WASHINGTON.– Por segunda vez en un año, Estados Unidos recibió una dosis de humildad de adversarios que supieron usar como arma su control sobre las grandes arterias de la economía global.
Primero fue China, que hizo valer su predominio en la extracción de tierras raras para asegurarse una tregua en la guerra comercial que lanzó el presidente Trump. Y después Irán, que con el cierre efectivo del estrecho de Ormuz tiene de rehén a los mercados energéticos del mundo y obligó a Estados Unidos e Israel a establecer un alto el fuego de seis semanas.
Durante mucho tiempo, el cuasi monopolio de este tipo de guerra económica lo tenía Washington, que castigaba a las naciones díscolas impidiéndoles usar el dólar o acceder a las maravillas tecnológicas de Silicon Valley.
Pero a medida que la fe en la integración económica global se desmoronaba, en medio de la pandemia, la invasión rusa de Ucrania y el deterioro de las relaciones entre Estados Unidos y China, el resto de los países empezaron a ver cada vez más los vínculos comerciales como posibles armas de presión. En respuesta a esa tendencia, Estados Unidos, China y Europa están reforzando sus defensas económicas: redoblaron la inversión en la producción nacional de bienes esenciales.
“La economía global fue diseñada para el entorno favorable de la década de 1990, cuando dábamos por sentado que China y Rusia serían nuestros aliados, pero esta es una época de creciente competencia geopolítica”, sostiene Edward Fishman, autor de Chokepoints, una historia de la estrategia de guerra económica de Estados Unidos. “Y es un proceso que continuará hasta que queda configurada una nueva economía global”, agrega.
La explotación de la dependencia económica no es cosa nueva. El embargo petrolero árabe de 1973, que sumió a Estados Unidos en un episodio de estanflación, recesión y alta inflación, es apenas un ejemplo. Pero la economía global actual da muchas más oportunidades para aprovechar los vínculos comerciales con fines estratégicos: hoy el porcentaje del comercio internacional en la producción total mundial duplica el de 1973.
El presidente de “Estados Unidos Primero”, que critica la globalización porque supuestamente le roba puestos de trabajo y riqueza a Estados Unidos, suele hablar como si su país viviera en un plano aparte. A principios de este año, sostuvo que los estadounidenses “no necesitan nada” de Canadá, el segundo mayor proveedor de bienes importados de su país. Y se jacta de la “independencia energética” de Estados Unidos, aunque depende de la importación de varios productos petrolíferos, incluida una pequeña cantidad que transita por Ormuz.
Algunos de los principales asesores de Trump ven peligro en los lazos comerciales que florecieron tras el fin de la Guerra Fría, especialmente los que dejaron a Estados Unidos dependiente de China, su principal rival geopolítico. El secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, ha expresado públicamente su preocupación de que la influencia económica de otros países pueda “restringir nuestra capacidad para formular política exterior” si Estados Unidos no diversifica sus cadenas de suministro. El año pasado, Rubio dijo en un discurso que “no hay casi ninguna industria de vanguardia del siglo XXI en la que no seamos vulnerables en algún grado, y esa es una de las máximas prioridades geopolíticas que enfrentamos actualmente”.
Sin embargo, Estados Unidos ha tenido dificultades para adaptarse al cambio de panorama. En sus dos mandatos Trump ha sido adicto a las sanciones financieras dirigidas a países, individuos y empresas. En 2018 reimpuso las sanciones contra Irán y al año siguiente le aplicó una política de “máxima presión” a Venezuela y le impuso sanciones a varias entidades chinas.
En este segundo mandato, aumentó las sanciones contra Irán, amplió los controles de exportación hasta abarcar a unas 20.000 empresas chinas y reforzó los controles sobre las exportaciones a China de equipos avanzados norteamericanos para la fabricación de chips y motores a reacción.
Pero la Casa Blanca estaba desprevenida cuando otros países empezaron a usar sus ventajas económicas como arma. En abril pasado, cuando en represalia por los aranceles China prohibió las exportaciones a Estados Unidos de materiales de tierras raras –ingredientes críticos en productos civiles y militares–, Trump calificó la medida de Pekín como “una verdadera sorpresa”.
Lo mismo pasó con el estrecho de Ormuz: cuando Irán lo cerró, Estados Unidos pareció no tener respuesta. Ante la reticencia de las navieras a desafiar las amenazas de Irán, los mercados petroleros se desplomaron, el precio de la nafta en los surtidores de Estados Unidos se acerca a 1,20 dólares por litro, y las economías asiáticas que dependen de las importaciones de petróleo se vieron seriamente afectadas.
Si a Estados Unidos lo agarraron desprevenido, tal vez se deba a que antes de la guerra el Departamento del Tesoro no analizó las posibles consecuencias del conflicto en el mercado energético, según señaló en una carta el senador Ron Wyden de Oregón, el demócrata de mayor rango de la Comisión de Finanzas del Senado y un frecuente crítico de la actual administración.
Sriprakash Kothari, candidato al cargo de subsecretario del Tesoro para la Política Económica, confirmó ante el personal de la Comisión senatorial que “previo a la guerra no solo no realizó ningún trabajo relacionado con los mercados energéticos, sino que desconocía que alguien en el Tesoro lo hubiera hecho”, le escribió Wyden al secretario del Tesoro, Scott Bessent, en una carta del 9 de abril.
El Departamento del Tesoro no respondió a la solicitud de comentarios.
“Resulta que Estados Unidos no controla todos los puntos de estrangulamiento del planeta. Vivimos en un mundo donde Estados Unidos simplemente no puede salirse con la suya en todo lo que pensaba”, sostiene Henry Farrell, coautor de Underground Empire (“Imperio subterráneo”), un libro sobre guerra económica.
El viernes, el presidente se burló de la capacidad de Irán para mantener la asfixia comercial global y minimizó la convulsión económica mundial que ha desatado. “Los iraníes no parecen darse cuenta de que no tienen más opciones que extorsionar al mundo a corto plazo mediante el uso de las vías marítimas internacionales”, escribió Trump en la red social Truth Social.
Sin embargo, incluso después del establecimiento de un frágil alto el fuego, al oeste del estrecho, en el Golfo Pérsico, permanecían varadas alrededor de 3200 embarcaciones, incluyendo 800 petroleros y cargueros, según cifras de Windward, una empresa de datos de inteligencia marítima con sede en Londres.
Irán permite el paso de un número reducido de embarcaciones, siempre y cuando paguen un peaje y provengan de países no hostiles. Las autoridades iraníes, en efecto, actúan como los patovicas de la discoteca de moda: algunos afortunados cruzan el umbral, y otros quedan atrapados y frustrados.
“El verdadero poder del estrecho de Ormuz no está en bloquearlo, sino en usarlo para controlar el flujo. Lo que Irán está demostrando es que el verdadero poder que ejerce es el de controlar quién pasa y quién no”, señala Nicholas Mulder, experto en sanciones y profesor de historia en la Universidad de Cornell.
El control que Irán mantiene sobre el estrecho no solo hizo dispararse el precio de la nafta y el diésel que pagan los norteamericanos, sino que ya empieza a repercutir en los precios de los colchones, los fertilizantes, el aluminio, los plásticos y frutas y verduras.
En Fresh Del Monte, una empresa productora de frutas y verduras en Coral Gables, Florida, su presidente y director de operaciones, Mohammed Abbas, enfrenta una ola de trastornos derivados de la guerra en el estrecho. El aumento de aproximadamente un tercio en los precios del petróleo desde el inicio del conflicto eleva prácticamente todos los costos de su actividad.
“El aumento del 30% de los combustibles de las últimas seis o siete semanas se traduce directamente en un aumento porcentual del costo de todo lo que afecta”, apunta Abbas. “Creo que los consumidores norteamericanos todavía no terminaron de darse cuenta del impacto que tendrá esta guerra”, agrega.
Las fábricas producen las cajas de cartón para las frutas de Fresh Del Monte consumen una enorme cantidad de combustible. Las bolsas de plástico al vacío que protegen la fruta durante el transporte están hechas de una resina producida por SABIC, una de las mayores empresas químicas del mundo, con sede en Arabia Saudita.
Hace unos días, una oleada de misiles y drones iraníes bombardeó las instalaciones de esa empresa en la Ciudad Industrial de Jubail. Ahora, dice Abbas, puede pasar un año entero hasta que la planta vuelva a operar con normalidad. Mientras tanto, las bolsas fabricadas con la resina, ahora escasa, serán más caras.
Y los camiones que transportan la madera a la fábrica de papel y llevan el cartón y el plástico a los puertos funcionan con diésel, cuyo precio en Estados Unidos está cerca de un máximo histórico.
El panorama a futuro que vislumbra Abbas es cada vez más sombrío: inflación galopante y desaceleración económica, escasez de alimentos en el mundo en desarrollo y problemas económicos que persistirán mucho después del cese de las hostilidades.
Suponiendo que la guerra continúe, dice Abbas, en Estados Unidos los consumidores experimentarán un significativo aumento en los precios de los productos agrícolas, y la crisis a nivel global será probablemente aún más grave que la pandemia o las consecuencias de la invasión rusa de Ucrania.
“No creo que hayamos visto nada de esta magnitud desde la Gran Depresión”, dice el empresario. “Y cuanto más dure la guerra, peor será la situación”, agrega.
El efecto rebote del uso de armas económicas ya está provocando una respuesta. Mas allá de las negociaciones que puedan darse con Irán, las naciones que dependen del estrecho de Ormuz ya están elaborando planes para reducir su vulnerabilidad ante un futuro bloqueo.
En Corea del Sur, el presidente Lee Jae Myung impulsa la inversión en energías renovables, y según informó este mes el diario Financial Times, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos se cuentan entre los países que están barajando propuestas multimillonarias para la construcción o ampliación de oleoductos que les permitan sortear el estrecho.
“El problema de recurrir a la economía como arma es que se va volviendo lentamente inviable desde el primer uso”, dice Jon Lang, director de relaciones económicas internacionales durante el primer mandato de Trump.
Traducción de Jaime Arrembide