¿Fin del orden de posguerra o reacomodamiento estratégico?

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LONDRES.- En el transcurso de una semana, la intervención de Venezuela, la amenaza de invadir a un miembro de la OTAN y la salida de los Estados Unidos de 66 organismos internacionales, han generalizado el sentimiento de que estamos frente al fin de una era en la política internacional. Columnas editoriales en los mayores periódicos del mundo se han pronunciado en este sentido y con buenos motivos.

Pero hay otra forma de interpretar el proceso actual, como una instancia histórica particular—de un fenómeno ya visto algunas veces desde la Segunda Guerra Mundial—en que Estados Unidos, viendo su primacía amenazada, suspende y rediseña el orden internacional mediante la coerción, para luego restituirlo. Algo similar, por ejemplo, ocurrió con Harry Truman y volvió a suceder con Richard Nixon, dos momentos en que los Estados Unidos creyeron perder su supremacía frente a la Unión Soviética. Con las particularidades del caso, la historia parece repetirse hoy frente al ascenso de China, ofreciendo un escenario alternativo.

Desde este punto de vista, la política exterior de Donald Trump encaja en un patrón histórico. Mirar menos al presente inmediato y observar esos dos momentos promete más calma al final de esta tormenta. En ambos casos, una vez acomodadas las piezas del tablero internacional a su favor, Washington volvió a su postura de hegemón benevolente. Pero no sin antes cercar a su adversario y realinear a sus aliados a través de amenazas y demostraciones de fuerza espectaculares.

El primer reflejo histórico es la estrategia de cerco geopolítico. Cuando Truman asumió la presidencia, Washington aún esperaba integrar a Moscú al orden de posguerra, pero esa expectativa se desvaneció rápidamente. Frente a una Unión Soviética que consolidaba su control sobre Berlín y Europa del Este, Truman respondió incrementando la tensión al máximo, con mayor presencia militar en Europa Occidental y el Este de Asia y creando una arquitectura de alianzas que culminaría cercando a Moscú con la OTAN, la Cento y la Seato. También en línea con la estrategia de contención promovida por el “Telegrama Largo” del diplomático George Kennan fue la reacción frente a la Revolución China en 1949. Truman defendió al régimen en la isla de Formosa y cuando el comunismo amenazó con expandirse a Corea, sorteó el Consejo de Seguridad para legitimar una intervención militar, coaccionando a sus aliados para apoyar una resolución de la Asamblea General contraria al texto de la Carta de las Naciones Unidas. Contenida la hemorragia comunista, Estados Unidos volvió a una postura de benevolencia y a respetar el orden basado en normas… al menos por un tiempo.

Nixon y Kissinger, durante el mandato del republicano

Las piezas de dominó comenzaron a caer de nuevo tras la Revolución Cubana y la Crisis de los Misiles, erosionando la hegemonía norteamericana en el hemisferio occidental e inspirando a movimientos revolucionarios en todo el globo. Richard Nixon fue electo con el mandato de acabar con la guerra en Vietnam y en los años en que la Unión Soviética alcanzaba la paridad estratégica nuclear. Entonces Nixon retomó la misma lógica dos décadas después, apoyando abiertamente golpes de estado en América Latina. El rediseño de la estrategia de contención recayó en manos del Asesor de Seguridad Nacional, Henry Kissinger, quien explotando las divisiones dentro del bloque comunista propuso una apertura a China. Materializada en 1972—impensable un año antes—la movida rediseñó el tablero internacional, logró forzar una detente entre Washington y Moscú y le permitió a Estados Unidos volver a enfocarse en la democracia y la cooperación en los años de Jimmy Carter.

Trump parece ensayar una versión contemporánea de estas maniobras de contención, con su disposición a acercarse a Rusia, y eliminar regímenes adversos en Siria y Venezuela—y posiblemente en Cuba e Irán—para volver a ganar ventaja.

La segunda regularidad es la disuasión a través de un uso espectacular de la fuerza. Harry Truman, enfrentando a una Unión Soviética con superioridad convencional en Europa—por su proximidad geográfica y número de tropas—combinó presencia militar masiva con una amenaza de represalias devastadoras. Como lo demuestra el artículo de Joshua Byun y Austin Carson publicado en el American Political Science Review con ocasión del 80 aniversario de Hiroshima y Nagasaki, la demostración nuclear de 1945 fue pensada para enviar un mensaje no solo Tokio, sino también a Moscú, de que el despliegue de tropas en Japón o Europa Occidental tendría costos intolerables. La amenaza velada del uso de la bomba atómica fue contante durante los años de Truman y blandida fervorosamente por el General MacArthur en la Guerra de Corea, hasta que el comunismo fue contenido.

El presidente estadounidense Harry S. Truman (centro), junto a Stalin y Winston ChurchillGetty Images

Nixon heredó un mundo más parecido al nuestro, gobernado por la lógica estratégica de la destrucción mutua asegurada y el tabú nuclear. Sin embargo, restituyó estas políticas temerariamente ordenando una serie de alertas nucleares, como la operación Giant Lance de 1969 en que bombarderos B-52 armados con armas nucleares volaron durante varios días cerca del espacio aéreo soviético y las fuerzas nucleares estadounidenses en todo el mundo elevaron su nivel de alistamiento. Nixon también puso a las fuerzas estratégicas de Estados Unidos en Defcon 3 durante la guerra de Yom Kipur en 1973, y filtró deliberadamente la idea de que podía recurrir a medidas nucleares para presionar a la Unión Soviética en Vietnam del Norte, mientras bombardeaba a Camboya para obtener mejores condiciones para Vietnam del Sur.

En el presente, las acciones militares en Irán y Venezuela, así como la amenaza sobre Groenlandia, presentan paralelismos con estos casos de disuasión militar. Al menos Trump ya no amenaza con usar su capacidad nuclear como en su primer mandato.

El tercer componente es el económico, y aquí el paralelismo histórico es particularmente interesante. Truman impulsó el Plan Marshall no solo para reconstruir Europa, sino para consolidar una esfera económica occidental bajo liderazgo estadounidense. Stalin había recibido ayuda económica durante toda la guerra, y obviamente la necesitaba, pero a diferencia de los europeos, estimó la contrapartida demasiado costosa y fue excluido. La amenaza de retirar apoyo militar y ayuda económica disciplinó a aliados como el Reino Unido y Francia, obligándolos a aceptar la primacía del dólar y a abandonar sus ambiciones imperiales.

El llamado Nixon Shock de 1971 revivió esta lógica momentáneamente, cuando muchos votantes republicanos veían colapsar su industria y reclamaban un rebalanceo del comercio internacional. Al suspender unilateralmente la convertibilidad del dólar al oro e imponer aranceles a las importaciones, Nixon golpeó de lleno a aliados clave como Japón y Alemania Occidental. El mensaje fue inequívoco: la estabilidad del sistema estaba subordinada a los intereses estratégicos de Washington: los aliados tienen que pagar más. El Acuerdo Smithsoniano de diciembre de 1971 eliminó el recargo del 10% a Tokio y Bonn, que aceptaron revaluar sus monedas, mientras otras economías bajo similares amenazas ajustaron sus tipos de cambio dentro de una banda más amplia.

El cuarto eje es la apariencia de locura. Truman fue percibido por contemporáneos como imprevisible y excesivo—por ejemplo, por haber utilizado la bomba atómica sin advertencia previa o intervenir en Corea—al punto que lo apodaban “la mula de Missouri”. Nixon llevó esa lógica a un plano consciente con su “Madman Theory”, buscando convencer a adversarios y aliados de que podía escalar hasta el extremo si era necesario.

Trump se inscribe claramente en esta tradición. Sus estallidos retóricos, gestos teatrales y cambios abruptos dificultan la planificación del adversario y vuelven sus amenazas más creíbles. Como ocurrió con Truman y Nixon, no es necesario que la irracionalidad sea total: basta con que sea plausible.

Vista desde esta perspectiva, la política exterior de Trump no representa una ruptura radical, sino una reactivación de un reflejo histórico. Cuando la primacía se percibe amenazada, Washington tiende a cercar al rival, reforzar la disuasión, disciplinar económicamente y explotar la incertidumbre.

La historia no se repite de manera exacta, pero rima. Si Truman sentó las bases de la Guerra Fría y Nixon reordenó sus reglas inaugurando la llamada fase de distención o détente, Trump puede significar algo similar frente a China: un intento de asegurar la ventaja antes de que el equilibrio de poder se incline de forma irreversible.

La incógnita es qué río está cruzando Washington esta vez: si el Rubicón o el Aqueronte.