Apenas escuché sobre el brote de ébola en la República Democrática del Congo, supe que iba a ser catastrófico.
El viernes pasado, la RDC informó 246 casos sospechosos. La mayoría de los brotes de Ébola terminan antes de alcanzar esa magnitud. Ese mismo día, surgieron reportes de que una persona había muerto de ébola a cientos de kilómetros de distancia, en Kampala, la ciudad más poblada de Uganda. Menos de una semana después de haber sido declarado, este ya es el tercer brote de ébola más grande de la historia.
Conozco el Ébola de cerca. Me contagié mientras trataba pacientes en África occidental en 2014. Sé cuán destructiva puede ser la enfermedad y cuán poco preparados estamos para su regreso.
Después del brote de 2014, que mató a más de 11.000 personas, el mundo fortaleció los sistemas para detectar y contener tempranamente los brotes de ébola. Buena parte de esa infraestructura —redes de vigilancia, equipos de respuesta rápida y alianzas diplomáticas— fue desmantelada durante el último año, mientras Estados Unidos abandonaba su papel histórico como líder en salud global y respuesta humanitaria.
Al ébola se lo suele llamar una enfermedad de la compasión porque encuentra a sus víctimas entre quienes permanecen cerca cuando sus seres queridos o sus pacientes enferman. Eso incluye a padres que cuidan a sus hijos enfermos, familiares que lavan los cuerpos de sus parientes muertos y trabajadores de la salud que atienden a pacientes en la etapa más contagiosa de la enfermedad. Cuando trabajaba en Guinea, ingresé a siete miembros de una misma familia en nuestra unidad de tratamiento de ébola. Incluso mientras los padres luchaban contra la enfermedad, pasaban todo el día cuidando a sus hijos. Al final, solo sobrevivieron los padres.
Si el brote fuera causado por la cepa Zaire, la más común del ébola, ahora podríamos administrar una vacuna desarrollada recientemente a los familiares de los pacientes infectados y a los trabajadores de la salud. Pero no contamos con tratamientos ni vacunas eficaces contra la rara cepa Bundibugyo del ébola, que impulsa el brote actual.
Será necesario recurrir a las medidas básicas de respuesta a brotes, como el rastreo de contactos, el aislamiento y el apoyo comunitario. Son difíciles de aplicar incluso en condiciones ideales. Y el este del Congo, donde se concentra este brote, está lejos de ofrecer condiciones ideales. El conflicto armado obligó a millones de personas a abandonar sus hogares y dejó numerosos centros de salud dañados o destruidos. Un brote de Ébola en la región en 2018 tardó casi dos años en ser contenido.
Esta vez, tenemos mucha menos capacidad de respuesta. En las primeras semanas de la segunda administración de Trump, Elon Musk se jactó con entusiasmo de haber metido a la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional en una “trituradora de madera”. El desmantelamiento de la ayuda exterior estadounidense dejó sin financiamiento crucial a clínicas, trabajadores comunitarios de la salud y organizaciones humanitarias que constituían la columna vertebral de la atención sanitaria en el este del Congo.
Junto con la agencia fue recortado un equipo especializado de respuesta rápida: decenas de expertos, incluidos profesionales con experiencia directa en la respuesta al ébola, entrenados y listos para desplegarse exactamente en momentos como este. Durante brotes anteriores de ébola, estos equipos financiaban iniciativas para capacitar a las comunidades en prácticas funerarias más seguras, con el fin de limitar la propagación desde cadáveres altamente contagiosos, y organizaban controles en aeropuertos para impedir que viajeros con síntomas abordaran aviones.
En una reunión de gabinete celebrada semanas después de su publicación sobre la trituradora de madera, cuando se desarrollaba un brote de ébola en Uganda, Musk admitió con cierta vergüenza: “Una de las cosas que cancelamos accidentalmente, por muy poco tiempo, fue el ébola y la prevención del ébola”, aunque aseguró a todos que el financiamiento había sido restablecido.
Ya estamos viendo las consecuencias de esos recortes. The New York Times informó que la demora en detectar el virus se debió en parte a que las muestras habían sido transportadas a un laboratorio en Kinshasa a la temperatura incorrecta, algo que antes habría supervisado la Usaid. Para cuando los funcionarios estadounidenses se enteraron del brote, ya había pasado casi un mes desde la primera muerte.
Durante su primer mandato, el presidente Trump disolvió el equipo de seguridad sanitaria global del Consejo de Seguridad Nacional, creado después de la epidemia de ébola de 2014, y ahora, en su segundo mandato, vació de contenido la Oficina de Preparación y Respuesta ante Pandemias de la Casa Blanca. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades —que ayudan a coordinar la respuesta temprana y el rastreo de contactos en una crisis como esta— perdieron una cuarta parte de su personal durante el último año y no tuvieron un director permanente durante 15 de los últimos 16 meses.
En 2015, después de sobrevivir al ébola, regresé a Guinea con Médicos Sin Fronteras. Recuerdo con absoluta claridad a colegas de los CDC y de la Organización Mundial de la Salud trabajando codo a codo, siguiendo el brote y rastreando nuevos casos. Una colaboración así sería mucho más difícil hoy: desde que la administración Trump retiró a Estados Unidos de la OMS, el personal de los CDC tiene prohibido trabajar con la organización.
Estados Unidos no puede revertir rápidamente su renuncia al liderazgo en el escenario de la salud global. Pero sí puede reforzar su respuesta a esta crisis. Debería haber un compromiso firme de trabajar en estrecha coordinación con socios esenciales como la OMS. Necesitamos movilizar fondos y expertos, acelerar el desarrollo de nuevos tratamientos y aumentar los recursos para equipos de protección y pruebas ampliadas.
Respondí a muchos brotes y conflictos, pero tratar a pacientes con ébola fue lo más difícil que hice en mi vida. El ébola es una enfermedad cruel y horrorosa. A menudo hablaba con pacientes por la mañana y, al volver por la tarde, los encontraba muertos. En 2014 atendí a dos hermanos, de apenas seis y ocho años. Después de la muerte de su madre, su abuelo los llevó a nuestro centro de tratamiento. Cuando los conocí, eran inquietos y sonreían sin parar. Les conseguimos juguetes para que jugaran y todos los días los alentaba a comer, beber y descansar. Durante la semana siguiente, los dos empeoraron rápidamente. Yo estaba en la habitación cuando murieron. Semanas después, cuando yo mismo estaba internado con ébola, pensaba en ellos todos los días. Y 12 años más tarde, todavía empiezo a llorar cuando pienso en haberlos perdido.
El doctor Spencer es médico de emergencias y profesor en Brown. Contrajo ébola en 2014 después de tratar a pacientes en Guinea.