Trump celebró el fallecimiento del fiscal que investigó los vínculos de su campaña con Rusia

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WASHINGTON.- Robert S. Mueller, director del FBI durante 12 años y exfiscal especial que investigó la injerencia rusa a favor de Donald Trump en las elecciones de 2016, murió este sábado con 81 años, según confirmó su familia.

“Con profunda tristeza, compartimos la noticia de que Bob falleció. Su familia pide que se respete su privacidad”, declararon sus allegados en un comunicado, en el que confirmaron la muerte de este viernes.

Durante su paso por el FBI, Mueller se dispuso casi de inmediato a reformar la misión de la agencia para satisfacer las necesidades del siglo XXI, comenzando su mandato de 12 años apenas una semana antes de los atentados del 11 de septiembre y bajo gobiernos de los dos signos políticos. Fue nominado por el presidente republicano George W. Bush.

Pero el atentado cambió instantáneamente la máxima prioridad de la agencia, de resolver delitos internos a prevenir el terrorismo, un giro que impuso un estándar casi imposiblemente difícil para Mueller y el resto del gobierno federal, pues prevenir 99 de cada 100 complots terroristas no es suficiente.

Más tarde, fue fiscal especial en la investigación del Departamento de Justicia sobre si la campaña de Trump coordinó ilegalmente con Rusia para influir en el resultado de la contienda presidencial de 2016, lo que derivó en un enfrentamiento abierto con el líder republicano.

El exdirector del FBI y fiscal especial, Robert Mueller, testifica ante el Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes sobre su informe sobre la interferencia rusa en las elecciones de EEUU, en el Capitolio, en Washington, el 24 de julio de 2019. (AP Foto/Andrew Harnik, Archivo)Andrew Harnik – AP

De hecho, Trump fue uno de los primeros en confirmar la noticia por redes sociales. Lo hizo por medio de un mensaje en el que expuso su enemistad con el exfiscal.

“Robert Mueller acaba de morir. Bien, me alegra que esté muerto”, sentenció. Y en esa línea arremetió: “¡Ya no puede hacer daño a gente inocente!”.

Las declaraciones de Trump no son casuales. En total, Mueller presentó cargos penales contra seis de los asociados del presidente, incluido su jefe de campaña y su primer asesor de seguridad nacional, en lo que respecta al caso conocido como Rusiagate.

El equipo de Mueller pasó casi dos años llevando a cabo en silencio una de las investigaciones más trascendentales en la historia del Departamento de Justicia. No ofreció conferencias de prensa ni hizo apariciones públicas durante la pesquisa, pese a los ataques de Trump y sus partidarios.

Su informe de 448 páginas, publicado en abril de 2019, identificó contactos sustanciales entre la campaña del líder republicano y Rusia, pero no alegó una conspiración criminal. Expuso detalles perjudiciales sobre los esfuerzos de Trump por tomar el control de la investigación, e incluso intentos de cerrarla, aunque se negó a decidir si el mandatario había violado la ley, en parte debido a una política del departamento que prohíbe acusar a un presidente en funciones.

Pero, quizá en el lenguaje más memorable del informe, Mueller señaló de manera tajante: “Si tuviéramos confianza, tras una investigación exhaustiva de los hechos, de que el presidente claramente no cometió obstrucción a la justicia, lo diríamos. Con base en los hechos y las normas legales aplicables, no podemos llegar a ese juicio”.

La conclusión no significó el golpe de gracia para el gobierno que algunos opositores de Trump esperaban, ni generó un impulso para que los demócratas en la Cámara de Representantes avanzaran con un juicio político contra el presidente, aunque más tarde fue sometido a ese proceso y absuelto por acusaciones separadas vinculadas a Ucrania.

El resultado también dejó margen para que el secretario de Justicia William Barr insertara sus propias opiniones. Él y su equipo hicieron su propia determinación de que Trump no obstruyó la justicia, y él y Mueller se enfrentaron en privado por un resumen de cuatro páginas de Barr que, según el exfiscal, no capturaba adecuadamente la conclusión perjudicial de su informe.

Mueller desinfló a los demócratas durante la audiencia congresional sobre su informe cuando ofreció respuestas lacónicas, de una sola palabra, y pareció inseguro en su testimonio. Con frecuencia, parecía dudar en detalles de su investigación. Difícilmente fue la actuación dominante que muchos habían esperado de Mueller, quien tenía una reputación imponente en Washington.

Su etapa como director del FBI estuvo definida por los atentados del 11 de septiembre y sus consecuencias, mientras un FBI al que se le otorgaron amplios nuevos poderes de vigilancia y seguridad nacional se apresuraba a enfrentar a una Al Qaeda en ascenso e interrumpir complots y sacar a terroristas de las calles antes de que pudieran actuar.

Fue un nuevo modelo de vigilancia para un FBI que durante mucho tiempo había estado acostumbrado a investigar delitos pasados.

“Había esperado centrarme en áreas que me eran familiares como fiscal: casos de drogas, casos de delitos de cuello blanco y delitos violentos”, precisó Mueller a un grupo de abogados en octubre de 2012, sobre su incorporación a la agencia, en la que finalmente aseguró debió centrarse en un cambio estratégico a largo plazo. “Tuvimos que mejorar nuestras capacidades de inteligencia y modernizar nuestra tecnología. Tuvimos que apoyarnos en alianzas sólidas y forjar nuevas amistades, tanto aquí en casa como en el extranjero”, precisó.

En la Casa Blanca, George Bush anuncia el nombramiento de Robert Mueller

En retrospectiva, la transformación fue un éxito. En ese momento, hubo problemas, y Mueller lo dijo. En un discurso cerca del final de su mandato, Mueller recordó “aquellos días en que estábamos bajo ataque de los medios y recibiendo golpes del Congreso; cuando el secretario de justicia no estaba nada contento conmigo”.

Mueller decidió que el FBI no participaría en técnicas de interrogatorio abusivas de presuntos terroristas, pero la política no se comunicó eficazmente en la cadena de mando durante casi dos años. En un esfuerzo por llevar al FBI a un entorno sin papel, la agencia gastó más de 600 millones de dólares en dos sistemas informáticos: uno que tenía un retraso de dos años y medio y un predecesor que solo se completó parcialmente y tuvo que desecharse después de que consultores lo declararan obsoleto y plagado de problemas.

Mueller nació en la ciudad de Nueva York y creció en un acomodado barrio de los suburbios de Filadelfia. Obtuvo una licenciatura en la Universidad de Princeton y una maestría en relaciones internacionales en la Universidad de Nueva York. Luego se unió a los Marines, sirviendo durante tres años como oficial durante la guerra de Vietnam.

El exfiscal dirigió un pelotón de fusileros y recibió una Estrella de Bronce, un Corazón Púrpura y dos Medallas de Encomio de la Marina. Tras su servicio militar, Mueller también obtuvo un título de derecho en la Universidad de Virginia.

Mueller se convirtió en fiscal federal y disfrutaba el trabajo de llevar casos penales. Ascendió rápidamente en las fiscalías federales en San Francisco y Boston de 1976 a 1988. Más tarde, como jefe de la división criminal del Departamento de Justicia en Washington, supervisó una serie de procesos de alto perfil que sumaron victorias contra objetivos tan variados como el dictador panameño Manuel Noriega y el mafioso John Gotti.

En un cambio a mitad de carrera que sorprendió a sus colegas, Mueller dejó un empleo en un prestigioso estudio de abogados de Boston para unirse a la división de homicidios de la fiscalía federal en la capital del país. Allí, se sumergió como litigante principal en una abultada carga de asesinatos sin resolver relacionados con drogas.

Mueller estaba impulsado por una pasión profesional por el trabajo minucioso de construir casos penales. Incluso como jefe del FBI, se sumergía en los detalles de las investigaciones, algunas de ellas importantes pero otras no tanto, a veces sorprendiendo a agentes que de pronto se encontraban al teléfono con el director.

“Los manuales de gerencia te dirán que como jefe de una organización debes centrarte en la visión”, había expresado Mueller tiempo atrás. “Para mí había y hay hoy esas áreas en las que uno necesita estar sustancialmente involucrado de manera personal”, justificaba el exfiscal refiriéndose en especial a lo vinculado con “la amenaza terrorista y la necesidad de conocer y entender esa amenaza hasta sus raíces”.

Dos ataques terroristas ocurrieron hacia el final del período de Mueller: el Maratón de Boston y el de Fort Hood en Texas. Ambos pesaron mucho sobre él, según reconoció en una entrevista dos semanas antes de su fallecimiento.

Agencias AP y AFP

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