El presidente de China, Xi Jinping, evocó frente al líder de Estados Unidos, Donald Trump, un concepto histórico que expresa los temores a un conflicto entre las dos mayores potencias del planeta.
Hablamos de la trampa de Tucídides.
El líder chino lo mencionó durante su reunión en Pekín con Trump en el marco de una cumbre bilateral marcada por las disputas comerciales, la competencia tecnológica y la creciente tensión en torno a Taiwán.
Xi planteó una pregunta que desde hace años preocupa a expertos en relaciones internacionales: si EE.UU. y China lograrán evitar el choque bélico que se ha producido de forma reiterada en la historia cuando una potencia emergente desafía a la dominante.
Aunque el presidente de China ya había utilizado antes este concepto, el hecho de recuperarlo públicamente frente a su homólogo estadounidense llega en un momento especialmente delicado para la relación bilateral.
Ambas potencias y sus aliados están protagonizando crecientes fricciones militares en Asia-Pacífico y mantienen una competencia cada vez más abierta por la influencia global.
La llamada “trampa de Tucídides” es utilizada por académicos y analistas para describir el riesgo de conflicto que surge cuando un poder emergente amenaza con desplazar a otro establecido.
El primero en describir este fenómeno fue el padre de la “historiografía científica” y de la escuela del realismo político, el ateniense Tucídides, en su narración de la Guerra del Peloponeso hace casi 2.500 años (siglo V a.C.).
Según su explicación, el ascenso de la emergente Atenas y el temor que eso provocó en Esparta, que era la potencia hegemónica del momento, desencadenaron de forma inevitable una guerra.
Muchos observadores ven hoy en China a lo que era Atenas y a Esparta en Estados Unidos, la potencia establecida que trata de mantener su preponderancia global.
Tucídides se enfocó en la inexorable tensión causada por el rápido cambio en el balance del poder entre dos potencias rivales y, en ese sentido, nunca antes hubo un cambio tan veloz y trascendental como el ascenso de China.
Desde hace más de una década, la expresión ha ganado peso en universidades, centros de estudios estratégicos y círculos diplomáticos, especialmente a medida que el ascenso económico, tecnológico y militar chino está transformando el equilibrio de poder mundial.
En todo caso, la historia no está escrita de antemano: la teoría no siempre se ha cumplido y se suele presentar más bien como una advertencia sobre los peligros de la rivalidad entre grandes potencias.
A lo largo de la historia, los roles de Atenas y Esparta han sido interpretados por poderes emergentes, como en el caso de la Casa de Habsburgo, que desafió la preeminencia francesa en Europa en la primera mitad del siglo XVI y que luego pasó a ser el poder dominante retado por el Imperio Otomano.
En esos casos, la rivalidad entre el poderoso y el recién llegado culminó en conflictos bélicos.
La dinámica que produce ese duelo por el poder puede explicar, dicen los expertos, situaciones aparentemente absurdas como que el asesinato de un archiduque fuera la chispa de la catastrófica Primera Guerra Mundial.
En esa ocasión, Reino Unido, apoyado por Francia y Rusia, era Atenas, y Alemania era Esparta.
Y, como Atenas y Esparta hace casi 2.500 años, después de una Segunda Guerra Mundial, todos quedaron debilitados.
Pese a que en esas situaciones de alta tensión un conflicto es altamente probable, no es inevitable.
Quizás hasta aquí no lo parece, pero tener presente la trampa de Tucídides no es fatalista: lo bueno de la historia es que sirve para aprender.
Un proyecto de historia aplicada de la Universidad de Harvard extrajo las lecciones de 16 casos de los últimos 500 años en los que el ascenso de una nación perturbó la posición del país dominante.
El final de 12 de esos casos fue la guerra, avalando el pronóstico de la trampa de Tucídides.
Las cuatro excepciones históricas destacadas por el estudio de Harvard muestran que el destino no está predeterminado.
La primera es la pugna entre Portugal y España a finales del siglo XV.
Durante la mayor parte del siglo XV, Portugal eclipsó a su tradicional rival y vecino, la Corona Española de Castilla, liderando el mundo en la exploración y el comercio internacional.
En la década de 1490, una España unida y rejuvenecida comenzó a desafiar el dominio de Portugal y a reclamar la supremacía colonial en el Nuevo Mundo, poniendo a las dos potencias ibéricas al borde de la guerra.
Una intervención del papa Alejandro VI y el Tratado de Tordesillas de 1494 evitaron un conflicto devastador.
La segunda excepción se remonta a las últimas décadas del siglo XIX, cuando el poder económico estadounidense superó el del imperio más importante del mundo, Reino Unido.
La creciente flota estadounidense era un rival potencialmente preocupante para la Real Fuerza Naval del imperio británico.
Mientras Estados Unidos comenzaba a afirmar la supremacía en su propio hemisferio, Reino Unido lidiaba con amenazas más cercanas que ponían en riesgo su imperio colonial, así que se acomodó al ascenso de su antigua colonia en América.
Las concesiones de Reino Unido evitaron enfrentamientos con EE.UU., que se aseguró el dominio en el hemisferio occidental.
Este gran acercamiento sentó las bases para las alianzas entre Estados Unidos y Reino Unido en dos guerras mundiales y la permanente “relación especial” que ambas naciones siguen dando por sentado.
En tercer lugar, tenemos el ejemplo de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética en la segunda mitad del siglo XX.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos emergió como la superpotencia indiscutible del mundo.
Controlaba la mitad del PIB mundial, tenía formidables fuerzas militares convencionales y un monopolio del arma más destructiva que la humanidad había producido jamás: la bomba nuclear.
La hegemonía estadounidense, sin embargo, pronto fue desafiada por su aliada de la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética.
Aunque a menudo tensa, la Guerra Fría fue uno de los mayores éxitos de la historia a la hora de escapar de la trampa de Tucídides.
Mediante el desarrollo de otras formas de competencia fuera del conflicto armado, las dos potencias manejaron pacíficamente la pugna por el poder de más alto riesgo de la historia.
Por último, tenemos la rivalidad europea entre el bloque de Reino Unido y Francia frente a Alemania, desde la década de 1990 hasta hoy.
Al concluir la Guerra Fría y caer el muro de Berlín, muchos temieron que una Alemania reunificada volviera a sus viejas ambiciones hegemónicas, amenazando a Francia y Reino Unido.
Si bien tenían razón en que Alemania estaba destinada a retornar al poder político y económico en Europa, su ascenso ha sido en gran medida benigno.
Los líderes alemanes encontraron una nueva forma de ejercer poder e influencia: liderando un orden económico integrado en vez de aspirar al dominio militar.
Por el momento, las declaraciones de Xi y Trump en Pekín y los gestos de los que estamos siendo testigos durante su cumbre bilateral alejan la posibilidad de que ambas potencias caigan en la trampa de Tucídides.