Harriet Jacobs nació en 1813 en Carolina del Norte, Estados Unidos. Era esclava y, como era de esperar, uno de sus amos hizo de su vida “una gran miseria”, según ella misma narró años más tarde. Para escapar de aquel hombre que la consideraba de su propiedad y poder ver crecer a sus hijos pasó siete años encerrada en un entrepiso donde no había espacio suficiente para moverse, estaba lleno de ratas y filtraciones de agua. Desde allí pudo ver a sus hijos jugar y escuchar sus voces.
Al conseguir su libertad, logró escribir un libro que fue pionero al relatar todos los abusos cometidos por los dueños de esclavos. Se la consideró una de las voces más importantes en el abolicionismo y hasta el día de hoy se conserva su memoria.
Haber nacido con la condición de esclava era, en sí, una oscuridad. De cualquier forma, los primeros años de Harriet Jacobs no fueron los peores. Según el archivo del New York Times, donde se relata su historia, ella y sus padres eran propiedad de una patrona benevolente. A muy corta edad, Harriet sufrió la muerte de sus padres y, entonces, quedo a la tutela de su abuela (que era blanca y libre) y su “dueña”. Esta última fue central en su vida, al enseñarle a tejer y a escribir, tareas que para los esclavos no eran usuales.
La oscuridad tomó protagonismo cuando su patrona falleció y Harriet pasó a ser propiedad de la sobrina de la fallecida, pero, como esta última era menor de edad, el control lo tomó su padre, el Dr. James Norcom.
A diferencia de la primera patrona, Norcom se caracterizaba por ser abusivo. Desde un primer momento, cuando Harriet tenía 15 años, comenzó a acosarla sexualmente, diciéndole frases subidas de tono a la oreja y a perseguirla, incluso buscando doblegar su voluntad y denigrarla de forma violenta. Si bien nunca se especifica en la bibliografía disponible hoy en día, es altamente probable que también abusara sexualmente de Harriet: “Yo quería mantenerme pura y, en las circunstancias más adversas, me esforcé por preservar mi dignidad”, dice en sus memorias, donde también especificaba detalles de su situación. “Cuando cumplí mis 15 años, mi amo comenzó a susurrarme palabras obscenas al oído. A pesar de mi corta edad, comprendía su significado. Trataba de ignorarlas o despreciarlas”, expresó en sus memorias.
Por temor a su “dueño” y a la indignidad social, Harriet soportó los abusos. “Era un hombre astuto y recurría a muchos medios para lograr sus propósitos. Intentó de todas las maneras corromper los principios puros que mi abuela me había inculcado. Llenó mi joven mente de imágenes impuras, propias de un monstruo vil. Me aparté de él con asco y odio. Pero era mi amo. Me vi obligada a vivir bajo el mismo techo que él, donde veía a diario a un hombre 40 años mayor que yo violando los mandamientos más sagrados de la naturaleza. Me dijo que yo era de su propiedad; que debía someterme a su voluntad en todo. Mi alma se rebeló contra la vil tiranía. ¿Pero a quién podía acudir en busca de protección? No había sombra de ley que me protegiera del insulto, de la violencia, ni siquiera de la muerte; todo esto lo infligían demonios con apariencia humana”, relató años más tarde en sus memorias.
Con un sentimiento de abandono divino, Harriet soportó. El acoso se hizo tan evidente que la esposa de Norcom se dio cuenta, lo que llevó a que el dueño de Harriet construyera una pequeña cabina a unos kilómetros de la casa, donde aisló a la esclava para poder abusarla sin la mirada de su esposa.
Con un inmenso fuego por una vida libre, Harriet buscó distintas formas de que Norcom la liberara o la dejara en paz. Así fue como se involucró con un hombre negro, quien le propuso matrimonio. Al enterarse, Norcom violentamente se negó a concedérselo y el vínculo de Harriet se desmoronó.
Fue entonces, en 1833, que Harriet conoció a Samuel Tredwell Sawyer, un abogado blanco con el que se involucró. Después de algunos meses de relación, Harriet quedó embarazada de su primer hijo, Joseph, y luego de su hija Louisa. Ambos niños quedaron insertos en un mundo perverso, ya que, según el censo de 1830 en Estados Unidos, el estado de Virginia tenía más de 700.000 personas esclavizadas.
La situación se volvió insostenible en 1835, cuando su amo amenazó con enviar a sus hijos a trabajar como esclavos de plantación como una última manera de denigrarla. Ante este peligro, Harriet decidió escapar y ocultarse. Inicialmente vivió en un pantano y luego, con ayuda de Sands, padre de sus hijos, construyó un entrepiso en la casa de su abuela, donde Harriet se escondió.
Norcom, por su lado, publicó una búsqueda para que las personas cazaran a Harriet a cambio de una suma de dinero, pero ella permaneció escondida: ofrecía 100 dólares para quien encontrara a Harriet, una “mulata” de 21 años.
El cuarto donde vivió los siguientes 7 años de su vida no tenía más de dos metros de largo y un metro de alto. Estaba completamente oscuro. Las ratas escalaban su cuerpo constantemente. No tenía lugar para moverse, ni pararse. Un tiempo después de su “encierro de libertad”, Harriet hizo un pequeño orificio en la pared, específicamente de poco más un centímetro, para poder ver a sus niños jugar en la calle. Ser vista podía significar la vuelta a la esclavitud, o incluso la muerte, así que solo se reservó pocas salidas, a altas horas de la noche, para asearse y ejercitar su cuerpo entumecido.
“No creo que el lector me crea cuando afirmo que viví en aquel pequeño y lúgubre agujero, casi privada de luz y aire, y sin espacio para mover mis extremidades, durante casi siete años. Pero es un hecho, y uno triste para mí, incluso ahora, porque mi cuerpo aún sufre los efectos de aquel largo cautiverio, por no hablar de mi alma”, escribió más tarde.
En sus memorias expandió las miserias de esos siete años escondida. Describió, por ejemplo que el techo encima de ella tenía pérdidas, entonces, cuando llovía, se empapaba y eso empeoraba el dolor en su cuerpo.
“Innumerables fueron las noches que pasé sentada oyendo las patrullas y a los cazadores de esclavos conferenciar sobre la captura de los fugitivos, sabiendo muy bien cuánto se regocijarían si me atraparan a mí”, describió y luego continuó: “Temporada tras temporada, año tras año, observaba a escondidas los rostros de mis hijos y oía sus dulces voces, con el corazón anhelando todo el tiempo decir: ‘Su madre está aquí‘. A veces me parecía como si hubieran pasado siglos desde que entré en esa existencia sombría y monótona. Por momentos, me sentía estupefacta e indiferente; otras veces, me impacientaba por saber cuándo terminarían estos años oscuros y cuándo se me permitiría de nuevo sentir la luz del sol y respirar el aire puro”.
En 1842, Jacobs salió de su escondite y logró finalmente huir hacia Filadelfia y Nueva York, donde pudo reunirse con su hija, que había sido enviada allí por su padre. Harriet, poco después, se mudó a Rochester para estar cerca de su hijo, que (según las memorias de Harriet) vivía con su hermano, también un esclavo fugitivo, y comenzó a colaborar estrechamente en el diario North Star de Frederick Douglass, una figura central en el movimiento contra la esclavitud.
Harriet vivió durante años bajo el temor constante de ser capturada por Norcom, lo que la obligó a huir en varias ocasiones. Su situación legal solo se resolvió cuando una amiga de ella organizó la compra de su libertad, permitiéndole vivir sin miedo a ser reclamada como propiedad.
En 1861, publicó su autobiografía, Incidents in the Life of a Slave Girl, bajo el seudónimo de Linda Brent; esta obra fue pionera al denunciar de manera abierta el acoso y abuso sexual sistemático que sufrían las mujeres esclavizadas. El texto cuenta su propia experiencia cambiando los nombres de los actores.
Con el estallido de la Guerra Civil (1861-1865), Jacobs asumió un rol activo como corresponsal para el periódico The Liberator, ya que la disputa la tocaba de lleno en su historia. En junio de 1862, viajó a Washington D.C. para informar sobre la situación de los miles de refugiados negros (conocidos como “contrabandos”) que llegaban a la capital huyendo del Sur. En sus crónicas, Jacobs describió con crudeza el hacinamiento y las enfermedades, como la fiebre tifoidea y el sarampión, que azotaban a los exesclavos en lugares como Duff Green’s Row, cuestionándose la realidad. “¿Es esto libertad?”, escribió viendo los rostros de las personas.
Su compromiso no se limitó a la escritura, sino que se extendió a la acción humanitaria y educativa directa. En Alexandria, Virginia, Jacobs y su hija Louisa fundaron la Jacobs Free School, donde se dedicaron a alfabetizar a los antiguos esclavos y a proporcionarles herramientas para una nueva vida libre en sociedad. Además, Harriet se convirtió en una defensora incansable de los huérfanos de guerra, recaudando fondos y suministros entre sus contactos para asegurar que los más vulnerables, en especial niños negros que se habían quedado sin padres, tuvieran un hogar y sustento tras el fin del conflicto.
Harriet Jacobs murió en 1897 en libertad. Su memoria se conserva en distintos museos y archivos, pero principalmente en una organización a su nombre que planifica recorridas en Virginia en sitios de interés en la vida de la abolicionista.