En vacaciones cambiamos de cuaderno, de agenda, de fondo de pantalla con esperanza de una transformación. Decimos “este año sí” con una convicción que dura lo mismo que la primera ola de calor. Soñamos con empezar de cero como si la vida tuviera botón de reset y nosotros pudiéramos apretarlo sin consecuencias.
El ritual se repite. Propósitos escritos con birome nueva (yo uso lápiz y papel, el lector capaz los anota en el celular), listas que nadie volverá a leer, frases motivacionales recicladas que tomamos de Instagram. “Este año cambio de trabajo”; “Este año cambio de área”; “Este año mato a mi jefe”.
La fantasía del reset nos calma: nos hace sentir que todavía hay margen, que no todo está perdido, que podemos ser otra versión de nosotros mismos. Todo eso es mentira porque hay una trampa: creemos que el cambio es un evento, cuando en realidad es un proceso. Y los procesos no respetan el calendario.
La hoja nunca está en blanco. Arrastramos decisiones, miedos, hábitos, historias, vínculos, deudas emocionales. Se cambia de año, pero no se cambia de biografía. Como dice Daniel Kahneman, autor de Pensar rápido, pensar despacio, somos mucho menos racionales de lo que creemos y mucho más predecibles de lo que nos gustaría. Por eso muchas veces se repiten escenas, trabajos, discusiones, relaciones. No porque sea algo querido, sino porque resultan familiares. Y todo lo que resulta familiar es más cómodo, aunque nos genere inercia para el cambio.
Herminia Ibarra, autora de Working Identities, lo mostró con crudeza: no cambiamos pensando, cambiamos haciendo. Sin embargo, insistimos en imaginar una versión futura de nosotros sin modificar el contexto que la sostiene. Mismo jefe, misma pareja, mismo miedo… pero cuaderno nuevo. Nos prometemos ser distintos sin movernos de lugar.
El deseo de empezar de cero no habla de ambición: habla de cansancio. No queremos cambiar la vida; queremos dejar de sentir lo que sentimos. Soñamos con otro yo, en otro trabajo, por ejemplo, porque el actual pesa. La fantasía funciona como anestesia: alivia por un rato, pero también posterga. Y al final toda nuestra vida sigue igual y, al volver de las vacaciones, en la oficina nada cambió y en nuestras vidas tampoco.
En el fondo, la fantasía de empezar de cero es profundamente moderna. Supone que la identidad profesional es algo que se puede rediseñar como una aplicación, que basta con actualizar la versión para que todo funcione mejor. Pero no somos software: somos biografía. Y la biografía no se borra, se arrastra, se transforma, se resignifica. Cada intento de reset es también una forma elegante de negar lo que todavía no queremos mirar de frente. El cambio profesional requiere foco, proceso y tiempo.
Nos encanta la idea de un “yo nuevo” porque nos libera, aunque sea por un rato, del peso de las decisiones que no supimos tomar, de las conversaciones que postergamos, de los cambios que evitamos. Soñar con empezar de cero es más fácil que hacerse cargo de empezar distinto. Porque empezar distinto exige incomodidad, conflicto, renuncias. Incomodidad de hablar con ese jefe insufrible para cambiar nuestra situación; generar un conflicto necesario e idealmente constructivo para mejorar nuestro contexto; y renunciar, si existe la posibilidad.
El problema no es la fantasía, sino cuando se vuelve una excusa. Cuando se la usa para quedarse donde uno ya está, esperando que algo externo cambie lo que no nos animamos a cambiar. El calendario se vuelve entonces un aliado perfecto: cada enero nos promete otra oportunidad, sin pedir nada a cambio. Y enero termina rápido (por suerte para los realistas). Pero la experiencia muestra otra cosa. El cambio real rara vez llega con fuegos artificiales. Llega con pequeñas decisiones que no se notan, con gestos mínimos que sostienen algo nuevo en el tiempo. Llega cuando se deja de esperar la versión ideal de uno mismo y se empieza a trabajar con la versión posible.
Quizás por eso nos frustramos tanto. Porque confundimos transformación con espectacularidad. Queremos reinvenciones, no ajustes. Y, sin embargo, lo que más impacto tiene es lo que parece insignificante: decir que no, pedir ayuda, irse antes, quedarse cuando se quiere huir, elegir distinto en una escena que ya se conoce de memoria.
La fantasía de empezar de cero también habla de nuestra relación con el tiempo. Creemos que el futuro nos va a salvar de lo que el presente no nos da. Pero el futuro no existe sin las decisiones del ahora. Postergarlo todo para “cuando arranque el año” es otra manera de quedarse quietos, con un poco más de esperanza y el mismo miedo de siempre.
Tal vez no se trate de dejar atrás todo, sino de elegir qué llevar y qué soltar. No de borrar nuestra historia laboral, sino de reescribirla con mayor conciencia. No de escapar de quienes fuimos profesionalmente, sino de reconciliarnos con eso para poder avanzar. Porque no hay hoja en blanco, pero sí margen. Y ese margen se construye todos los días, sin reset, sin promesas épicas, sin milagros. Solo con actos pequeños, repetidos, imperfectos, reales.
Porque la vida laboral no se resetea.
Se reescribe, línea por línea, con tachaduras incluidas.