. Sería como si con la llegada de la calculadora hubiéramos dejado de enseñar matemática: hubiese sido una tragedia. Con la inteligencia artificial puede suceder algo parecido. La experiencia es más rica, aunque el desafío es no atrofiar capacidades cognitivas que antes se desarrollaban de manera natural.

-¿Cómo ve el uso de IA en las universidades? ¿Deberían formar a los estudiantes en el uso herramientas?

-En todo el mundo nos estamos preguntando qué hacer con esto: universidades, colegios, todos los ámbitos educativos. Creo que es inevitable incorporar la inteligencia artificial a la experiencia educativa, porque será parte de la realidad de los estudiantes. Si la dejamos completamente al margen, no los estaríamos preparando para el mundo en el que van a vivir ni para el ejercicio de su profesión. No obstante, que la incorporemos no significa dejar de desarrollar ciertas capacidades básicas. Para poner una metáfora: nosotros adoptamos el automóvil, pero eso no implica que dejemos de usar las piernas, porque sería muy malo para nuestra salud. En lo cognitivo ocurre algo parecido, e incluso más grave: si la inteligencia artificial reemplaza habilidades esenciales, nos empobrecemos intelectualmente. Por eso, hay que encontrar maneras inteligentes de integrarla; que los estudiantes no se conviertan en usuarios pasivos, sino en participantes activos de un proceso mucho más interactivo y dinámico, dejando cierto espacio para el desarrollo de capacidades que la inteligencia artificial no debería suplantar. Obviamente, es más fácil decirlo que llevarlo a la práctica, y dependerá de cada institución y de cada tecnología. Pero conceptualmente, el camino pasa por ahí.

-¿Cómo imagina el futuro de las universidades? ¿Los títulos seguirán siendo relevantes?

-Las universidades seguirán cumpliendo un rol importante, en la medida que sepan adaptarse. Algunas son más conservadoras y corren riesgo de volverse obsoletas o irrelevantes. Al igual que sucede en muchos campos, algunos se adaptarán mejor que otros. Las universidades que logren actualizarse tendrán un rol clave, porque además de enseñar, curan conocimiento: ayudan a distinguir la información valiosa de la que no lo es. Hoy hay muchísima información, pero también muchas fake news; y saber distinguir implica entender un montón de cosas sobre el funcionamiento del mundo. El énfasis deberá estar en las bases: enseñar a pensar, a hacerse preguntas, a aprender. Como dicen los cazatalentos, hoy importa menos lo que alguien hizo y más su capacidad de dudar, de ser curioso y flexible. La educación también será más continua: ya no habrá un periodo para estudiar y otro para trabajar, sino un aprendizaje permanente. Y ahí la universidad debe ofrecer bases sólidas para que cada persona pueda actualizarse.

-¿Qué aprendizajes puede tomar la universidad argentina de modelos internacionales?

-En San Andrés, muchos profesores tuvimos una experiencia de formación en el extranjero, nos permite entender las tendencias en otros lugares, con más recursos, tradición e historia. Un aspecto valioso es el modelo de alta dedicación: estudiantes y profesores con fuerte compromiso de tiempo. Para lograrlo se necesitan programas de becas robustos. Hoy el 55% de nuestros estudiantes recibe beca o ayuda financiera, incluyendo matrícula, alojamiento, estipendio y apoyo pedagógico. Eso garantiza igualdad de oportunidades y permite que el estudio sea la actividad central en esos años. También es clave la figura del profesor-investigador: no solo un profesional exitoso, sino alguien que reflexiona y produce conocimiento. Y el contacto constante con el mundo, para no ser receptores pasivos sino actores en la creación de saber.

-¿Cuál considera que fue la principal innovación que encararon desde la Universidad de San Andrés?

-No señalaría una sola, pero sí la creación de programas novedosos tanto de grado como de posgrado, que luego fueron adoptados por muchas universidades. Eso marcó una diferencia y elevó la vara del sistema educativo argentino. Además, buscamos integrar ciencia, tecnología e industria. En nuestro edificio de innovación conviven el centro de emprendedores, profesores de inteligencia artificial y laboratorios de neurociencias. Esa cercanía genera sinergias y proyectos conjuntos. Ese espíritu de convergencia es central en nuestra visión.

-¿Cuál es el objetivo de la cena anual y cuáles fueron los resultados de esta edición?

-La cena anual se realiza desde hace 34 años -la universidad tiene 36- y es el momento clave de recaudación para financiar becas, donde empresas, personas físicas y familias, nos ayudan a hacer realidad el sueño de la igualdad de oportunidades educativas en la Argentina. Este año recaudamos más de US$2 millones, un récord para nosotros. Otro rasgo distintivo es la rendición de cuentas abierta que publicamos todos los años. Esa transparencia nos diferencia en el sector educativo y fortalece la confianza de quienes nos apoyan.