WASHINGTON.– Tal vez la respuesta a la pregunta visceral sobre la guerra en Irán, “¿Y esto cómo termina?”, sea más simple de lo que pensamos: “No termina, ni ahora ni en largo tiempo”.
Seguramente pronto habrá algún tipo de alto el fuego: se reanudará el tráfico de buques petroleros por el estrecho de Ormuz, cesarán los bombardeos de los aviones B-52s y B-2s norteamericanos, e Irán y sus fuerzas delegadas dejarán de atacar con drones las ciudades del Golfo Pérsico. Teherán tal vez quiera regatear las condiciones del alto el fuego, pero de poco importará, porque sus capacidades militares han quedado mayormente destruidas, al menos por ahora…
El presidente Donald Trump declarará la victoria como lo hace siempre, incluso cuando pierde. El miércoles ya dijo “Hemos ganado”, aunque con una salvedad: “Tenemos que terminar el trabajo”. Pero esta podría ser una “victoria” como las que Israel declaró durante décadas tras las guerras con las que devastó a sus adversarios en Gaza y el Líbano: victorias militares que reflejan una abrumadora ventaja en potencia de fuego, pero que no derrotan al enemigo.
Si hay una lección que Estados Unidos e Israel deberían haber aprendido en las últimas décadas, es que el éxito militar no suele traducirse en un victoria política, ni en Gaza, ni en Afganistán, ni ahora en Irán. El adversario siempre vuelve. Los israelíes aprendieron que tienen que seguir “cortando el pasto”, la dura expresión que usan para describir el ciclo de violencia recurrente que vive su país. Estados Unidos, tras evitar durante 47 años un enfrentamiento directo con Irán, ahora puede quedar atrapado en un ciclo similar.
La guerra con Irán será un triunfo táctico a corto plazo, y todos los elogios al poderío militar sin parangón de Estados Unidos seguirán siendo ciertos. Si el conflicto termina mañana, Irán habrá perdido casi todas sus instalaciones nucleares y científicos, la mayoría de sus misiles y lanzamisiles, la mayor parte de sus fábricas de armas, la mayor parte de su armada y gran parte de la cúpula de mando y control de sus fuerzas militares y de sus agentes de inteligencia y de seguridad.
Pero el régimen sobrevive: resistió el mejor golpe que tenía para asestarle Estados Unidos y sigue en pie. Han perdido a varias generaciones de sus altos mandos militares, sus políticos y sus agentes de inteligencia, pero han sido reemplazadas por otras. Y tampoco hay señales de un levantamiento popular. Los cuadros de la Guardia Revolucionaria Islámica están escondidos bajos los escombros, pero no han sido eliminados.
Bienvenidos entonces a la República Islámica 2.0, que previsiblemente muy pronto será un Estado controlado por la Guardia Revolucionaria, que operará como una alianza corrupta pero pragmática con los intereses comerciales de Irán. La antigua teocracia se había quedado sin nafta. El líder supremo Ali Khamenei no tenía un sucesor claro tras la muerte de Ebrahim Raisi, su heredero predilecto, en un accidente de helicóptero en 2024, y su hijo, Mojtaba Khamenei, elegido la semana pasada, carece de carisma y autoridad religiosa, pero no de odio y deseo de venganza: en esta guerra ya perdió a su padre, a su esposa y a su hijo.
Quizás surja un manipulador astuto como el difunto expresidente Ali Akbar Hashemi Rafsanjani, que durante gran parte del mandato del anciano Khamenei ostentó el poder real, y encuentre el camino para llegar a Trump. Pero ese no es el futuro que desean los miles de valientes manifestantes que fueron asesinados a balazos en enero, cuando Trump les prometió acudir en su ayuda.
Ojalá en Irán fuera posible un “cambio de régimen”. Este gobierno nefasto solo trajo miseria para su pueblo y sus vecinos, y merece desaparecer. Sin embargo, a los expertos en inteligencia de Estados Unidos y de otros países que llevan décadas estudiando a los ayatollahs ese resultado les resulta difícil de imaginar. “No creo que logremos quebrar su determinación”, teme un alto funcionario de un país del Golfo que es acérrimo opositor al régimen. “Mientras sigan vivos va a intentar reconstruirse”.
De hecho, el profesor Mohammad Marandi, un iraní que defiende al régimen, publicó un desafiante video mientras caían las bombas: “Los iraníes continuarán la guerra hasta que Estados Unidos y Occidente reconozcan que atacar a Irán no es una opción. Ni ahora ni nunca. Por lo tanto, esta guerra no terminará hasta que el otro bando se rinda”.
¿Por qué el régimen sigue combatiendo? Porque líderes iraníes leen las estadísticas financieras y saben que Occidente es muy vulnerable a una guerra prolongada. También conocen el calendario electoral de Estados Unidos, donde las encuestas indican que se trata de una guerra impopular que apoya menos de la mitad de los norteamericanos, y con las elecciones de mitad de mandato a la vuelta de la esquina. Los iraníes incluso habrán escuchado al popular podcaster Joe Rogan, que suele apoyar a Trump, quien el martes afirmó que esta guerra era “una locura”.
Pero existe una razón más profunda para la persistencia de Irán, una característica de las guerras que Estados Unidos e Israel deberían haber aprendido hace mucho: a quien solo le quedan su orgullo y su dignidad seguirá luchando incluso ante un enemigo que puede aniquilarlo.
Es una persistencia misteriosa. Mientras bombardeaban Gaza con toneladas de municiones, ¿los generales israelíes no se preguntaron por qué Hamas no se rendía? El negociador de Trump para Irán, Steve Witkoff, dijo el mes pasado que el presidente no entendía por qué los iraníes no habían capitulado ante la amenaza de un ataque estadounidense, la misma pregunta que se hizo la generación anterior de norteamericanos sobre el Viet Cong y Vietnam del Norte.
Empecemos por reconocer lo obvio: un patrón claro de la guerra moderna es que los bombardeos “estratégicos”, diseñados para doblegar la voluntad popular, suelen ser contraproducentes. En lugar de rendirse, la gente se atrinchera en su postura y sigue luchando por una causa que parece perdida. Incluso bajo un gobierno nefasto como el régimen iraní, el orgullo nacional, la identidad y resistencia al control extranjero siguen existiendo.
Los planificadores de guerra de Trump parecen entender el peligro a largo plazo de envenenar a la opinión pública en Irán. Entienden que la mayoría de los iraníes desaprueban el régimen y desean un futuro mejor. Por eso, se dice que los norteamericanos le advirtieron a Israel que no atacara objetivos como instalaciones energéticas o la red eléctrica, que podrían dejar paralizado el país durante décadas.
Pero por cada recomendación sensata del Pentágono, hay un comentario como el del secretario de Defensa Pete Hegseth —“Los estamos pateando cuando están en el piso, que es exactamente como debe ser”—, como la absurda sugerencia de Trump de que fue un misil Tomahawk iraní el que destruyó una escuela de niñas. O aparece un informe que indican que las bombas norteamericanas han dañado valiosos sitios del patrimonio cultural iraní. Situaciones como esas abonan un profundo resentimiento en la gente.
¿Qué pasará ahora que Trump nos ha llevado hasta este límite?
Esta guerra ha alterado tanto el antiguo statu quo que es difícil hacer predicciones, pero me temo que una última y letal consecuencia podría ser un resurgimiento del terrorismo de Irán y sus simpatizantes. Quienes siguen de cerca Medio Oriente recuerdan a Septiembre Negro, la red terrorista secreta creada por la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) tras su aplastante derrota en Jordania en 1970. Las redes terroristas iraníes son mucho más letales que la OLP.
La maldición de cubrir Medio Oriente durante más de 45 años es esta sensación de que todo esto ya lo viví, y me remite a esta cita de las memorias de Kermit “Kim” Roosevelt Jr., el agente de la CIA y nieto del presidente Theodore Roosevelt que organizó el golpe de Estado de 1953 que llevó al poder de Irán al sha Reza Pahlevi, iniciando el ciclo de acción y reacción que el mundo aún experimenta.
“Si alguna vez volvemos a intentar algo así, debemos estar absolutamente seguros de que el pueblo y el ejército iraníes quieren lo mismo que nosotros. De lo contrario, mejor dejar que se encarguen de eso los Marines”. Tenía razón, excepto en lo referente a los Marines.
Algún día, de alguna manera, nacerá un nuevo Irán, pero solo el pueblo iraní puede darle vida. Empecemos a pensar ahora la manera de ayudarlos.
Traducción de Jaime Arrambide