Desde finales del siglo pasado han proliferado a nivel mundial una serie de gobiernos denominados “populistas”, tanto de izquierda como de derecha. Muchos analistas han estudiado este fenómeno con disímiles opiniones respecto de las bondades de esta visión de la política, la economía y la sociedad. Por razones de espacio, en esta nota sólo se analizará el concepto de “populismo de izquierda”, las causas de su acceso al poder, sus etapas y sus consecuencias sociales, políticas y económicas.
Claramente, todos los movimientos de este tipo tienen una característica básica que, incluso, es la que le ha dado el nombre de “populismo”. En efecto, a juicio de los populistas, ellos son los únicos y verdaderos representantes y defensores del “pueblo”. De esta manera, cualquier oposición política se convierte en “enemigo” del pueblo y debe ser combatida e ignorada en sus propuestas. En su concepción, pueblo sólo es el conjunto de miembros de la sociedad que participan del movimiento; el resto no pertenece al mismo. Se abre, entonces, una profunda brecha: los que defienden los intereses del pueblo versus los que sólo buscan mantener sus privilegios. En consecuencia, el enemigo debe identificarse: en el populismo de izquierda será la oligarquía económica, que busca mantener sus prerrogativas pasando a segunda prioridad la inclusión social que pudiera mitigar la pobreza y la desigualdad.
Analizadas las características básicas de esta forma de gobierno, la pregunta es cuáles son los factores que, en general, han permitido a este sistema acceder al poder Ellos son: malestar social por inequidad y existencia de severos y crecientes niveles de pobreza e indigencia; grave crisis del sistema republicano provocada por el fracaso y la corrupción de la clase política “tradicional”; decadencia económica que impacta más en los “pobres” que en los “ricos” y, finalmente, aparición de un líder carismático que, con rasgos de autoritarismo, arbitrariedad y poco respeto por la libertad de prensa y la división de poderes, exacerba el descontento de las clases “oprimidas y marginadas”. Definidos estos conceptos, ¿qué enseñan la teoría política y la experiencia histórica respecto de las distintas etapas del proceso populista?
La teoría explica que, en una primera etapa, a través de elecciones –fraudulentas o no–, el partido “nacional y popular” se encarama en el gobierno, tomando a su cargo el poder político del Ejecutivo. En esta etapa, en general, el gobierno dispone de importantes flujos de caja generados por ingresos derivados de precios mundiales de exportación extraordinarios. Se genera entonces superávit fiscal, a partir del cual el gobierno populista comienza a implementar políticas económicas que dilapidan los recursos con un “asistencialismo” cada vez mayor que subsidia a mansalva los consumos populares. Más aún, como el movimiento populista considera que su partido es el único y verdadero defensor de la sociedad, sostiene que el Estado –cuanto más grande mejor– debe proteger, intervenir y regular las actividades económicas con todo tipo de controles y regulaciones.
Esta política “nacional y popular”, entre otros males, ahoga la iniciativa privada, limita las libertades individuales, coarta la independencia de los medios y cierra la economía, generando un creciente gasto público que da a lugar a déficits fiscales cada vez mayores, los cuales terminan arrastrando a la economía hacia severas crisis: procesos inflacionarios, pérdida de valor de la moneda, caída de los niveles de actividad, graves problemas de desempleo, elevados niveles de pobreza e indigencia, fuga de capitales y ausencia de inversiones.
A esta altura, y ya en presencia de un escenario de crisis, se ingresa en una segunda etapa y se dan dos posibilidades: o el gobierno gira 180 grados en sus políticas dando lugar a una salida ordenada de la crisis, o bien, se radicaliza aún más. Si pasa esto último, el gobierno profundiza su autoritarismo y arbitrariedad, limita en forma creciente las libertades individuales y no respeta un ordenado marco monetario y fiscal. Más aún, desprecia el sistema republicano de contrapesos copando los poderes Judicial y Legislativo. De esta manera, se pasa a una “dictadura disfrazada de democracia” (Turquía y Nicaragua, entre otros países). Se profundiza la crisis económica caracterizada por un mayor déficit fiscal (para poder continuar con la política de subsidios), incremento de la inflación, suba de los niveles de pobreza e indigencia y cada vez más limitaciones a las libertades individuales.
El ciclo no termina allí. A medida que transcurre el proceso, el escenario social, político y económico de esta pseudo democracia se tensa hasta que se llega a una tercera etapa. Y, nuevamente, se presentan aquí dos alternativas: caída del gobierno por elecciones o violencia social, o bien una mayor radicalización de la pseudo dictadura, pasándose a una clara “dictadura plena” (Venezuela y Cuba, entre otros países).
En síntesis, el populismo en términos económicos es inviable, en términos políticos es autodestructivo y en términos sociales es absolutamente regresivo.
Si todo esto es tan claro, ¿por qué determinados países insisten con estos calamitosos procesos “nacionales y populares? La respuesta es clara: la causa principal reside en que, sistemáticamente, la gran mayoría de la corporación política de dichos países no sólo no ha abandonado su equivocada ideología populista sino que la ha exacerbado, aumentado incluso su poco respeto por los principios republicanos de división de poderes.
Una reflexión final. Las sociedades inmersas en procesos populistas deberían comprender que, de continuar con sus actuales políticas nacionales y populares, indefectiblemente tendrán vedado el camino para lograr un crecimiento sustentable.