La gaffe protagonizada por Manuel Adorni y su mujer generó tanta atención por parte de los medios de comunicación argentinos que poco y nada pudimos enterarnos de la sustancia de lo que ocurrió la semana pasada en Nueva York, durante la “semana argentina”. En términos decisorios, el resultado se verá con el tiempo.
Un simpatizante del actual Poder Ejecutivo Nacional, economista al fin, apuntó que el costo marginal de haber transportado a la compañera de Adorni en el avión presidencial era cero, generando una puntillosa carta de lectores en este diario, indicando que antes de cada viaje aéreo hay que informar el peso que se va a transportar, para la correspondiente carga de combustible, y que seguramente la mujer algo pesaba, así que el costo marginal no fue cero. “Fue de $3,50”, añadiría yo, para cerrar esta arista de la cuestión.
El episodio sirve para ilustrar el uso y el abuso del concepto de costo marginal. Juan viaja en soledad en su auto por una ruta. Pedro le hace dedo. Coinciden en el destino. Pedro se ofrece a pagarle el costo marginal, es decir, el mayor uso de combustible, mayor desgaste de los neumáticos, etcétera. Juan no acepta cobrar en efectivo, sino a través de una buena conversación. Eficiencia por donde se lo mire, cantamos a coro los economistas.
¿Cuál es el problema? les preguntaría yo a mis alumnos. Que estamos delante de una falacia de composición. Porque ¿qué tal si todos los pasajeros de un avión esperan hasta el momento mismo en que está por comenzar un vuelo, diciéndole a quien está a cargo de la puerta de entrada que ya que va a volar igual sólo tienen que pagar los costos marginales? En el mismo sentido, ¿qué tal si todos los que quieren ver una película en un cine hacen lo mismo frente a la boletería?
Respuesta: tanto la línea aérea como el cine se fundirían porque con esa política de precios no podrían cubrir los costos fijos. El desafío planteado generó una enorme literatura especializada para enfrentar el dilema entre aprovechar al máximo las oportunidades y proveer financiamiento que haga viable la operatoria. Resultado: solo en circunstancias muy puntuales el modelo basado en hacer dedo sirve para tomar decisiones; en condiciones generales, hay que utilizar la medición del costo marginal de largo plazo, que incluye la acumulación de fondos que posibilita, entre otras cosas, reponer las instalaciones.