DUBAI.– En el medio de la creciente tensión entre Estados Unidos, Israel e Irán, y tras la muerte de líder supremo Ali Khamenei en un ataque aéreo, el nombre de Mohammad Bagher Qalibaf volvió a instalarse en el centro de la escena. Mencionado en reportes como posible interlocutor con Washington –algo que él mismo niega–, su figura emerge en un momento de fuerte incertidumbre interna, con disputas de poder en la cúpula de la teocracia y el ascenso de Mojtaba Khamenei como nuevo líder supremo.
Según las tres fuentes iraníes, si se organizaran dichas conversaciones, Irán enviaría al presidente del Parlamento y al ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araqchi, para que asistieran, advirtiendo que cualquier decisión recaería en última instancia en el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, de línea dura.
Mucho antes de esta coyuntura, Qalibaf, de 64 años, había construido una trayectoria marcada por la ambivalencia. Durante casi dos décadas, el actual presidente del Parlamento iraní cultivó una imagen dual: la de un hombre formado en la línea dura del sistema, pero capaz de dialogar con Occidente.
“Me gustaría que Occidente cambiara su actitud hacia Irán y confiara en Irán, y que tenga la seguridad de que en Irán existe una actitud para avanzar los asuntos mediante el diálogo”, dijo Qalibaf en 2008 al diario The Times, en una frase que resume su estrategia de posicionamiento internacional.
Nacido en Torqabeh, en la provincia de Razavi Jorasán, Qalibaf no proviene del clero chiita que tomó el poder tras la Revolución Islámica de 1979, sino de una familia de origen humilde. Como muchos jóvenes de su generación, se unió a la Guardia Revolucionaria durante la guerra entre Irán e Irak en los años 80, donde forjó su perfil militar y ascendió rápidamente. Tras el conflicto, participó en tareas de reconstrucción al frente del conglomerado Jatam al-Anbiya y luego se desempeñó como jefe de la fuerza aérea de la Guardia.
Su salto a la política estuvo marcado por episodios de fuerte tensión interna. En 1999, en medio de protestas estudiantiles, confirmó una carta dirigida al entonces presidente reformista Mohammad Khatami, advirtiendo que las fuerzas armadas intervendrían si el gobierno no reprimía las manifestaciones. Ese posicionamiento anticipó su rol en los años siguientes, en los que quedó vinculado a la represión de protestas. Una grabación filtrada lo mostró asegurando que ordenó el uso de fuego real contra manifestantes en 2003, y elogiando la violencia durante las protestas del Movimiento Verde en 2009, hechos que más tarde serían recordados por su rival electoral Hassan Rouhani.
Como jefe de la policía iraní, Qalibaf impulsó una modernización del cuerpo y la implementación del número de emergencias 110, aunque su gestión también estuvo atravesada por denuncias de abuso de poder. Entre 2005 y 2017, ya como alcalde de Teherán, consolidó su proyección política. Desde ese cargo combinó obras de infraestructura con una estrategia de visibilidad internacional que incluyó su participación en el Foro Económico Mundial y declaraciones elogiosas hacia ciudades occidentales en entrevistas con el Financial Times.
Por otro lado, enfrentó acusaciones de corrupción, entre ellas la transferencia de millones de dólares a una fundación vinculada a su esposa.
Sus detractores lo comparaban con Reza Shah Pahlavi, el militar que impulsó la modernización autoritaria de Irán en el siglo XX. Qalibaf no rechazó del todo esa caracterización. “Si el autoritarismo significa que cuando el sentido colectivo alcanza un plan y una decisión, yo soy muy decidido y firme para llevarlo a cabo”, afirmó en 2008, también al Financial Times. Y agregó: “Cuando la conveniencia de la sociedad está en ejecutar un proyecto, entonces soy muy firme, muestro poca flexibilidad y no dejo que ese sentido colectivo se vea empañado o caiga en el desorden”.
Su ambición presidencial fue constante pero infructuosa. Se postuló en 2005, 2013, 2017 y 2024 sin lograr imponerse, aunque mantuvo el respaldo de sectores clave del poder, incluido Mojtaba Khamenei, según revelaron cables diplomáticos difundidos por WikiLeaks. Esa relación podría adquirir ahora una relevancia mayor en un sistema político que atraviesa una transición incierta.
Analistas como Michael Rubin sostienen que su pragmatismo es, en realidad, una forma de oportunismo político. “Muchos iraníes desprecian a Qalibaf. Los diplomáticos lo ven como pragmático”, escribió, y agregó que su capacidad para adaptarse lo convierte en un “sobreviviente” dentro del sistema.
Las versiones sobre un posible rol negociador con Donald Trump fueron desmentidas por el propio Qalibaf y cuestionadas por la agencia Tasnim News Agency, que las calificó como un intento de generar divisiones internas. “Se presentó a Qalibaf como parte negociadora para proyectar una imagen contradictoria y no unificada de Irán”, señaló el medio cercano a la Guardia Revolucionaria.
En el plano ideológico, Qalibaf mantiene posiciones duras. Como presidente del Parlamento, respaldó el ataque de Hamas del 7 de octubre de 2023 y aseguró que el “régimen sionista nunca tendrá paz hasta el día en que sea aniquilado”.
Sin embargo, su nombre no figura en listas de sanciones o recompensas de Estados Unidos, lo que alimenta las especulaciones sobre su potencial rol en eventuales canales de diálogo.
El propio Trump sumó misterio al negarse a revelar la identidad de su interlocutor iraní: “Porque no quiero que lo maten, ¿de acuerdo? No quiero que lo maten”, dijo.
Agencias AP, ANSA y Reuters