Invito a los lectores a unir estos puntos, tiempos y ciudades que quizás ayuden a entender a Thiel y el peligro real de la inteligencia artificial en relación al totalitarismo.
Atlanta, Georgia, 2026. Estoy en una ciudad símbolo de la lucha por la igualdad de derechos raciales. Es Domingo de la Herencia Negra en los Estados Unidos. Tengo el honor adicional de estar en la iglesia bautista Ebenezer, donde Martin Luther King diera algunos de sus históricos sermones. Un sucesor de King está por comenzar a hablar.
Sudáfrica, 1971, los Thiel emigran de Frankfurt y los Estados Unidos hacia Swakopmund (antes Sudáfrica, hoy Namibia) donde el padre de Thiel, de ascendencia alemana, dirige una empresa minera. Swakopmund era considerada entonces como una pequeña Alemania en Africa, una pequeña Alemania nazi. Se homenajea a Hitler, se ofrecen actos públicos sobre la supremacía aria. Peter Thiel vive su primera infancia allí, por siete años. El nazismo aquí tiene un antecedente histórico: en esta misma ciudad los alemanes llevaron a cabo el genocidio de Namibia, en el que las tropas alemanas masacraron a los nativos Herero y a los Namaqua en una matanza sistemática de hombres, mujeres y niños entre 1904 y 1908. Algunos historiadores ven en Namibia el experimento alemán que preanunció el Holocausto.
El mismo año de la llegada de los Thiel, se encuentra en el New York Times: “Hay una ciudad en Sudáfrica que pareciera más alemana que Alemania. Allí reside una comunidad donde la idea nazi sigue viva, donde decir Heil Hitler es una carta de presentación bienvenida. Se llama Swakopmund”.
Atlanta, Georgia. El pastor es Raphael Warnock. Es, además, senador por Georgia. Su oratoria carismática une habilidades de religioso y conferencista. Warnock agrega un detalle tech: usa una presentación PowerPoint en una iglesia. El sermón de Warnock ese domingo tiene que ver con el rol de la tecnología hoy y el rol racial de la inteligencia artificial. El motor de IA Grok de Elon Musk, ex socio de Thiel, y su conocida tendencia por conducir cualquier argumento racial hacia ideas supremacistas blancas es sólo un primer ejemplo. Warnock expresa su preocupación por el desprecio hacia la multiculturalidad en muchos líderes de Silicon Valley. Hannah Arendt lo prefigura en “Orígenes del totalitarismo”, Da Empoli lo grafica más actualmente hacia los tecno-billonarios en “La hora de los depredadores”. Warnock lo cuenta desde un púlpito.
1990. Thiel, ya en Silicon Valley y después de Stanford, donde estudiara filosofía, elabora defensas del apartheid sudafricano. “Desde el punto de vista económico, el apartheid tuvo sentido”. “No comprendo la pasión por la charla multicultural; si seguimos obsesionados por el tema de la raza, empobreceremos la discusión”. Swakopmund, recordemos, fue un lugar de ferviente y mayoritaria defensa del apartheid durante muchos años.
En la iglesia de Atlanta, el reverendo Warnock muestra un retrato en su PowerPoint. Un hombre negro, de traje, anteojos, rostro calmo. Su nombre: David Blackwell. Su importancia en la inteligencia artificial: medular. Es el creador del teorema de renovaciones y del teorema Rao-Blackwell, crucial en la teoría de probabilidad que alimenta conducta y diseño de las AI. Jensen Huang, CEO de Nvidia, decidió bautizar a su última creación con el nombre del matemático afroamericano. El mejor chip existente en IA se llama Blackwell Tensor GPU. Resulta irónico que en el corazón mismo de la inteligencia artificial, manipulada hacia extremismos raciales, haya un ejemplo que contradice al club de “genios blancos”.
Musk y su saludo nazi en público, y su robot Grok, y sus constantes referencias al supuesto “genocidio a los blancos” en Sudáfrica. Thiel y filósofos cercanos a él en Silicon Valley, como Nick Land, elaboran teorías que insinúan bases antropológicas de la superioridad blanca.
Vuelvo a Atlanta. Observo a Warnock y a mi propio miedo. Thiel, junto al aún más extremo Alex Karp, están detrás de JD Vance, de la CIA y del sistema de defensa norteamericano a través de la creciente influencia de su empresa Palantir en tareas de seguridad nacional, armas, espionaje y salud pública. Observo todo eso y siento alerta ante el futuro de la democracia y de nuestras vidas.
En Londres, donde vivo, Palantir accedió a licitaciones por los datos de millones de pacientes. Y Thiel está manifiestamente en contra de la salud pública y del NHS. ¿Cómo es entonces que confiaron los datos más íntimos de salud a una empresa suya?
Thiel hoy dice ver en Argentina un laboratorio político de sus propias ideas. Mientras, se encuentra con Las Fuerzas del Cielo locales y entretiene creencias esotéricas sobre el anticristo, una búsqueda que lo desvela.
Quizás Thiel lo encuentre en David Blackwell, el hombre cuyo color de piel desafía la blancura divina del genio tecnológico ideal. O quizás, como Narciso, termine encontrando esa figura aterradora en algún espejo.
Mientras tanto, el resto de los humanos podemos hacer algo: dejar de darle nuestros datos, emociones, inseguridades y dudas a las IA de Musk, Altman o Thiel. No estamos ante “geeks” o “nerds”. Estamos ante líderes brutales en busca de masas. Masas que, cuanto más homogéneas y embrutecidas sean, más afines serán a su plan.
El autor es fundador y director de New Creative Sciences