¿Los presidentes sudamericanos dejaron de tener luna de miel? Los niveles de desaprobación y las movilizaciones sociales se volvieron desafíos recurrentes para los mandatarios de la región en los últimos años, pero los tres presidentes que asumieron en los últimos meses casi no tuvieron tiempo de empezar.
Para el chileno José Antonio Kast, el boliviano Rodrigo Paz y el uruguayo Yamandú Orsi el comienzo de sus mandatos se volvió cuesta arriba, afectados por una combinación de expectativas desmedidas, fragmentación política, demandas sociales acumuladas y un contexto internacional cada vez más volátil e impredecible.
“Hacer campaña y levantar expectativas para cambios rápidos y significativos es más fácil que enfrentar realidades, gobernar y satisfacer expectativas”, dice a LA NACION Michael Shifter, de Diálogo Interamericano.
El analista político Ignacio Labaqui coincide en que existe un clima regional de “impaciencia ciudadana” que atraviesa gobiernos de distinto signo político. “Cada uno de estos países enfrenta distintos tipos de problemas —inseguridad, empleo, bajo crecimiento, pobreza— y hay electorados cada vez menos pacientes”, explica.
A los casos de Kast y Paz se suma también que fueron candidatos que ganaron balotajes después de haber quedado segundos en las primeras vueltas. “Asumen con niveles de aprobación altos, pero después, en algunos casos más rápidamente en otros de forma más gradual, revierten a su base de apoyo original”, completa Labaqui, que agrega que ninguno de estos mandatarios cuenta con mayorías legislativas.
La guerra de Irán y el consecuente aumento del precio del petróleo también complicó los planes de los tres mandatarios por igual, un desgaste que no distingue ideologías. Eso relativiza narrativas como las del colombiano Gustavo Petro que intenta presentar las dificultades de Kast y Paz como evidencia del fracaso de una “ola conservadora” en la región.
En el otro extremo ideológico, Orsi enfrenta problemas similares. Y lo mismo puede decirse de Javier Milei y Lula da Silva, dos referentes de signos políticos opuestos más avanzados en sus mandatos, que este año han renegado con sus niveles de aprobación.
Hasta aquí los puntos comunes. Pero antes de entrar en cada caso, Shifter marca una diferencia clave: mientras el desgaste de Kast y Orsi no pone en riesgo la institucionalidad democrática de Chile y Uruguay, la situación es más grave en Bolivia. “En ese país la estabilidad del sistema político está en juego”, advierte.
Kast asumió hace poco más de 70 días con una propuesta clara: poner orden en Chile después de los años convulsionados que siguieron al estallido social, pero la aprobación de su gestión se derrumbó en un tiempo récord.
Para el analista Cristóbal Bellolio, el fenómeno responde a la creciente fragmentación electoral de la región. “Hoy casi todos los presidentes ganan con votos prestados”, explica. En el caso de Kast, recuerda, obtuvo apenas uno de cada cuatro votos en primera vuelta y recién en el balotaje logró construir la mayoría que lo llevó al poder sumando apoyos de otros sectores de derecha.
“Te eligieron porque eras lo menos malo en una contienda con algo peor, no realmente porque compartan tu proyecto político”, señala Bellolio. El resultado es una relación “transaccional” con el gobierno: votantes con “poca paciencia y baja tolerancia a la frustración”, dispuestos a retirar rápidamente su respaldo si las promesas no se cumplen.
“El verdadero compromiso se revela en la votación de primera vuelta, y hoy en muchos países latinoamericanos ese voto apenas llega al 25%”, remarca Bellolio.
Esa sensación de votos prestados quedó rápidamente al descubierto. Kast llegó al poder prometiendo orden, alivio económico y mano dura contra la inmigración ilegal, pero el impacto de la guerra en Irán le alteró todos los planes.
“El gran golpe que recibe el gobierno de Kast es tener que comunicarles a los chilenos, apenas iniciado el mandato, que van a pagar más por el combustible”, dice Bellolio.
A eso se sumó el problema de la seguridad, eje central de su campaña presidencial. En la renovación de gabinete más temprana desde el regreso de la democracia, Kast removió esta semana a su ministra de Seguridad por la falta de resultados. Según Bellolio, muchos votantes sintieron que el gobierno no estaba cumpliendo lo prometido. “El propio presidente Kast dijo que la promesa de expulsar a los inmigrantes ilegales era una metáfora, no algo literal. Y mucha gente tiene derecho a sentirse un poco estafada”, afirma.
Con el beneficio de no tener elecciones intermedias que puedan minar su poder como le pasó a Gabriel Boric, el presidente chileno apuesta ahora a resistir el costo político inicial con la expectativa de que sus reformas económicas produzcan resultados más adelante.
“Apuesta a que al principio hay que tomar decisiones impopulares que muestren carácter y que, hacia el final, el panorama económico mejore, las noticias sobre seguridad sean más auspiciosas y la gente termine valorando esa muestra de carácter”, concluye Bellolio.
A diferencia de Kast, que a lo largo de la campaña era visto como favorito, Rodrigo Paz apareció como una sorpresa que irrumpió en la primera vuelta. Su desafío era inmenso: poner fin a los 20 años de socialismo que dejaron un descalabro económico. Como Milei, Paz le dijo al electorado que un fuerte ajuste era tan doloroso como necesario.
El plan que fue avalado por los votos encontró pronto la resistencia de sindicatos y movimientos sociales, lo que dio lugar a una crisis política abierta con protestas, bloqueos y pedidos de renuncia presidencial apenas meses después de la asunción.
Para el analista boliviano Carlos Cordero, el problema excede la economía o el malestar social. Según su lectura, Bolivia enfrenta una dificultad más profunda vinculada a la aceptación de la alternancia democrática.
“En Bolivia, en el siglo XXI, no es suficiente ganar elecciones”, sostiene. “Es imprescindible contar con el consentimiento de los perdedores y de las minorías políticas”. Aunque Paz ganó el balotaje de 2025 y el oficialismo volvió a imponerse en las elecciones municipales de este año, sectores ligados al Movimiento al Socialismo (MAS) regresaron a las calles para desconocer el nuevo escenario político.
“Los movimientos sociales, el MAS y el expresidente Evo Morales, no son verdaderamente democráticos. No admiten la alternabilidad en el poder ni la pluralidad ni el respeto a la diferencia y disidencia, menos a los principios y procedimientos democráticos”, sentencia.
La crisis se aceleró después de protestas iniciadas contra una ley de tierras que finalmente fue derogada por el gobierno. Sin embargo, aun después de esa concesión, las movilizaciones escalaron hacia un reclamo más amplio contra el presidente y pedidos de elecciones anticipadas.
Cordero interpreta esa dinámica como parte de una cultura política que todavía no termina de aceptar plenamente la alternancia en el poder. “La democracia también exige ser buenos perdedores”, afirma.
En ese contexto, Paz enfrentó fuertes presiones para endurecer la respuesta estatal y declarar medidas de excepción. Pero optó por sostener una estrategia de diálogo y negociación. “Muchos lo ven como un acto de debilidad. Sin embargo, yo lo veo como una hábil respuesta”, dice Cordero. “Lo fácil es caer en los brazos del autoritarismo estatal”.
Según el analista, la decisión evitó que el conflicto derivara en una escalada mayor y permitió que parte de la opinión pública comenzara a alinearse en defensa del orden democrático. Sin embargo, el episodio volvió a mostrar la fragilidad institucional. “En Bolivia todavía estamos muy rezagados respecto de otras democracias en América Latina”, concluye Cordero.
Si Bolivia es sinónimo de fragilidad democrática, Uruguay es el contraejemplo. Un país elogiado por la estabilidad de su sistema político, considerado la única “democracia plena” de América del Sur según el índice de The Economist.
Orsi volvió a llevar a la izquierda al poder en marzo del año pasado, después del paréntesis conservador de Luis Lacalle Pou, en una transición sin sobresaltos ni volantazos, pero mostró señales tempranas de desgaste y un año después su nivel de aprobación encendió alarmas en el gobierno. El propio Orsi reconoció esta semana que se le encendió una “luz anaranjada”.
A diferencia de Chile o Bolivia, el deterioro no se expresó en protestas masivas ni en crisis políticas abiertas. El problema es más silencioso, una acumulación gradual de frustraciones en un electorado que había depositado expectativas muy altas en el regreso del Frente Amplio al poder.
Para Eduardo Bottinelli, director de la encuestadora Factum, la caída en la aprobación presidencial responde a un fenómeno “multicausal”. Uno de los factores centrales, sostiene, es un clima social compartido con buena parte de Occidente: “una necesidad imperiosa de resultados inmediatos y la búsqueda del cambio casi como una constante”.
En Uruguay el peso de las expectativas tuvo un rol particularmente importante. Antes de la asunción, amplios sectores de la población esperaban mejoras rápidas en empleo, ingresos, educación, pobreza y seguridad. “Estas altas expectativas estaban fuertemente ancladas en el recuerdo de los primeros gobiernos frenteamplistas, pero también en cinco años de una oposición que señaló errores y prometió, tácitamente, que con ellos en el poder la situación sería distinta”, apunta Bottinelli.
Sin embargo, el comienzo de gobierno coincidió con una coyuntura internacional adversa y un escenario económico que limitaron la posibilidad de mostrar resultados rápidos. “Sin señales concretas desde el Poder Ejecutivo, este combo negativo alimenta una percepción pública convergente”, explica el analista.
A ese contexto se sumó una oposición que “jugó fuerte” con una estrategia de desgaste contra el gobierno. Bottinelli sostiene que el electorado de los partidos de la llamada Coalición Republicana abandonó rápidamente la “carta de crédito” inicial que le había dado al presidente y se alineó con esta visión negativa del gobierno.
La situación ahora es incluso más delicada porque el descontento empezó a filtrarse en su propia base de votantes. “Si hay gente que no está conforme es porque algo no está saliendo bien”, admitió el propio Orsi el martes pasado.
Una sana autocrítica y también un mensaje a los candidatos que en las próximas semanas competirán en Colombia, Perú y Brasil, sobre cómo las grandes promesas que ayudan a ganar elecciones pueden volverse en contra más rápido de lo que piensan.