Angela Duckworth pasó dos décadas estudiando el cambio de comportamiento y llegó a una conclusión que debería aliviarnos un poco: nadie se levanta a la mañana decidido a arruinar su propio día. “Nadie dice: hoy voy a tomar malas decisiones a propósito, hoy pienso ser insensato, hoy me voy a esforzar por sabotear mis sueños”, escribe. Todos, sin excepción, estamos intentando. El problema no es la falta de voluntad. Es que algunas formas de intentar funcionan mejor que otras.
Profesora en la Escuela de Wharton y autora de Grit (2016), el bestseller que instaló la idea que los logros extraordinarios no dependen tanto del talento como de una combinación de pasión y perseverancia sostenida en el tiempo. Una década después, le hace una corrección. Perseverar es bueno, dice, pero insistir y volver a insistir en una situación imposible puede no serlo. El esfuerzo rinde cuando el entorno juega a tu favor. Ese es el corazón de su nuevo libro, “Situated, find the people and places that bring out our best” (septiembre, 2026) condensado en el concepto de “agencia situacional”: la idea de que no controlamos el mundo, pero sí podemos controlar, mucho más de lo que creemos, la situación inmediata en la que elegimos estar. Y por “situación” no hay que entender solo el espacio físico. Duckworth lo define como todo lo que te rodea: los objetos que tenés a la vista y al alcance, la gente con la que pasás el tiempo, y hasta las normas culturales que respirás sin notarlo.
Su modelo tiene cuatro elementos, y siguen un orden: va de lo cercano a lo lejano, de lo concreto a lo abstracto, de lo que podés cambiar hoy a lo que puede llevarte meses.
Primero, el espacio. No podés controlar el mundo, pero sí reinás sobre tu entorno inmediato: qué objetos sumás o sacás de tu vista y de tu alcance, sabiendo el poder gravitacional que ejercen sobre tus decisiones. ¿Tu espacio hace que las malas elecciones cuesten esfuerzo y las buenas (ejercitar, leer, acostarte a horario) sean obvias y fáciles?. Segundo, la tribu. No siempre elegimos a la familia, pero sí podemos elegir con quién nos rodeamos. Duckworth es específica: los mejores pares no son solo compañía, son quienes te sostienen responsable de tus metas y saben cosas que vos no. ¿Tenés pares que te exigen cuentas por tus objetivos, y a los que vos también se las pedís? Tercero, los mentores. No elegimos a nuestros padres, pero sí a quienes nos guían. Un mentor no es un lujo sino una necesidad, y cualquiera puede convertirse en un imán para conseguirlos. Cuando no sabés qué hacer, ¿hay al menos dos personas a las que podés recurrir? Cuarto, la cultura. No elegimos dónde nacimos, pero sí dónde trabajamos y vivimos. Ahí aparece el sesgo del statu quo, esa inercia que nos hace quedarnos donde estamos por costumbre, no por convicción. ¿Describirías la cultura de tu trabajo como exigente y, al mismo tiempo, contenedora?
Basta de flagelarnos con que por qué no tenemos más disciplina. Es más productivo entender qué situación estamos eligiendo, sin darnos cuenta, todos los días.