Si hubo una narrativa dominante este año alrededor de la inteligencia artificial, es que los avances en esta tecnología están sacudiendo el enorme —y hasta ahora bastante cómodo— mundo del software. Para mantener ese blitzkrieg [guerra relámpago] tecnológico, los laboratorios que lideran la IA necesitan recaudar cantidades colosales de dinero.
Eso ha preparado el terreno para tres gigantescas salidas a Bolsa en un mismo año: la de OpenAI, liderada por Sam Altman; la de Anthropic, bajo Dario Amodei; y la de SpaceX, dirigida por Elon Musk, que se ha fusionado con xAI, la empresa de modelos de IA del propio Musk. Para añadir más tensión, los tres se detestan.
Los tres apuntan a la estratósfera. OpenAI, que recientemente fue valorada en US$840.000 millones, estaría buscando una valuación de US$1 billón, unas 40 veces sus ingresos anualizados actuales. Anthropic, que fue valorada por última vez en US$380.000 millones (alrededor de 20 veces sus ventas anualizadas), probablemente se fijará un precio superior a US$500.000 millones. El más ambicioso de todos es SpaceX, que fue valuada en US$1,25 billones cuando se fusionó con xAI y que, según se informa, busca salir a Bolsa con una valuación de US$1,5 billones. Eso la colocaría entre las 10 empresas cotizadas más valiosas del mundo, e incluso podría convertir a Musk en el primer billonario (trillionaire) de la historia.
Una sola IPO de ese tamaño ya pondría a prueba a los mercados. Tomasz Tunguz, un capitalista de riesgo, señala que si cada empresa ofreciera el 15% de sus acciones al público, como suele ser habitual, el dinero total recaudado sería equivalente al obtenido por todas las salidas a Bolsa en Estados Unidos durante la última década.
Eso ayuda a explicar por qué cada uno de los jefes quiere evitar ser el último en llegar al mercado. El ego también juega su papel, sobre todo ahora que la carrera por los modelos de IA se ha estrechado. Para entender el choque entre los tres, conviene mirar sus personalidades. Podrían resumirse como el mercenario (Altman), el misionero (Amodei) y el mesiánico (Musk).
Empecemos por Altman. Algunos lo admiran por haber puesto en marcha la carrera de la IA con el lanzamiento de ChatGPT en 2022, y por haber superado a Anthropic y xAI a la hora de recaudar dinero desde entonces. Pero también puede ser astutamente oportunista. Eso quedó claro durante un reciente enfrentamiento entre Anthropic y la administración de Donald Trump por los controles de seguridad sobre el uso de su tecnología por parte del Pentagon. El conflicto llevó a que el laboratorio fuera declarado riesgo para la cadena de suministro, una designación que la empresa demandó para eliminar el 9 de marzo, ya que podría amenazar su salida a Bolsa.
A diferencia de Musk, que habla abiertamente con desprecio de “Misanthropic”, Altman trató de presentarse como un mediador entre el laboratorio de Amodei y la administración Trump. Sin embargo, OpenAI —al igual que xAI— aprovechó la situación para quedarse con contratos de defensa clasificados, en detrimento de Anthropic.
Amodei, que dejó OpenAI para cofundar Anthropic en 2021, tiene una ética de “seguridad primero” y contrasta el enfoque principista de su empresa con la carrera por el crecimiento de sus rivales. Pero no es ningún ingenuo. En un memorando interno escrito en pleno conflicto con el Pentágono (por el que luego dijo a The Economist que se disculpó), Amodei atacó a Altman calificándolo de “mentiroso” y de adulador de Trump.
La postura didáctica de Anthropic también es un buen marketing. Claude, su chatbot, ha ganado popularidad desde la disputa con el Pentágono. La respuesta del laboratorio a las presiones incluso ha sido elogiada por empleados de OpenAI.
Musk, que ayudó a crear OpenAI en 2015, es todavía más hostil hacia Altman. Según su versión, OpenAI —que abandonó su condición de organización sin fines de lucro— traicionó su misión de desarrollar IA para el beneficio de toda la humanidad. Como resultado, Musk quiere recuperar su donación original de US$38 millones, y algo más. Está demandando a OpenAI y a Microsoft, su principal inversor, por hasta US$134.000 millones. El caso irá a juicio el mes próximo. Si gana, podría arruinar a OpenAI y destruir la carrera de Altman.
Musk, al parecer, no confía en nadie más que en sí mismo para controlar esta tecnología. El empresario tiene una ambición casi divina: “extender la luz de la conciencia hasta las estrellas”. Planea usar los cohetes de SpaceX para enviar flotas de centros de datos al espacio, aprovechando la energía del sol.
Pero en el mundo de los mortales sigue existiendo el molesto problema del dinero. El año pasado xAI generó quizá US$500 millones en ingresos, muy por detrás de los otros dos laboratorios (X, la red social a la que está vinculada, aportó otros US$3.000 millones). Una de sus principales fuentes de ingresos es el trabajo para el gobierno estadounidense, con el que Musk tiene vínculos estrechos; su contrato con el Pentágono vale hasta US$200 millones. Sin embargo, varios departamentos se han quejado de que Grok, su chatbot, no es confiable.
La falta de escala de xAI es una de las razones por las que Musk la integró con SpaceX, que ya venía prosperando. El año pasado la compañía espacial habría generado US$8.000 millones de beneficio operativo (antes de depreciaciones y amortizaciones) sobre ventas de entre US$15.000 y US$16.000 millones.
OpenAI, que el año pasado obtuvo unos US$13.000 millones de ingresos, es más grande que xAI y Anthropic. También tiene el modelo de negocio más amplio. Aspira a alcanzar US$30.000 millones en ventas este año, la mitad provenientes de suscripciones de consumidores y publicidad en ChatGPT (que tiene más de 900 millones de usuarios semanales, de los cuales 50 millones pagan). El resto vendrá de clientes corporativos y desarrolladores que usan directamente sus modelos.
Pero Anthropic, que probablemente facturó entre US$4.000 y US$5.000 millones el año pasado, se está acercando rápidamente. Se ha concentrado más que OpenAI en clientes empresariales y ha tenido éxito en particular con Claude Code, su herramienta para programadores. A finales de febrero, OpenAI había alcanzado US$25.000 millones de ingresos anualizados, un 20% más que a finales del año anterior; Anthropic llegó a US$19.000 millones, más del doble en el mismo período.
La feroz competencia por clientes presionará los precios, justo cuando los laboratorios están invirtiendo sumas gigantescas en centros de datos para entrenar nuevos modelos. Ninguno está cerca de ser rentable. OpenAI, que cerró una ronda privada de US$110.000 millones el mes pasado, prevé invertir US$660.000 millones en infraestructura hasta 2030 y no espera generar flujo de caja libre hasta entonces.
Incluso SpaceX, que gana dinero lanzando cohetes y vendiendo internet satelital, necesita mucho más efectivo del que puede generar. Según la firma de análisis MoffettNathanson, su plan de enviar un millón de satélites de centros de datos al espacio requerirá “una cantidad asombrosa de financiación externa”.
Los tres, por lo tanto, no tienen más remedio que acudir a los mercados públicos si quieren seguir en la carrera de la IA. El éxito o fracaso de sus IPO dependerá de cuántos inversores estén dispuestos a ignorar el largo e incierto camino hacia la rentabilidad de esta tecnología.
Tampoco ayuda que exista otra alternativa que ya cotiza en Bolsa: Alphabet, la empresa matriz de Google. Su modelo Gemini mejora constantemente. El gigante de las búsquedas es una máquina de generar dinero, con US$132.000 millones de beneficio neto el año pasado, lo que le permite financiar su carrera de IA con recursos propios.
Y su valor de mercado, de US$3,7 billones, equivale a solo nueve veces sus ingresos, una relación mucho más razonable. Sundar Pichai, su director ejecutivo, puede permitirse observar la pelea desde arriba.