Cómo es el circuito donde correrá Colapinto este fin de semana

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La brisa del Mar del Norte tiene un sonido propio. Silba entre las dunas, levanta arena que se cuela en los ojos, reseca la piel, acarrea recuerdos. En Zandvoort, esa brisa convive con otro rumor: el rugido de motores que desde hace más de siete décadas marcan el pulso de un circuito único, construido entre dunas naturales y con el mar como telón de fondo. Allí, correrá el argentino Franco Colapinto, que viene de grandes tiempos en los ensayos previos.

No hay trazado igual. No lo hubo en 1948, cuando nació entre las huellas todavía frescas de la Segunda Guerra Mundial; ni lo hay hoy, convertido en escenario de una de las pasiones más intensas que la Fórmula 1 conoce: la marea naranja.

Los Países Bajos, nación de navegantes y mercaderes, de molinos y canales, abrazaron el automovilismo como parte de esa pulsión de conquista. En 1948 se inauguró el circuito de Zandvoort con un espíritu pionero. Sus primeras rectas se improvisaron a partir de antiguos caminos militares; la comunidad local participó en su construcción como quien levanta un símbolo de resurrección. Un año después se celebró el primer Gran Premio oficial. Allí, entre dunas y viento, los motores volvieron a ser metáfora de progreso.

Durante décadas, el trazado se convirtió en laboratorio de valentía. Fangio, Clark, Stewart, Lauda, Hunt, Prost: todos dejaron su marca en esa cinta angosta y veloz, exigente como pocas. Jim Clark, con cuatro triunfos, fue el rey indiscutido de Zandvoort. Pero junto a la gloria llegaron las sombras: la muerte de Piers Courage en 1970 y la trágica muerte por asfixia de Roger Williamson en 1973 conmovieron al mundo y abrieron debates urgentes sobre seguridad. Cada curva de Zandvoort, entonces, se volvió también recordatorio de que la grandeza y la fragilidad son inseparables en la Fórmula 1.

En 1948 se inauguró el circuito de Zandvoort

El 25 de agosto de 1985, Niki Lauda ganó allí su última carrera, un gesto de despedida cargado de simbolismo. Después, el silencio. Problemas financieros, disputas urbanísticas y la transformación de la zona en un destino turístico de playa clausuraron la historia. El circuito quedó relegado a recuerdos y a pequeñas competencias locales. Pero había algo en su esencia que se negaba a morir.

El destino quiso que el renacer llegara de la mano de un piloto nacido en los Países Bajos: Max Verstappen. Su irrupción en la Fórmula 1, su carácter irreverente y sus victorias explosivas encendieron un fervor que necesitaba un escenario propio. Así el viejo trazado entre dunas volvió a latir.

El circuito fue remodelado para adaptarse a los estándares modernos: curvas rediseñadas con peraltes extremos, tribunas ampliadas, accesos mejorados. La esencia, sin embargo, se conservó. La curva Tarzán, al final de la recta principal, sigue siendo el corazón del espectáculo: un ángulo cerrado, con espacio para adelantamientos al límite. La Hugenholtzbocht, con sus 18 grados de inclinación, y la Arie Luyendykbocht, que conecta con la recta principal a toda velocidad, le dan al trazado una identidad futurista sin perder su sabor clásico.

El encanto de Zandvoort no termina en la pista, ya que es una ciudad balnearia

Desde su regreso en 2021, Zandvoort es un carnaval. Cada temporada las tribunas y la playa se tiñen de naranja. Decenas de miles de fanáticos encienden bengalas y pintan el aire con humo brillante. El rugido de los motores se mezcla con cánticos de estadio, más cercanos al fútbol que al automovilismo. La Fórmula 1 se transforma allí en fiesta colectiva, en ritual que va más allá de la pista.

Las dunas siguen jugando su papel. La arena que arrastra el viento ensucia el asfalto, modifica la adherencia, vuelve caprichosa cada frenada. El mar del Norte, con su clima cambiante, introduce la incertidumbre. Correr en Zandvoort es convivir con la naturaleza en estado puro. Por eso, cada victoria tiene un sabor distinto: Verstappen la convirtió en su fortaleza, Hamilton en su desafío, y las nuevas generaciones la observan como un examen de carácter.

Franco Colapinto ya probó esta pistaKym Illman – Getty Images Europe

El pasado 2024, durante mayo se dibujó un acento argentino. Franco Colapinto, el joven de Pilar que se abre camino en la élite, probó allí con Williams. Fue apenas un ensayo, pero cargado de simbolismo: en la pista donde el país volcó su pasión más reciente, Colapinto dejó su huella anticipada. Como si el mar, en complicidad, hubiera querido marcarle el camino. Volvió este año, ya con Alpine, a seguir las pruebas.

El encanto de Zandvoort no termina en la pista. La ciudad es un balneario tradicional, con playas extensas y un paseo marítimo que combina bares, restaurantes y clubes de surf. Los días de Gran Premio, el bullicio invade cada rincón. Pero en el resto del año, Zandvoort respira calma: caminatas por las dunas, paseos en bicicleta por senderos protegidos, cafés con vista al mar y atardeceres que pintan el cielo de tonos violetas y dorados.

Muy cerca, Haarlem despliega su belleza medieval: plazas adoquinadas, canales silenciosos y museos que guardan obras maestras del Siglo de Oro neerlandés. Y a sólo media hora de tren, Ámsterdam abre sus puertas como un contrapunto perfecto: bicicletas que cruzan puentes infinitos, mercados de flores, bares bohemios y museos icónicos.

En este circuito perdieron la vida Piers Courage en 1970 y Roger Williamson en 1973

Este año, además, la capital guarda un regalo especial para los fanáticos: hasta el 7 de septiembre, la ciudad aloja la F1 Exhibition, una muestra inmersiva que invita a recorrer la historia del deporte con piezas originales, experiencias interactivas y escenografías que acercan al visitante al corazón de la Fórmula 1. Un plan ideal para quienes quieran prolongar la emoción más allá del rugido de los motores.

El viento del Mar del Norte seguirá soplando. A veces cargará arena, otras traerá olor a salitre, siempre llevará memorias. Cada piloto que corre allí sabe que no compite sólo contra rivales, sino contra el eco de décadas de gloria y tragedia. Entonces, al caer la tarde, cuando la luz se apaga sobre las playas y el mar se funde con el horizonte, Zandvoort vuelve a ser lo que siempre fue: un escenario donde la velocidad se convierte en literatura, escrita en el idioma eterno del viento y del mar.

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