Bien entrado el segundo mes de la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán, vale la pena hacer un balance de la situación. Así estaban las cosas en la república islámica y su entorno antes de que comenzara el conflicto a fines de febrero.
En junio del año pasado, las instalaciones de enriquecimiento nuclear de Irán habían sido, en palabras del presidente Donald Trump, “completamente y totalmente obliteradas” por una campaña de ataques aéreos de 12 días llevada a cabo por las fuerzas aéreas de Estados Unidos e Israel, que utilizaron bombarderos furtivos y bombas antibúnker de 30.000 libras. El jefe de las Fuerzas de Defensa de Israel coincidió con el presidente republicano al afirmar: “Hemos retrasado el programa nuclear iraní durante años, y lo mismo ocurre con su programa de misiles”.
Esa conclusión fue reiterada por la Comisión de Energía Atómica de Israel, que añadió que “el logro puede sostenerse indefinidamente” siempre que Irán no acceda a materiales nucleares -acceso que estaba siendo activamente impedido.
Las capacidades militares de Irán ya habían sido considerablemente debilitadas por campañas aéreas israelíes separadas en 2024, que eliminaron a líderes clave del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, destruyeron defensas aéreas y atacaron instalaciones de misiles balísticos. Israel también bombardeó intensamente a Hezbollah, el aliado miliciano más letal de Teherán, eliminando varias capas de su cúpula y, según muchos análisis, dejando muy deteriorada su capacidad militar.
Hamas ya había sido desmantelado en Gaza. Por último, la ofensiva israelí contra las milicias respaldadas por Irán que sostenían al gobierno sirio contribuyó al colapso de ese régimen en diciembre de 2024.
En otras palabras, Irán estaba en muy malas condiciones desde el punto de vista militar. Además, su economía era un desastre, golpeada por el endurecimiento de las sanciones y por su propio régimen corrupto. Difícilmente alguien podría sostener que Irán representaba una amenaza para sus vecinos, y mucho menos para Estados Unidos, situado a unos 10.000 kilómetros de distancia. El propio Trump lo admitió implícitamente el miércoles al señalar que Estados Unidos no “tiene que estar ahí… Pero estamos para ayudar a nuestros aliados”.
Cabe destacar que ni los aliados europeos ni los asiáticos fueron consultados, y muchos se han pronunciado en contra de la guerra. De hecho, informes sugieren que el primer ministro Benjamin Netanyahu convenció al presidente republicano de iniciar esta guerra no porque Irán representara una amenaza inminente, sino porque su debilidad sin precedentes ofrecía una oportunidad para asestar un golpe decisivo y promover un cambio de régimen. ¿De qué otra forma se explica que Trump haya cerrado su breve anuncio al inicio del conflicto instando al pueblo iraní a levantarse y derrocar al régimen, un llamado replicado por Netanyahu en su propio mensaje?
Hasta ahora, más allá de devastar a Irán y de debilitar aún más a su ya frágil aparato militar -algo previsible en un enfrentamiento tan desigual-, pocos de los resultados buscados se han materializado. El régimen iraní no ha caído. Sus principales líderes han cambiado, para peor. El ayatollah Ali Khamenei, de 86 años -quien había prohibido el desarrollo de armas nucleares-, murió y fue reemplazado por su hijo, considerado más duro que su padre. En general, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria, históricamente más beligerante, parece haber ganado poder, algo lógico en tiempos de guerra.
El estrecho de Ormuz, que se mantuvo libre y abierto pese a numerosas amenazas durante 47 años de tensiones entre Estados Unidos e Irán, está ahora bloqueado por el nuevo liderazgo (al que Trump califica como “mucho más razonable”).
Trump sostiene que, tras algunos bombardeos más, el estrecho se abrirá “de manera natural”, porque Irán querrá exportar su propio petróleo. Esta lectura es errónea: el estrecho no está cerrado. Está abierto al petróleo iraní, que fluye con normalidad, especialmente hacia China. El resultado neto de la guerra es que Irán ahora gana aproximadamente el doble por sus ventas diarias de crudo en comparación con antes del conflicto. Además, si continúa cobrando unos 2 millones de dólares por cada petrolero que lo atraviesa, Teherán obtendrá cientos de millones de dólares adicionales cada mes. Suficiente para reconstruir su poder militar y más.
Los aliados del Golfo de Estados Unidos enfrentan ahora un entorno mucho más inestable y tenso que antes de la guerra. Sus modelos económicos dependen de la paz, la estabilidad y la integración. El príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohammed bin Salman, había restablecido relaciones con Irán en 2023 precisamente para reducir la tensión geopolítica y avanzar en su ambicioso programa de modernización. Hoy, todo ese progreso está en riesgo: las exportaciones de petróleo se ven afectadas y la región ha pasado de tener un camino hacia la estabilidad a convertirse en un foco de conflicto.
El gran beneficiado es Rusia, que obtendrá miles de millones de dólares adicionales cada mes con la suba del precio del petróleo y el alivio de las sanciones por parte de Estados Unidos. Ucrania pierde, ya que las armas que necesita son desviadas hacia Medio Oriente.
Europa pierde, enfrentada a costos energéticos asfixiantes y a la presión de Trump para que la OTAN participe en su guerra, bajo amenaza de retirada si no lo hace. (Conviene recordar que la OTAN es una alianza defensiva y no participó en las guerras de Corea, Vietnam o Irak). China gana, mientras Estados Unidos se empantana en otro conflicto en Medio Oriente y pierde foco en Asia. Al mismo tiempo, las grandes inversiones de Pekín en tecnología verde la protegen de muchos de los costos de esta guerra y la posicionan ante el mundo como una superpotencia más responsable y menos disruptiva.
Por supuesto, las cosas podrían cambiar. Las guerras son impredecibles. Pero hasta ahora, ¿alguna acción militar de Estados Unidos ha acumulado tantos costos para tan pocos resultados?