Simpatía y disrupción. Belleza y transgresión. Carisma y tragedia. Si algo dice la historia es que, en la realeza, no es una buena señal que la mujer opaque al hombre, ¿cierto? Si bien fue un accidente, (o al menos eso es lo que alega la versión oficial) la muerte de Lady Diana Spencer, en el Pont de l’Alma (Puente del alma) de París, el 31 de agosto de 1997, marcó un antes y un después en la monarquía británica. Sin embargo, lo que quizás pocos sabían es que 62 años antes, el 29 de agosto de 1935, hubo otra mujer que murió de la misma manera, pero en circunstancias diferentes. Astrid de Bélgica era una reina con y sin corona. Adorada por su sencillez, solidaridad, bondad, cercanía y actitudes de “mujer normal”, unió a tres naciones y se convirtió en el presente y futuro de su reino. Sin embargo, su fatal desenlace, cuando ni siquiera había llegado a los 30 años, truncó por completo su destino.
Astrid Sophie Louise Thyra nació el 17 de noviembre de 1905, literalmente en una cuna de oro y con el título de princesa real de Estocolmo debajo del brazo, aunque nunca se comportó como una niña malcriada. Sus abuelos fueron el rey Oscar II de Suecia y Noruega y el rey Federico VIII de Dinamarca y era la hija menor del príncipe Carlos de Suecia y Noruega y la princesa Ingeoborg de Dinamarca. Tuvo una educación integral, se destacó en los deportes y desde una temprana edad buscó ser una joven “normal”. Recorría las calles de Estocolmo y no solo conquistaba con su belleza sino con su sencillez y dulce disposición. Se preparó para el futuro en el que se vislumbraba la “unión de dos o más reinos”. No faltaban ni candidatos ni madres deseosas por planear una boda.
En 1926, cuando tenía 19 años, Astrid conoció al príncipe Leopoldo de Bélgica, heredero al trono de su país. La reina Elizabeth hizo que su primogénito visitara la península escandinava y allí conoció a quien sería su esposa y futura madre de sus tres hijos. Según el sitio Vanitatis, el primer encuentro fue en el Palacio de Amalienborg de Copenhague durante un baile. Y fue algo así como amor a primera vista. Incluso él viajó varias veces a visitarla de incógnito. La pareja se comprometió y los reyes belgas fueron los encargados de anunciar la feliz noticia. “Estamos convencidos de que la princesa traerá alegría y felicidad a nuestro hijo. Leopoldo y Astrid decidieron unir sus vidas sin ningún tipo de presión o razón de Estado. La suya es una verdadera unión entre dos personas con los mismos gustos”, dijeron. Aclararon que era “un matrimonio por amor” en el que no había “nada arreglado”. Y en este caso se elegirá creerles.
Se casaron el Estocolmo el 4 de noviembre de 1926 por civil y seis días después celebraron la ceremonia religiosa en Bruselas. Tuvieron tres hijos: la princesa Josefina Carlota, nacida en 1927, el príncipe Baudino, nacido en 1930 y proclamado rey en 1951 tras la abdicación de su padre, y el príncipe Alberto, nacido en 1934. Tras la muerte de su hermano mayor, asumió como Alberto II. Reinó hasta 2013, cuando abdicó a favor de su primogénito, Felipe, actual rey de los belgas.
El matrimonio de Astrid y Leopoldo unió tres naciones: Suecia, Dinamarca y Bélgica. Aunque en este último país era una “extranjera” fue recibida como local. Con su carisma, simpatía y dulce disposición se convirtió en la “reina de corazones”, según detalla Vanity Fair España. Sencilla, solidaria y benévola. Impulsaba colectas solidarias, andaba en bicicleta, caminaba por la ciudad mientras maniobraba el cochecito de sus bebés, como una mujer más, común y corriente, simpática, alegre, radiante y extremadamente hermosa. Una “princesa del pueblo” hecha y derecha.
Querida en la tierra que adoptó como propia, en 1934, tras la muerte de su suegro, el rey Alberto I, quien falleció el 17 de febrero a los 58 años en un accidente de alpinismo en Marche-les-Dames, en la ciudad belga de Namur, se convirtió en reina consorte. Astrid y Leopoldo III se convirtieron en el nuevo rostro de la corona y la gente los adoraba. Contra todo pronóstico, al menos puertas afuera, la suya parecía una historia salida de un cuento de hadas. Pero un año después de haber llegado al trono, el sueño se convertiría en una pesadilla.
La muerte de un rey puede cambiar el destino de una nación, acelerar tiempos y obligar a barajar y dar de nuevo. En agosto de 1935, un año después de llegar al trono, los reyes de Bélgica se fueron de vacaciones a Villa Haslihorn, cerca de Lucerna, Suiza. Aparentemente, habrían hecho un viaje privado y de incógnito bajo el seudónimo del matrimonio “Rathy”. Según Vanity Fair España, la reina estaba embarazada de su cuarto hijo, pero aún no habían anunciado la noticia. Pero tampoco llegaron a hacerlo porque un accidente de tránsito se interpuso en su “vivieron felices para siempre”.
Lo que inicialmente empezó como una escapada romántica de pareja terminó como una tragedia. El rey decidió sacar provecho del primer día de sol tras unas intensas lluvias, prescindió de los servicios de su chofer y emprendió junto a su esposa un viaje en auto a la ciudad de Kussnacht, para escalar una montaña. Astrid iba en el asiento del acompañante y sostenía el mapa, mientras que -según las versiones-, su chofer iba en el asiento trasero y su equipo de seguridad los seguía en otro vehículo.
Pero siempre es importante recordar que sacar la vista del camino, aunque sea por una mínima fracción de segundo, puede ser fatal y en este caso lo fue. El rey quitó los ojos de la ruta para ver el mapa y perdió el control del auto a 80 kilómetros por hora. Según la revista Time, tras desplazarse a toda velocidad por casi 30 metros, chocaron contra un peral y la monarca salió despedida del vehículo, que rebotó contra un árbol y terminó en el lago de los Cuatro Cantones.
La reina no tuvo ninguna chance y murió prácticamente en el acto. Sufrió una fractura de cráneo y el pecho quedó atravesado por los cristales del vidrio. Por su parte, el rey se fracturó una costilla, se torció las manos y se lastimó el labio inferior, pero logró salir del auto y llegar a su esposa, esperanzado de que su corazón aún latiera. Su equipo de seguridad corrió a socorrerlos y salieron a buscar una ambulancia. Pero ya no había nada por hacer. Era una escena desoladora: el rey Leopoldo III ensangrentado con su “reina de corazones” muerta entre los brazos.
Al momento de su muerte, a la reina le faltaban solo 80 días para cumplir 30 años. La lloró Bélgica, que perdió a su adorada reina, pero también Suecia y Dinamarca, su sangre. Según la revista Time, tras la tragedia, el primer ministro belga, Paul van Zeeland dijo que el país se encontraba “en la más grande consternación”: “Un solo instante bastó para que un trágico accidente lo arrasara todo: tanto la realidad del presente como las promesas del futuro. ¿Existe realmente alguna ley misteriosa que garantice que todo lo más grande, lo más puro y lo más bello dure solo un breve lapso?”.
Se estima que alrededor de dos millones de personas participaron de su velatorio. De pronto, Bélgica se convirtió en una marea de hombres, mujeres y niños vestidos de negro. Los padres y hermanos de la difunta reina dijeron presente: la lloraron en el Palacio Real de Bruselas, la despidieron en la Catedral de San Miguel y Santa Gúdula y la enterraron en la cripta real en la Iglesia de Notre Dame de Laeken. El rey Leopoldo III, con el brazo vendado y heridas más internas que externas, caminó junto al ataúd de su esposa. Según se supo, tras el accidente quedó tan abatido que no pudo sentarse frente a sus hijos para decirles que su madre no volvería y le pidió a la suya que lo ayudara a criar a los pequeños.
La historia comprueba que algo a lo que ninguna corona puede escaparle – además de los bailes, las tiaras, los fastuosos vestidos y los casamientos multitudinarios – es a los escándalos. Y si acá ya había una nación completamente sumida en la tristeza, por la muerte de un rey y una reina en el lapso de 18 meses, también tuvieron que lidiar con la peor de las traiciones: las nuevas nupcias de un monarca en medio del caos de la Segunda Guerra Mundial.
En algunas culturas la traición se paga con sangre y en otras con rechazo y repudio. Esto último le ocurrió al rey Leopoldo III. Tras la muerte de su esposa se refugió con sus hijos en el palacio de Laeken. En medio de la tristeza y el duelo, Bélgica fue invadida por los nazis, y el rey debió cumplir arresto domiciliario. Pero hubo un momento clave en el que el vínculo con su gente se rompió. ¿El motivo? Su casamiento con Lilian Beals, una joven de 24 años que según las versiones era niñera de sus hijos. La unión conyugal fue en secreto, pero, en la realeza no existe tal cosa.
Esto fue interpretado como una traición y hasta cuestionaron si realmente estaba de duelo por la muerte de su primera esposa. El matrimonio tuvo tres hijos, el príncipe Alejandro y las princesas María Cristina y María Esmeralda. Estuvieron casados hasta la muerte del rey el 25 de septiembre de 1983, pero Beals no solo sufrió el rechazo de los belgas, quienes la consideraban una usurpadora, sino que nunca fue nombrada reina. Tuvo que conformarse con el título de princesa de Réthy. Murió el 7 de junio de 2002, a los 85 años.
Este 29 de agosto de 2025 se cumplen exactamente 90 años desde la trágica muerte de la reina Astrid, una mujer que en solo 29 años de vida no solo se ganó el cariño y respeto de la gente, sino que tuvo una breve, pero intensa historia de amor. El impacto de su figura fue tan grande que en la ciudad suiza de Küssnacht am Rigi, donde fue el accidente, se construyó, en su honor, la Capilla Astrid.