El cierre del estrecho de Ormuz por la guerra de Oriente Medio desató una crisis energética global sin precedentes, que ya tiene consecuencias concretas: aeropuertos italianos racionan el combustible para aviones, Australia negocia de urgencia con sus socios asiáticos para garantizar el abastecimiento de nafta y gasoil, y las aerolíneas europeas cancelan vuelos y encarecen pasajes. En América Latina, Chile ya registra una suba del 40% en el precio del combustible. La Argentina, en cambio, enfrenta el escenario desde una posición que pocos países del mundo pueden exhibir: produce petróleo, tiene refinerías propias y, por ahora, no hay desabastecimiento.
Por el estrecho de Ormuz, una franja de apenas 35 kilómetros de ancho —menos que la distancia entre Buenos Aires y Colonia—, transitaba hasta hace 40 días una quinta parte del petróleo mundial. Eran 24 millones de barriles diarios, de los cuales 10 millones fueron retirados del mercado global sin que ninguna otra fuente de producción lo pudiese compensar.
Pocos países ilustran mejor la vulnerabilidad estructural que implica depender del petróleo importado como Australia. El país importa aproximadamente el 90% de su combustible refinado, gran parte del cual proviene de instalaciones asiáticas. Ante el riesgo de que esos socios comerciales priorizaran sus propios mercados internos, el gobierno federal debió salir a negociar con urgencia garantías de suministro con Singapur, Corea del Sur, Malasia y Japón. La situación llegó a niveles críticos durante el fin de semana de Pascua: más de 400 estaciones de servicio quedaron sin gasoil en todo el país.
La situación se volvió tan crítica, que incluso la Agencia Internacional de la Energía recomendó a Australia y otros países adoptar medidas para reducir el consumo: fomentar el teletrabajo, bajar los límites de velocidad en rutas y racionar el uso de vehículos particulares.
En Europa, la crisis tiene otra cara: la del combustible de aviación. Cuatro aeropuertos del norte de Italia —Milán Linate, Bolonia, Venecia y Treviso— introdujeron restricciones operativas sobre el suministro de jetfuel, con prioridad para vuelos de ambulancia, vuelos de Estado y rutas de más de tres horas de duración. La medida es apenas el síntoma visible de una crisis que ya afecta a toda la aviación internacional con encarecimientos de pasajes. La aerolínea irlandesa Ryanair advirtió que si el conflicto continúa, los vuelos de verano en Europa están en riesgo.
Frente a ese panorama, la Argentina cuenta con una ventaja que muy pocos países pueden mostrar: no solo produce petróleo, sino que también lo refina. El país extrae 882.000 barriles diarios, de los cuales destina 570.400 al mercado doméstico y el resto lo exporta.
Además, cuenta con cinco refinerías en operación, entre YPF, Raízen (Shell), Axion y Trafigura (Puma Energy), lo que aleja el fantasma del desabastecimiento.
“Tenemos Vaca Muerta y las refinerías. Va a haber un poco de ruido, pero vamos a estar bien”, resumió un ejecutivo del sector energético que prefiere no ser identificado. “Trump nos puso en esta situación donde hay que matar demanda de petróleo porque falta producto en el mundo, faltan refinerías”, agregó.
El precio de la nafta y el gasoil en el país acumula una suba del 20% en el último mes. Los surtidores reflejan un barril de petróleo de US$90, cuando la referencia internacional cotiza en torno a los US$103. Esa brecha no se cerrará, ya que hay un acuerdo de palabra entre YPF y las productoras: sostener el precio del barril por 45 días mientras el crudo internacional permanezca en estos niveles, con el compromiso de que las refinadoras devuelvan la diferencia acumulada cuando el precio baje. Sin contrato firmado, es de buena fe.
El mecanismo busca evitar la intervención estatal —un congelamiento de tarifas, un barril criollo o una suba de retenciones— que volvería a desalinear los incentivos de producción justo cuando Vaca Muerta opera como salvavidas. “Los productores financian a los refinadores, pero se les devuelve en un tiempo. Pasar la tormenta sin fijar precios por ley es buenísimo”, dice el ejecutivo consultado.
Hay, sin embargo, una señal de alerta que el mercado ya registra. El precio mayorista del gasoil es hoy entre un 8% y un 10% más caro que el precio en las estaciones de servicio, una relación que históricamente era inversa: hasta antes del recrudecimiento del conflicto, el precio mayorista era hasta un 15% más barato que el minorista. El mercado se dio vuelta, y lo hizo en el peor momento del calendario agropecuario: el inicio de la cosecha gruesa, cuando el campo concentra su mayor demanda de gasoil para tractores, cosechadoras y camiones.
Si esa brecha no se corrige, el riesgo es que el combustible escasee o se encarezca justo donde más se necesita, con impacto directo sobre los costos de producción y, en última instancia, sobre los precios de los alimentos.
La crisis global no pasó rápido. Las cadenas de distribución tienen latencias de 30 días o más, y los países que hoy parecen abastecidos porque tenían stock propio irán sintiéndolo a medida que esas reservas se agoten. América Latina no es inmune: Chile ya lo está viviendo. La Argentina tiene márgenes que sus vecinos no tienen, pero dependen de que el acuerdo informal de precios se sostenga, de que la demanda mayorista no se traslade al surtidor y de que la producción de Vaca Muerta siga fluyendo sin interrupciones.