Frases, gestos y silencios que se heredan sin darse cuenta

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En verano pasa algo curioso. Cuando el cuerpo baja un cambio y el ruido del año se apaga, aparecen recuerdos que no estaban en agenda. No son proyectos, ni balances, ni metas incumplidas. Son personas. Jefes. Jefes que se creían olvidados, pero que siguen ahí, agazapados en algún rincón de la memoria, opinando sobre lo que se hace, cómo se hace y —sobre todo— sobre cuánto se vale.

Se puede cambiar de empresa, de cargo, de país o de industria. Incluso se puede cambiar de nombre en LinkedIn. Pero hay algo mucho más difícil de mover: el jefe que se lleva adentro.

No se recuerdan procesos, se recuerdan gestos. No se evocan organigramas completos, se evocan miradas. Ese jefe que dijo “vos podés” cuando todavía no estaba del todo claro. Ese otro que lo hizo sentir a uno como si fuera invisible en una reunión y dejó como aprendizaje hablar como si se pidiera permiso. El que gritaba. El que nunca aparecía. El que cuidó. El que dejó solo/a. El que enseñó a desconfiar. El que enseñó a creer.

Sin darse cuenta, en cada persona se va armando un archivo invisible. Una especie de manual interno hecho de frases, silencios, premios y humillaciones. Un collage emocional que se activa al liderar, al pedir, al corregir, al frustrarse.

No se aprende a ser profesional solo en la universidad o en los posgrados. Se aprende mirando, copiando, sobreviviendo. El psicólogo canadiense-estadounidense Albert Bandura lo llamó aprendizaje vicario: se imita lo que se ve, incluso cuando se jura que jamás se será así.

Por eso, muchas de las voces que aparecen en la cabeza no son propias. Cuando surge el “no es suficiente”, “no te relajes”, “no muestres dudas”, muchas veces no habla la persona, sino un jefe antiguo, reciclado en conciencia. Se deja la empresa, pero el jefe se muda al living y opina desde el sillón.

Claro que también hay herencias luminosas. Jefes que habilitaron, que confiaron, que protegieron cuando no era rentable hacerlo. Personas que vieron algo que todavía no existía del todo. Esos dejan marcas que no se borran. Enseñan que liderar no es controlar, sino crear contexto. Que no se trata de tener razón, sino de dar lugar.

Pero también están los otros. Los que dejaron miedo. Los que sembraron hiperexigencia, culpa, silencio. Los que enseñaron que descansar es sospechoso, que equivocarse es peligroso, que pedir ayuda es una debilidad.

No hacen falta grandes tragedias para que algo quede grabado. Basta una frase en el momento justo, una indiferencia repetida, una humillación normalizada. Microheridas que, con el tiempo, se vuelven estilo.

Y entonces aparece la pregunta incómoda: ¿qué se está haciendo con todo eso? Porque tarde o temprano, sin advertirlo, las personas se convierten en espejos. Repiten gestos. Copian tonos. Encarnan frases ajenas como si fueran propias. Tal vez hoy alguien esté siendo el jefe que otra persona, dentro de unos años, va a necesitar desaprender en terapia.

El liderazgo no se mide solo en resultados, sino en huellas. No deja solo procesos: deja personas. Personas con miedos, con confianza, con coraje o con desconfianza crónica. Personas que, sin saberlo, seguirán llevando algo de ese liderazgo mucho después de que haya cambiado la oficina o el cargo.

Tal vez el verano sea un buen momento para revisar ese archivo invisible. Preguntarse qué frases se heredaron. A quién se está copiando sin darse cuenta. Qué jefe vive adentro y cuál, de una vez, convendría despedir.

Porque no se eligen los jefes. Pero sí se puede elegir qué hacer con lo que dejaron.