Xi Jinping le transmitió un mensaje a Trump: ¿China ya es tan poderosa como EE.UU.?

0


Sobre el final de la visita a Pekín, Xi Jinping llevó a Donald Trump a los jardines secretos de Zhongnanhai, un antiguo sitio imperial que hoy es epicentro del poder del régimen comunista. Mientras caminaban bajo la sombra de árboles milenarios, un micrófono abierto captó una pregunta de Trump: “¿Recibe a muchos líderes aquí?”. Xi, con la calma de alguien que cree que el tiempo juega a su favor, le respondió: “Muy raramente… Putin ha estado aquí”.

A Trump le gusta sentirse especial y Xi lo sabe. Pero la pompa con la que Pekín recibió al presidente norteamericano, que hasta incluyó una interpretación del clásico trumpista YMCA en el aeropuerto, no estaba solo destinada a halagar a su visitante. Con sus coreografías diplomáticas China transmite mensajes, y esta vez quiso demostrarle al mundo que, a diferencia de la anterior visita de 2017, era un encuentro de iguales.

Xi le muestra a Trump los antiguos árboles del jardín secretoLi Xiang – XinHua

“Xi logró algo por lo que los líderes chinos han estado trabajando durante décadas: traer a un presidente estadounidense a Pekín como un par indiscutido”, sintetizó a The Washington Post, Julian Gewirtz, exfuncionario del Consejo de Seguridad Nacional norteamericano para China.

Desde Taiwán hasta el comercio y la IA, pasando por un largó etcétera, la cumbre dejó para el futuro la resolución de los principales fuentes de conflicto, algo considerado una buena noticia para analistas que temían que Trump hiciera concesiones por llegar en un momento de fragilidad. Pero sirvió para mostrara cómo los líderes de las dos superpotencias miran su relación bilateral. Trump dejó atrás su enfoque hostil y volvió a hablar ante los periodistas de un “G-2”, mientras que Xi intentó instalar la idea de una fase de “estabilidad estratégica constructiva”.

“Son los dos grandes países. Yo lo llamo el G-2. Este es el G-2”, dijo Trump en una entrevista con Fox News cuando todavía estaba en Pekín. Un concepto que se ajusta a su rechazo de la diplomacia multilateral. Las grandes potencias resuelven sus problemas cara a cara y el resto del mundo mira de afuera. Una lógica centrada en resultados inmediatos: compras de aviones Boeing, exportaciones de soja o “acuerdos comerciales fantásticos”, como festejó Trump en el vuelo que lo llevaba de regreso a Washington.

La despedida de TrumpBRENDAN SMIALOWSKI – AFP

A Xi Jinping la idea del G-2 no le entusiasma, porque excluye a aliados de peso que quiere mantener cerca como Rusia (este martes ya recibirá una visita de Putin) . En cambio, la agencia estatal Xinhua publicó que el nuevo concepto que rige las relaciones es la “estabilidad estratégica constructiva”. ¿De qué se trata? Es una apuesta a ciertos niveles de cooperación para encauzar la rivalidad dentro de márgenes previsibles que eviten una escalada abierta. Xi no piensa en resolver conflictos sino en manejarlos para ganar tiempo.

En una columna publicada en The New York Times, Gewirtz sostiene que esta forma de ver la relación se inscribe en una tradición de pensamiento estratégico que remite a Mao y su ensayo “Sobre la guerra prolongada”. Según ese enfoque, los conflictos entre potencias no avanzan de manera lineal, sino a través de etapas sucesivas en las que el objetivo no es resolver la disputa, sino sostenerla y administrarla mientras cambian las condiciones de poder.

En esa visión, la estabilidad no es una distensión real, sino una estrategia para acumular ventajas relativas dentro de una carrera a largo plazo. En otras palabras, fortalecerse mientras Estados Unidos enfrenta un escenario de desgaste en distintos frentes.

Dentro de ese contexto se enmarca la frase de Xi que más debate generó entre analistas y especialistas. Sin cambiar su expresión ni alterar su tono monocorde, Xi alertó sobre el riesgo de que los dos países caigan en la “trampa de Tucídides”, la teoría que desde hace años debaten especialistas basada en Atenas y Esparta que afirma que la guerra entre una potencia emergente y otra dominante puede ser inevitable.

Xi, durante el brindis en el banquete de EstadoMark Schiefelbein – AP

La apelación a la “trampa de Tucídides”, popularizada por Graham Allison en Harvard, pareció querer reforzar como un hecho dado la imagen de una China que ya discute de igual a igual con Estados Unidos. El efecto fue casi inmediato, al punto de que muchos se preguntaban por qué Trump no reaccionó cuando le estaban diciendo en la cara que su país era una potencia en declive. La explicación del magnate finalmente llegó en formato de Truth Social: Xi se estaba refiriendo a que el periodo de declive ocurrió durante la administración de Joe Biden, pero que bajo su mandato se estaba recuperando.

Otros fueron más asertivos al presentar el planteo de Xi Jinping como un falso dilema. Un editorial de The Wall Street Journal rechazó la analogía de Tucídides y sostuvo que una eventual guerra por Taiwán no sería consecuencia de la desconfianza mutua, sino una decisión deliberada de Pekín.

El diario neoyorquino también cuestionó la idea de una China encaminada de manera inevitable hacia la supremacía global. El país comunista enfrenta problemas estructurales propios: una economía demasiado dependiente de las exportaciones, una población que envejece rápidamente y unas fuerzas armadas sin experiencia de combate real en décadas. “Xi podría caer en su propia trampa si cree que Estados Unidos realmente está en suficiente declive como para que China se arriesgue a una guerra”, concluyó el texto.

Los líderes en ZhongnanhaiEvan Vucci – Pool Reuters

Y el especialista en riesgo global Ian Bremmer planteó que la dinámica actual no encaja del todo en la “trampa de Tucídides”. Según el analista, el mundo atraviesa más bien un escenario en el que Estados Unidos se retrae parcialmente de su papel tradicional de liderazgo global sin que exista otra potencia capaz de reemplazarlo de manera ordenada. En ese vacío, ni China ni las potencias intermedias lograron construir una arquitectura internacional alternativa suficientemente estable, lo que da lugar a un escenario global cada vez más fragmentado.

Mientras Trump elogiaba las rosas del jardín secreto y Xi prometía enviarle semillas a la Casa Blanca, flotaba la misma pregunta que se repite cada vez que se juntan: ¿cuánto falta para que China iguale el poder de Estados Unidos?

Trump elogió las rosas y Xi prometió enviarle semillasMARK SCHIEFELBEIN – POOL

La respuesta es casi siempre la misma: la primacía de Estados Unidos como orden global establecido desde la posguerra sigue siendo absoluta, pero China está recortando esa ventaja a un ritmo exponencial. Y, mientras la disputa sigue incorporando nuevas carreras como la IA o la espacial, Estados Unidos pierde terreno en dos grandes ventajas que mantiene desde la Guerra Fría: su sistema de alianzas internacionales y su superioridad militar.

China no tiene nada parecido a la OTAN, un bloque que Trump parece empecinado en dinamitar. La guerra en Irán no hizo más que intensificar las diferencias dentro de la alianza con los países europeos, y además abrió dudas en los aliados de la Casa Blanca en otras regiones, como Asia y Medio Oriente.

Trump y Xi frente al Gran Salón del Pueblo
KENNY HOLSTON – NYTNS

En ese contexto, varios líderes de países aliados, entre ellos europeos y de Canadá, desfilaron en los últimos meses por Pekín, en un intento por adaptarse a la guerra comercial librada desde Washington. China apuesta a aprovechar esa cuña y busca proyectar una imagen de estabilidad y continuidad, presentándose como un interlocutor económico más confiable que Washington, incluso para países que siguen siendo aliados centrales de Estados Unidos.

En plano militar Estados Unidos no tiene rival, pero China lo obliga a no descuidarse. Un informe publicado esta semana por la corporación RAND sobre la evolución de las capacidades militares de Estados Unidos y China entre 2017 y 2024 describe una convergencia acelerada en áreas clave del poder de combate, especialmente en escenarios vinculados a Taiwán.

El estudio señala que China no solo amplió su arsenal, sino que incrementó de manera significativa su capacidad de proyección regional. Su inventario de misiles de alcance medio e intermedio creció de forma sustancial en pocos años, aumentando su capacidad de presión sobre bases militares en el Indo-Pacífico.

En paralelo, Pekín consolidó una fuerza aérea de quinta generación plenamente operativa, mientras ampliaba sistemas de defensa aérea y capacidades de ataque de precisión. También reforzó su arquitectura de vigilancia y ataque naval, aumentando su capacidad de detectar y hostigar movimientos de flotas estadounidenses en la región.

Uno de los puntos más sensibles del informe es la capacidad de transporte marítimo, donde China más que triplicó su potencial logístico entre 2017 y 2024. Según RAND, este cambio altera el tipo de escenarios posibles en caso de conflicto, incluyendo la posibilidad de concentrar fuerzas en una fase inicial de operación sobre Taiwán.

El resultado, según dice el informe, es que China se ha convertido en el “competidor militar más formidable en casi todas las dimensiones relevantes del poder convencional frente a Estados Unidos”. Al mismo tiempo, para algunos analistas el estancamiento del conflicto en Irán mostró los límites de la capacidad de uso de la fuerza a nivel global que durante décadas parecía incuestionable.

Una última imagen graficó el clima de la visita. La periodista Emily Goodin, del New York Post, relató cómo vio antes de abordar el Air Force One cómo el personal norteamericano guardaba en una caja todos los objetos entregados por la delegación china durante el encuentro (credenciales, teléfonos, pins) antes de subir al avión para ser desechado. La desconfianza no se disuelve solo con semillas de rosas.