Las líneas rojas de Trump ya no significan nada

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WASIHNGTON.- En los años posteriores a la presidencia de Barack Obama, se convirtió casi en un artículo de fe que uno de sus errores centrales en política exterior fue la “línea roja” en Siria. Había advertido que atacaría a Siria si utilizaba armas químicas, pero cuando surgieron pruebas de que efectivamente las había usado, trasladó la decisión de intervenir al Congreso, que optó por no actuar.

Un desastre”, lo calificó en su momento Donald Trump. Una causa de “daño generacional y reputacional”, dijo el entonces senador Marco Rubio (republicano por Florida). Parte de “un laberinto incoherente” de política exterior, sostuvo Pete Hegseth algunos años después. Al ignorar una línea roja que él mismo había trazado, explicó el senador Lindsey Graham (republicano por Carolina del Sur), Obama había puesto en riesgo la credibilidad de Estados Unidos en el mundo.

El retroceso de Obama en esa línea roja hoy parece un modelo de toma de decisiones cuidadosa comparado con lo que hemos visto desde el inicio de la guerra con Irán. La semana pasada, el presidente Trump publicó en redes sociales que “si Irán no ABRE COMPLETAMENTE, SIN AMENAZAS, el estrecho de Ormuz, dentro de las próximas 48 HORAS desde este momento exacto, Estados Unidos atacará y destruirá sus distintas PLANTAS DE ENERGÍA, EMPEZANDO POR LA MÁS GRANDE”.

Equipos de emergencia inspeccionan un edificio residencial alcanzado en un ataque previo de Estados Unidos e Israel en TeheránVahid Salemi – AP

El resto de la historia es conocido. Irán no se dejó intimidar por la amenaza y continuó con sus ataques y el bloqueo del estrecho. ¿La respuesta de Trump? Retroceder rápidamente y anunciar que postergaba cualquier acción sobre infraestructura energética durante cinco días, al sostener que —de manera repentina— Irán y Estados Unidos estaban manteniendo “conversaciones productivas” hacia una “resolución completa y total de nuestras hostilidades en Medio Oriente”. Las autoridades iraníes negaron que tales conversaciones existieran. Ahora Trump dice que extenderá la pausa por una semana y media más.

A estas alturas, resulta claro que a Trump se lo evalúa con un criterio indulgente. Cuando dice que aumentará los aranceles al 130%, o que destruirá el mayor yacimiento de gas de Irán, o que “la guerra está prácticamente terminada”, ninguna de esas afirmaciones significa demasiado. Pueden ser políticas reales de Estados Unidos o no, o pueden serlo durante un día o una semana antes de cambiar. Después de afirmar que la guerra estaba prácticamente terminada, ese mismo día aseguró que “no hemos ganado lo suficiente” y que “no nos detendremos hasta que el enemigo sea total y decisivamente derrotado”. También dijo que había accedido a negociar con los líderes iraníes, pero que no podía hacerlo porque siguen siendo asesinados —aunque, por supuesto, es su propio ejército (y el de Israel) el que lleva a cabo esos ataques. ¿Está claro?

Los partidarios de Trump sostienen que esta incoherencia es genialidad estratégica, que mantiene a todos descolocados. Sin embargo, la política parece cambiar por múltiples razones: tal vez cae la bolsa, o tal vez el país objetivo elogia a Trump y le regala un lingote de oro. La “superpotencia” de Trump es su flexibilidad para girar de un momento a otro y contar con una base que acepta cualquier cosa que proponga. Quienes antes se oponían firmemente a las guerras en Medio Oriente ahora apoyan este conflicto con el fervor de conversos. Y aunque Trump ha dejado en claro que le gustaría terminar con las hostilidades, el problema —a diferencia de los aranceles— es que no puede detener lo que él mismo inició. Irán también decide. Y, por ahora, decide seguir combatiendo, calculando que, aunque debilitado, aún tiene capacidad militar para afectar la economía mundial y, así, infligir daño a Estados Unidos.

Ariel Kohane lleva una kipá con una imagen del presidente Donald Trump durante la Conferencia de Acción Política Conservadora en TexasShafkat Anowar – The Dallas Morning News

Para el mundo ya no existe algo como la credibilidad estadounidense, sino una especie de extraño programa de telerrealidad en el que el protagonista zigzaguea entre crisis, con la esperanza de que lo que diga hoy resuelva el problema que generó lo que dijo ayer. El día antes de amenazar con destruir las plantas energéticas iraníes, Trump había afirmado que Estados Unidos evaluaba “reducir” sus operaciones militares contra Irán e insinuó que proteger el estrecho de Ormuz no era su problema, sino de otros países cuyos suministros pasan por allí. En otro momento, dijo que no necesitaba la ayuda de ningún otro país. Los empresarios solían criticar a administraciones anteriores por la incertidumbre en las políticas. Ahora hacen fila para elogiar a Trump mientras su espectáculo de caos sacude los mercados casi todas las semanas.

Trump se ha acostumbrado a jugar con el enorme poder de Estados Unidos, castigando a quienes no se someten y recompensando a quienes sí lo hacen. Al hacerlo, está dilapidando una credibilidad construida durante décadas para obtener beneficios de corto plazo —a veces incluso en favor de los intereses comerciales de su propia familia—. Pero en Irán parece haberse encontrado con un adversario que no está dispuesto a jugar según sus reglas.