En la segunda mitad del siglo XX, la carrera por desarrollar armas nucleares ocupó a algunas de las mentes más brillantes de Estados Unidos y la Unión Soviética. Ahora, Estados Unidos se encuentra inmerso en una carrera de otro tipo con un adversario diferente: China. El objetivo es dominar la tecnología, específicamente la inteligencia artificial (IA).
Es una batalla que se libra en laboratorios de investigación, campus universitarios y oficinas de empresas emergentes de vanguardia, bajo la atenta mirada de los líderes de algunas de las compañías más ricas del mundo y de las más altas esferas del gobierno. El costo asciende a billones de dólares estadounidenses.
Cada bando tiene sus puntos fuertes, algo que Nick Wright, investigador de neurociencia cognitiva en la Universidad de Londres (UCL), resume acertadamente como la batalla entre “cerebros” y “cuerpos”. Tradicionalmente, Estados Unidos lideró el campo de la IA: el mundo de los chatbots, los microchips y los Grandes Modelos de Lenguaje (LLM).
China fue superior en el desarrollo de “cuerpos” de IA: robots (y, en particular, robots “humanoides” que se parecen asombrosamente a las personas). Pero ahora, con ambas partes ansiosas por evitar que su rival domine, esas ventajas podrían no durar para siempre, y la carrera podría transformarse aún más en los próximos años.
La batalla por el dominio de los Grandes Modelos de Lenguaje (LLM)
El 30 de noviembre de 2022, la empresa tecnológica californiana OpenAI lanzó su nuevo chatbot. En un comunicado de seis frases, la compañía anunció que había entrenado un nuevo modelo “que interactúa de forma conversacional”. Se llamaba ChatGPT. Inmediatamente, el mundo tecnológico quedó deslumbrado.
“Podías entrar en cualquier red social y encontrar una avalancha de publicaciones de personas hablando de las diferentes maneras en que usaban este nuevo cuadro de texto que había aparecido en internet”, afirma Parmy Olson, columnista de Bloomberg y autora de Supremacy: AI, ChatGPT, and the race that will change the world. Fue el nacimiento del primer Gran Modelo de Lenguaje (LLM) de uso generalizado.
Un LLM analiza grandes cantidades de texto y datos que ya existen en internet y los utiliza para aprender patrones en la forma en que se expresan las ideas. Ahora, los expertos coinciden en que, en lo que respecta a los llamados “cerebros” de IA, Estados Unidos lleva la delantera.
OpenAI afirma que más de 900 millones de personas usan ChatGPT semanalmente, casi una de cada ocho personas en el planeta. Otras empresas tecnológicas estadounidenses, como Anthropic, Google y Perplexity, se apresuraron a seguirles el ritmo, invirtiendo miles de millones de dólares en la creación de sistemas LLM rivales.
Estas empresas de IA saben que, si lo hacen bien, los sistemas LLM pueden empezar a asumir muchas de las funciones que actualmente desempeñan los humanos en las profesiones de cuello blanco, y que ese éxito comercial se traduce en grandes beneficios.
Pero en Washington también se plantean otra cuestión: ¿cómo afectará todo esto a la carrera de Estados Unidos con China por la supremacía global?
Según un alto funcionario estadounidense que habló con la BBC, la clave de la ventaja estratégica de Estados Unidos reside menos en la extraordinaria programación algorítmica y más en el hardware que impulsa la inmensa capacidad de procesamiento: en particular, los microchips.
En pocas palabras, la mayoría de los chips informáticos de alta gama y gran potencia del mundo —los que utilizan las empresas de Silicon Valley para impulsar la creación de máquinas de aprendizaje automático— están controlados por Estados Unidos. De hecho, la mayoría de ellos son diseñados por una empresa con sede en California: Nvidia.
En octubre, Nvidia se convirtió en la primera empresa del mundo en alcanzar una valoración de US$5 billones. Podría ser la empresa más valiosa de todos los tiempos, según Stephen Witt, autor de The Thinking Machine. Y Washington utiliza una estricta red de controles de exportación para impedir que China se apropie de esos potentes chips.
Esta política se remonta a la década de 1950, cuando Estados Unidos bloqueó las exportaciones de electrónica avanzada a los países aliados de la Unión Soviética. Y se reforzó notablemente en 2022, bajo la presidencia de Joe Biden, a medida que se intensificaba la carrera por la inteligencia artificial.
Estados Unidos puede ejercer su influencia en los controles de exportación, aunque la mayoría de esos potentes chips ni siquiera se fabriquen en EE.UU. De hecho, muchos se fabrican en Taiwán (un aliado de EE.UU.), por la Taiwan Semiconductor Manufacturing Corporation.
Estados Unidos se asegura de que muy pocos de esos chips de alta gama fabricados en Taiwán terminen en China. Lo hace mediante su “regla de productos extranjeros directos”, que obliga a las empresas extranjeras a cumplir con las normas estadounidenses si los productos que exportan contienen componentes estadounidenses o derivan de tecnología estadounidense.
La fábrica de microchips taiwanesa es casi visible desde China continental. Es fácil entender por qué la isla podría ser un objetivo tentador para Pekín. Entonces, ¿por qué las fábricas chinas no empiezan a producir esos potentes chips por sí mismas? No es tan sencillo.
Para fabricar chips de alta gama, se necesita una máquina de impresión ultravioleta. Solo una empresa en el mundo fabrica esas máquinas: ASML, con sede en una pequeña ciudad de los Países Bajos.
Estados Unidos utiliza la misma táctica (su “regla de productos extranjeros directos”) para impedir que esa empresa neerlandesa envíe esas valiosas máquinas a China. Esta política proteccionista parecía haber tenido bastante éxito al ayudar a Estados Unidos a mantener su ventaja en el ámbito de la inteligencia artificial. Pero ahora, China contraatacó.
En enero de 2025, la misma semana en que Donald Trump asumió la presidencia por segunda vez, rodeado de magnates tecnológicos multimillonarios, China lanzó su propio chatbot con IA: DeepSeek.
Para el usuario, la experiencia es muy similar a la de ChatGPT. Puede responder preguntas, escribir código y su uso es gratuito. Curiosamente, se estima que DeepSeek costó una fracción de lo que supuso crear sistemas de inteligencia artificial estadounidenses como ChatGPT y Claude.
Causó un gran revuelo. El 27 de enero de 2025, Nvidia sufrió la mayor pérdida de valor de mercado en un solo día en la historia de la bolsa estadounidense: alrededor de US$600.000 millones.
“Fue tremendamente desconcertante para Washington”, afirma Karen Hao, periodista especializada en IA. Ella cree que la política estadounidense de control de exportaciones pudo haber sido contraproducente: los desarrolladores chinos tuvieron que prescindir de los potentes chips, lo que los obligó a ser creativos. “Al final, esto aceleró la autosuficiencia de China”, afirma.
La característica distintiva de DeepSeek es que, en aquel entonces, tenía capacidades similares a las de modelos estadounidenses como OpenAI y Anthropic, pero utilizando una cantidad mucho menor de chips para su entrenamiento.
En Pekín, mientras tanto, reinaba un optimismo palpable, afirma Selina Xu, investigadora que trabaja en políticas de IA en China en la oficina del exdirector de Google Eric Schmidt. “Todos intentaban descifrar cómo lo había logrado DeepSeek. Y realmente eso fue un catalizador muy positivo para el ecosistema de IA chino”.
También puso de manifiesto una marcada diferencia en la forma como operan ambos países. En Estados Unidos, las empresas de IA protegen celosamente su propiedad intelectual, mientras que en China se adoptó un enfoque más abierto. Para acelerar la adopción y la innovación, las empresas chinas suelen publicar su código en línea, permitiendo que desarrolladores de otras compañías lo consulten.
“Esto significa que las empresas tecnológicas chinas, al crear un nuevo modelo de IA, no tienen que empezar desde cero”, explica Olson. “Pueden simplemente tomar ese modelo, desarrollarlo y mejorarlo”. Como resultado, la carrera por los “cerebros” de IA ya no es tan clara.
Estados Unidos creía que los LLM eran una herramienta poderosa en su arsenal; ahora, China también puede fabricarlos. “Los modelos estadounidenses de código cerrado probablemente sean mejores, pero quizás no por mucho”, dice Selina Xu. “El modelo chino, tal vez sea solo un 90% tan bueno, pero es un 10% más caro”.
Y en lo que respecta a los “cuerpos” de IA —el mundo de los drones y la robótica— China históricamente tuvo ventaja.
Desde la década de 2010, el gobierno chino aumentó drásticamente su apoyo al desarrollo de la robótica. Financió la investigación y proporcionó a los fabricantes de robots miles de millones de dólares en subsidios.
Se estima que ahora hay alrededor de dos millones de robots en funcionamiento en China, más que en el resto del mundo juntos. Olson afirma que gran parte de este éxito se debe a que China es una economía manufacturera. “Tienen toda esa experiencia en la fabricación de productos electrónicos, la aprovechan y así surgen increíbles empresas emergentes de robótica”, dijo.
Los visitantes internacionales a Shenzhen o Shanghái suelen sorprenderse por la profunda integración de los robots en la vida cotidiana, comenta Xu; por ejemplo, las entregas de comida a domicilio con drones.
China destacó especialmente en los llamados robots “humanoides”: máquinas diseñadas para parecerse y comportarse como personas. El Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CEI), un centro de investigación estadounidense bipartidista, informó sobre una “fábrica oscura” de autos en Chongqing, en el sur del país.
La planta cuenta con 2000 robots y vehículos autónomos que, según afirman, pueden entregar un auto nuevo cada minuto. Se la denomina fábrica oscura porque está totalmente automatizada y, en teoría, puede operar en la oscuridad sin presencia humana.
Pekín es consciente del rápido envejecimiento de la población del país, afirma Xu. El gobierno cree que los humanoides pueden cubrir el vacío que deja la jubilación de los trabajadores humanos, especialmente en el sector de los cuidados. “Se espera que para 2035, el número de personas [en China] mayores de 60 años supere la población total de Estados Unidos”, añade.
China no solo está construyendo robots para su enorme población, sino que también representa actualmente el 90% de todas las exportaciones de robots humanoides.
Pero hay un inconveniente. China lidera el mundo en la construcción de cuerpos robóticos. Sin embargo, cada uno de esos cuerpos aún necesita un cerebro: un sistema operativo, o software, que les indique a las distintas partes metálicas qué hacer. Si el robot solo tiene que hacer una tarea repetitiva, como la que podría realizar en la fábrica de automóviles de Chongqing, solo necesita un cerebro robótico relativamente simple. China puede fabricarlo por sí misma.
Pero para que un robot realice muchas tareas variadas y complejas, necesita un cerebro inteligente impulsado por una forma diferente de IA, llamada IA agéntica. Este es un programa de IA que se comporta más como un agente independiente, ejecutando tareas que constan de múltiples pasos.
Así que, en lo que respecta a esos cerebros de alto rendimiento, Estados Unidos sigue teniendo ventaja. “Estados Unidos… Definitivamente sigue a la cabeza en lo que respecta a cerebros robóticos”, señala Wright, el investigador de la UCL y añade: “Esos son los chips y el software de IA que ayudan al robot a realizar tareas concretas. Y lo que hay que tener en cuenta es que aproximadamente el 80% del valor de un robot reside en su cerebro”.
Tanto Estados Unidos como China compiten por combinar robots con IA agéntica, y una empresa estadounidense demostró que ya no son solo las empresas chinas las que pueden crear robots exitosos. Y quién gane importa: es una tecnología que podría resultar emocionante y aterradora a la vez.
Boston Dynamics, una empresa de ingeniería estadounidense, ya la utiliza. Su robot con forma de perro, Spot, se convirtió n un ícono en línea entre los aficionados a la tecnología, con millones de visitas en YouTube. El perro robot cuenta con potentes “ojos” (una cámara de alta tecnología con imágenes térmicas) y “oídos” (monitoreo acústico).
Spot ahora puede realizar inspecciones en los almacenes de la empresa, detectando problemas como el sobrecalentamiento de equipos, fugas o derrames de gas, antes de enviar esa información al proveedor de software de IA industrial, IFS. La IA analiza los resultados y toma decisiones —posiblemente sin intervención humana— para resolver el problema.
Por otro lado, Wright afirma que ya podemos observar la combinación de robótica e IA en el campo de batalla. El pasado verano boreal, Ucrania comenzó a desplegar el Gogol-M, un dron nodriza capaz de volar cientos de kilómetros dentro de Rusia antes de lanzar dos drones de ataque más pequeños. Sin control humano, estos drones utilizaron su IA para escanear el terreno, determinar objetivos, dirigirse hacia ellos y detonar explosivos.
Es difícil predecir quién se alzará con la victoria cuando desconocemos el resultado final, afirma Greg Slabaugh, profesor de visión artificial e IA en la Universidad Queen Mary de Londres. “Es improbable que la ‘victoria’ sea un momento puntual, como el alunizaje”, añade.
“En cambio, lo que importa es la ventaja sostenida: quién lidera en capacidad, quién integra la IA de forma más eficaz en su economía y quién establece los estándares globales”, explica.
Con tecnologías como la electricidad y la informática, el profesor Slabaugh explica que importaba menos quién construyó primero los sistemas y más quién los implementó de forma más eficaz en toda la economía: “Lo mismo podría ocurrir con la IA”.
Desconocemos adónde nos llevará la IA. Las grandes empresas tecnológicas estadounidenses quieren lanzarse a ese futuro incierto sin restricciones; el Partido Comunista Chino, en cambio, quiere que el Estado supervise la investigación. Una visión promete una versión hiperactiva del capitalismo de consumo; la otra, un mundo donde el Estado determina qué se puede o no se puede hacer con esta tecnología.
“Cada bando tiene más posibilidades de ganar en su propio terreno”, indica Mari Sako, de la Escuela de Negocios Said de la Universidad de Oxford. “Cuando dos jugadores compiten con reglas diferentes, sospecho que el que busca atraer a un público más amplio —usuarios, adoptadores, etc.— tiene más probabilidades de imponerse”. Y hay mucho en juego. Todavía no está claro si Estados Unidos o China saldrán fortalecidos del siglo XXI. La carrera por la IA bien podría ser decisiva.
Por Misha Glenny Luke Mintz