El economista Ricardo Arriazu se refirió a las perspectivas de la economía argentina para este año y planteó un escenario de crecimiento alentador. Según estimó, el PBI podría expandirse en torno al 5%, en línea con las proyecciones oficiales.
En ese marco, retomó una expresión del presidente Javier Milei y sostuvo que “van a sobrar dólares”, aunque advirtió que ese escenario dependerá de evitar errores de política económica. “Nos van a salir dólares por las orejas, pero si no chocamos la calesita”, señaló.
Durante una charla en Tucumán, Arriazu describió un contexto internacional que calificó como “inédito” desde 1973. Según explicó, la combinación de conflictos globales y el alza del precio del petróleo encuentra a la Argentina en una posición favorable como exportador de energía, al tiempo que los precios agrícolas reciben impulso por el encarecimiento de insumos como la urea.
De acuerdo con sus cálculos, el sector energético generaría un superávit de US$13.000 millones, mientras que el complejo agropecuario aportaría unos US$6700 millones adicionales. “Los planetas se alinearon, si no hacemos macanas”, resumió.
El economista sostuvo que una de las variables clave será el comportamiento de la demanda de divisas. “El partido de este año es si se compran más o menos dólares, porque eso va a determinar el nivel de crecimiento”, afirmó.
En ese sentido, precisó que desde abril de 2025 los argentinos adquirieron unos US$31.000 millones, con un pico de US$6500 millones en octubre. “Cada dólar que se compra es un dólar menos de gasto interno. Si se compran menos dólares, aumenta la actividad económica y eso refleja confianza”, explicó. Actualmente, indicó, la demanda se mantiene en torno a los US$3500 millones mensuales. Bajo ese escenario, consideró que si se reduce la compra de divisas, el crecimiento podría alcanzar el 5%.
Arriazu también se refirió a los riesgos de política cambiaria. A su juicio, un error hubiera sido modificar el esquema y aplicar una devaluación tras las elecciones. “Había quienes sostenían que eso era necesario, pero no: era el momento de enfrentar a quienes especulaban en contra”, sostuvo.
No obstante, advirtió sobre la conveniencia de evitar una apreciación excesiva del peso. “No dejaría que el tipo de cambio siga cayendo y compraría todos los dólares posibles a $1400”, señaló.
En otro tramo de su exposición, planteó que hubiera sido “oportuno” recurrir al financiamiento en los mercados internacionales, dado que el proceso de canalizar el ahorro local hacia instrumentos como bonos resulta más lento. Además, sugirió que el Gobierno debería anticipar los impactos sectoriales del proceso de apertura y reorganización económica.
“La estructura productiva argentina es artificial. Durante años se subsidiaron sectores sin ventajas competitivas. El cambio implica que algunas actividades van a desaparecer, y la destrucción suele ser más rápida que la creación”, advirtió.
En ese contexto, anticipó un período de transición en el mercado laboral. “Habrá dos o tres años de destrucción de empleo”, estimó, y señaló que el crecimiento futuro se concentrará en las provincias y zonas periféricas. También destacó que ya se observan movimientos migratorios hacia regiones con mayor dinamismo, como Neuquén.
Finalmente, Arriazu diferenció las prioridades según el horizonte temporal. “En el corto plazo, importa la confianza; en el mediano, aprovechar las ventajas naturales y evitar crisis externas; y en el largo, desarrollar todo el potencial del país”, sostuvo.
Para cerrar, trazó un paralelismo histórico con la Argentina de fines del siglo XIX. Recordó que, hacia 1870, el país contaba con 1,8 millones de habitantes y un bajo nivel de empleo formal, pero la llegada masiva de inmigrantes impulsó una transformación económica profunda. “No fue solo el campo: también los ferrocarriles, los puertos, los bancos y toda la cadena productiva. Este proceso puede repetirse, pero requiere tiempo, confianza y hacer las cosas bien”, concluyó.