PARIS.– “En nombre de Dios”, “Dios así lo quiere”, “La furia divina caerá sobre sus cabezas”… Paradójicamente, en un mundo cada vez más secularizado, los discursos mesiánicos se han apoderado de los hacedores de guerra. Al punto, que –sin exagerar– se podría decir que la guerra de Irán ha convertido a sus tres actores en víctimas del mismo milenarismo.
Para gran parte de los evangélicos estadounidenses, la guerra con Irán se interpreta a la luz de profecías bíblicas, que justificarían una supuesta “guerra justa”.
En los días posteriores al lanzamiento de la operación “Furia épica”, el 28 de febrero, varios miembros de la administración Trump enumeraron las razones que llevaron a Estados Unidos a bombardear Irán junto a Israel, denunciando el peligro que representaría Teherán para la región, acusado de querer obtener el arma nuclear. Cada uno de ellos hizo especial énfasis en el “fanatismo” religioso del régimen.
“Este régimen está dirigido por religiosos radicales que no toman decisiones geopolíticas. Toman decisiones basadas en la teología, su visión de la teología, que es apocalíptica”, afirmó el lunes 2 de marzo el secretario de Estado Marco Rubio.
Ese mismo día, su homólogo Pete Hegseth, secretario de Defensa, coincidió: “Regímenes locos como el de Irán, obsesionados con ilusiones islámicas proféticas, no pueden poseer armas nucleares. Es una cuestión de sentido común”. Y no solo eso, Hegseth ha pedido al pueblo estadounidense que rece “todos los días, de rodillas” por una victoria militar en Medio Oriente “en el nombre de Jesucristo”.
¿Se trata realmente de sentido común? Proveniente del campo MAGA, la condena de un adversario iraní sometido a una visión del mundo apocalíptica, alimentada por profecías del fin del mundo, resulta sorprendente. Porque para una parte importante de su electorado evangélico, lo que ocurre en Medio Oriente se ve precisamente a través de un prisma escatológico, a partir de una lectura muy particular de los textos bíblicos.
Desde el anuncio de los primeros bombardeos contra Irán, numerosas personalidades evangélicas han interpretado los eventos actuales como “signos” del fin de los tiempos venideros, preludio según ellos del regreso de Cristo.
“Hoy nos regocijamos con las escrituras proféticas de Ezequiel, que revelan la operación ‘Furia épica’ de Dios contra los enemigos de Israel”, predicó por ejemplo el pastor John Hagee, fundador de la megaiglesia texana Cornerstone Church y figura del sionismo cristiano. “Hoy vemos realizarse lo que la Biblia había predicho hace miles de años”, declaró por su parte Greg Laurie, pastor principal de la Harvest Christian Fellowship, en California, en uno de los numerosos videos que dedica al tema.
Para quienes están familiarizados con el evangelismo estadounidense, este tipo de declaraciones no es nada nuevo. Anuncios similares se hicieron durante la guerra Irán-Israel de junio de 2025, tras el asesinato selectivo del general iraní Ghassem Soleimani en 2020, durante la guerra de Irak de 2003 o también regularmente durante la Guerra Fría. En este lado del Atlántico, en cambio, esa escatología mezclada con geopolítica, llena de referencias a los libros de Daniel, Ezequiel o al Apocalipsis de Juan, desconcierta.
En 2003, poco antes de la invasión de Irak, George W. Bush, él mismo cristiano nacido de nuevo, mencionó a “Gog y Magog” durante una conversación telefónica con Jacques Chirac. Sorprendido, el Elíseo pidió consejo a la Federación Protestante de Francia, que solicitó al exégeta Thomas Römer, hoy profesor en el Collège de France, que descifrara las referencias consideradas oscuras del presidente estadounidense.
“Si bien los evangélicos estadounidenses están lejos de compartir todos la misma concepción de la escatología, muchos adhieren al llamado ‘dispensacionalismo’ de tipo premilenarista. John Nelson Darby, un predicador angloirlandés del siglo XIX, popularizó ampliamente el dispensacionalismo contemporáneo, según el cual la historia humana debe interpretarse a la luz de siete ‘dispensaciones’ cada una correspondiente a una etapa de la relación de Dios con la humanidad.
Según él, vivimos en la sexta era, la era de la Iglesia, siendo la séptima el reino milenario del Cristo venidero. El premilenarismo se refiere precisamente a este último, mencionado en el capítulo 20 del libro del Apocalipsis”, explica André Gagné, profesor titular en la Universidad Concordia de Montreal, especialista en el tema.
Según esa interpretación, Cristo vendrá repentinamente a recuperar su Iglesia, y los verdaderos cristianos, estén muertos o vivos, serán instantáneamente llevados al cielo. “Reunidos alrededor del Anticristo, los enemigos de Dios se desatarán hasta la batalla de Armagedón, donde finalmente serán vencidos por Cristo”, dicen los textos.
Israel, en esta lectura, es el epicentro de las profecías del fin del mundo: allí tendrá lugar la batalla de Armagedón, donde muchas naciones se unirán para hacer la guerra al pueblo judío. En la confrontación final, habrá que estar junto a Israel, porque Dios estará a su lado. Cabe señalar, sin embargo, que la dimensión filosemita de esta teología es relativa: cuando Cristo regrese a la Tierra, los judíos no tendrán otra opción que convertirse.
Si muchos evangélicos se esfuerzan por descifrar la situación en Medio Oriente, es también porque el arrebatamiento de la Iglesia debe ser precedido por señales anunciadoras: cataclismos, guerras o oleadas de persecución. “Algunos de estos cristianos viven esperando ser llevados al cielo, por lo que se entregan a una exégesis incesante de la actualidad”, señala Gagné. “Añadamos que existe todo un mercado de la escatología, que sostiene y alimenta esta anticipación continua”.
El dispensacionalismo, verdadera matriz del sionismo cristiano, salió fortalecido con la creación del Estado de Israel en 1948 y con la victoria israelí en la guerra de los Seis Días en 1967, eventos percibidos como la realización de las profecías bíblicas. Pero su popularidad se explica sobre todo por el éxito fenomenal de varias series de libros que trasladan su marco interpretativo a novelas de suspense.
La guerra en Irán también ha suscitado reacciones en otro sector del mundo evangélico estadounidense. Se trata de los “neocarismáticos”, muchos de los cuales están vinculados al movimiento de la Nueva Reforma Apostólica: Paula White-Cain, al frente de la Oficina de la Fe de la Casa Blanca, es una representante.
“Para los ‘apóstoles’ y ‘profetas’ de este movimiento, la guerra en curso se contempla más a través de la retórica de la ‘guerra espiritual’”, subraya André Gagné. “Además de los combates armados, se desarrolla una verdadera guerra espiritual contra ‘espíritus territoriales’, fuerzas sobrenaturales invisibles que ejercen su dominio sobre regiones enteras, como Irán”, agrega. El debilitamiento de Teherán, desde esa perspectiva, se percibe como parte del avance triunfal de la Iglesia, preludio del regreso de Cristo.
La geopolítica también se relee a la luz de los textos bíblicos, en particular los del Antiguo Testamento. “Estamos viviendo de manera profética en el libro de Ester”, declaró el pastor Greg Locke, ferviente trumpista, en referencia a la reina puesta por Dios como esposa del rey de Persia para prevenir la exterminación prevista de los judíos del reino por el visir Amán.
El movimiento neocarismático ha jugado un papel determinante en la representación de Donald Trump como un nuevo Ciro, referencia al libro de Isaías, en el que el soberano persa, aunque pagano, es elegido por Dios para liberar al pueblo judío. Esta imagen de Trump como “instrumento de Dios” se refuerza regularmente con las sesiones de oración colectiva que se celebran en el Despacho Oval, como el pasado 5 de marzo, cuando una veintena de pastores evangélicos impusieron las manos al presidente estadounidense.
¿Ha incitado esta imaginería, ya sea escatológica o alimentada por la guerra espiritual, a Estados Unidos a atacar Irán? A primera vista, no. Donald Trump y el Pentágono parecen responder a otros imperativos, principalmente domésticos. Sin embargo, el presidente republicano sabe lo que debe a los evangélicos, la base más leal de su electorado: en 2016, 2020 y 2024, los evangélicos blancos lo apoyaron en un 80 %. Desde su primer mandato, el inquilino de la Casa Blanca no ha dejado de darles garantías, como la decisión de trasladar la embajada estadounidense en Israel de Tel Aviv a Jerusalén en 2018. Algunos miembros de la administración Trump se reclaman además abiertamente del sionismo cristiano, como Mike Huckabee, ex pastor bautista y actual embajador en Israel.
Después de los primeros ataques israelo-estadounidenses que dieron muerte al líder supremo Ali Khamenei, el régimen iraní sigue en pie. Para entender esa resiliencia, hay que volver a los fundamentos del chiismo: una cultura del martirio de 13 siglos de antigüedad y la espera de un salvador mesiánico. En el año 680 d.C., Hussein, nieto del profeta Mahoma, se negó a prestar lealtad al califa omeya Yazid y fue masacrado junto con sus 72 compañeros por un ejército de varios miles de hombres. Para los chiitas, ese martirio tiene una dimensión cósmica: Hussein habría aceptado, antes de la creación del mundo, sacrificarse para obtener el poder de intercesión en el Juicio Final.
El segundo pilar del chiismo iraní es la espera del Mahdi, el imán oculto. Para los chiitas duodecimanos –mayoría en Irán–, 12 imanes de la línea del Profeta son los únicos guías legítimos. En 874, el duodécimo, Muhammad al-Mahdi, entró en “ocultación”: desapareció misteriosamente. Volverá al fin de los tiempos para instaurar la justicia universal. Durante siglos, esta creencia justificó un quietismo político: dado que solo el imán legítimo puede gobernar, es mejor esperar su regreso.
Todo cambió en el siglo XIX. En 1891-1892, un gran ayatollah lanzó una fatwa ordenando a los iraníes boicotear el tabaco: el sha acababa de conceder a los británicos el monopolio de su producción y venta. El boicot, masivo, obligó al régimen imperial a cancelar la concesión y el clero descubrió entonces su capacidad de movilización política. En los años 1970, Ali Shariati, un sociólogo laico formado en París, realizó una síntesis revolucionaria entre chiismo y marxismo. Según él, el martirio de Hussein ya no era solo para conmemorar, sino para imitar.
Por eso, hay que acelerar el regreso del Mahdi mediante la acción revolucionaria. El ayatollah Khomeini radicalizó esa mutación. Teorizó el velayat-e faqih (gobierno del jurista-teólogo): en ausencia del imán oculto, el clérigo más sabio puede ejercer el poder político, añadiéndole un discurso antiimperialista radical y un mesianismo politizado. Esa fue la base ideológica de la República Islámica proclamada en febrero de 1979.
La guerra Irán-Irak (1980-1988) inventó luego el martirio masivo. El régimen movilizó a cientos de miles de voluntarios, a menudo muy jóvenes: los basiyis, milicianos formados apresuradamente. Esa terrible guerra, que causó alrededor de un millón de muertos, ancló en la memoria colectiva la idea de que el país está rodeado de enemigos mortales. El apogeo del mesianismo se produjo con el presidente Mahmud Ahmadineyad (entre 2005 y 2013), exbasiyi e hijo espiritual de la guerra Irán-Irak.
Actualmente, a pesar del descreimiento creciente de gran parte de la juventud, el aparato de seguridad iraní sigue haciendo del culto al martirio y la espera del Mahdi su software de guerra. Como Hussein aceptó el martirio en Karbala sin esperanza de victoria inmediata, Irán consiente perder batallas… esperando el fin de los tiempos.
Aparecida tras la guerra de los Seis Días en los márgenes de la derecha israelí, la corriente “sionista–religiosa” ocupa un lugar central en el gobierno actual. Sus objetivos son claros: anexar los territorios palestinos y construir un tercer Templo en Jerusalén.
“Atrévanse a soñar, atrévanse a construir.” El lema del rabino Israel Ariel recibe al visitante en el Instituto del Templo, en el barrio judío de la ciudad vieja de Jerusalén, a solo cinco minutos a pie del Muro de los Lamentos –llamado por los israelíes “muro occidental” o “Kotel”–, vestigio del segundo Templo, destruido en el año 70 por los romanos.
Falso museo pero verdadero depósito de armas político-religiosas, el Instituto del Templo es una de las caras visibles del “sionismo religioso”. Esa ideología, que mezcla piedad judía, supremacismo y nacionalismo exacerbado, surgió tras la guerra de los Seis Días, en 1967, interpretada por el rabino Zvi Yehouda Kook (1891-1982) como un preludio de la venida del Mesías. La colonización de los territorios conquistados no solo está teológicamente justificada, sino que es un acelerador del fin de los tiempos.
Salidos de la sombra para ayudar a Benjamin Netanyahu a torpedear los acuerdos de Oslo de 1993-1995, los sionistas religiosos están ahora en el gobierno, con Itamar Ben-Gvir, ministro de Seguridad Nacional, y Bezalel Smotrich, ministro de Finanzas.
Este último expuso su programa común en un discurso en Jerusalén, en mayo de 2025: “Con la ayuda de Dios, ampliaremos las fronteras de Israel (…) y reconstruiremos el Templo aquí”. Su objetivo a corto plazo es dividir la explanada de las Mezquitas e instalar allí una sinagoga mientras esperan el santuario soñado.
Una escatología política que alimenta a otras: Hamas bautizó su operación mortal del 7 de octubre de 2023 como “Diluvio de al-Aqsa”, justificándola por el control israelí creciente sobre la explanada de las Mezquitas. Y en el Instituto del Templo, algunos visitantes evangélicos regresan a Estados Unidos galvanizados por la idea de que este proyecto acelera el regreso de Cristo.
En todo caso, las representaciones de la administración Trump de un Dios belicoso que toma partido han irritado a la Santa Sede, donde el papa León XIV se sintió obligado a contrarrestarlas. Para la mayoría de los cristianos practicantes, la apropiación indebida, distorsión y utilización de la fe como arma para justificar la muerte y la destrucción, sembrar divisiones, excusar crímenes de guerra y bombardear Irán hasta enviarlo “de vuelta a la edad de piedra” es profundamente contraria a los evangelios.
El Papa habló en nombre de ellos y aun más allá de la Iglesia Católica en una misa del domingo de Ramos en Roma, rechazando enérgicamente los intentos de fanáticos como Hegseth de reclutar el cristianismo. “Nadie puede usar [a Jesús] para justificar la guerra”, dijo el jefe de la Iglesia Católica. Luego, citando a Isaías 1:15, agregó: “Aunque hagáis muchas oraciones, no escucharé: vuestras manos están llenas de sangre”.