TEL AVIV.- A una semana del comienzo de la nueva ofensiva conjunta de Israel y Estados Unidos contra Irán, las alertas por andanadas de misiles lanzados por el régimen islámico se intensificaron este sábado dejando a los israelíes al borde de un ataque de nervios, mal dormidos y preocupados por lo que vendrá.
En medio de la parálisis por el estado de emergencia, en el hospital Ichilov de Tel Aviv -el más céntrico de esta ciudad y uno de los más conocidos porque fue aquí que fueron atendidos muchos de los rehenes liberados después de pasar un infierno en la franja de Gaza-, se trabajaba a todo ritmo. Pero bajo tierra.
Como todos los grandes centros de salud de Israel -país militarizado y acostumbrado a vivir en guerra-, ni bien el sábado pasado sonaron las primeras alarmas por los primeros ataques iraníes en represalia de la operación “Rugido del León” y “Furia épica”, el Ichilov, donde trabajan 9000 personas -entre médicos, enfermeros y empleados-, se transformó en un hospital subterráneo.
“El sábado tuvieron que bajar todo porque cuando sonaron las alarmas a las ocho de la mañana, cuando Israel y Estados Unidos atacaron a Irán, se sabía que iban a mandar un montón de misiles, entonces en menos de cinco horas todo se trasladó a los cuatro pisos subterráneos que suelen ser los del estacionamiento de autos”, contó a LA NACION Miguel Glatstein, médico argentino que vive en Israel desde hace casi tres décadas, que trabaja en este nosocomio.
En tiempo récord, el Ichilov fue el primer gran hospital que traslado a sus cerca de 800 internados bajo tierra. “Los que podían ser dados de alta, fueron mandados a casa, para dejarle espacio disponible para las emergencias”, apuntó.
En una recorrida, este médico toxicólogo recibido en la UBA y que fue reservista en el ejército israelí, mostró cómo, en lo que sería el lugar de estacionamiento de cada auto, están los enchufes y demás maquinarias para oxígeno, los monitores. Normalmente en el Ichilov hay una habitación con dos personas, peor en tiempos de guerra los pacientes están todos en el mismo espacio, separados por biombos. “Todos los pacientes están uno al lado del otro y es muy difícil la situación. Están todos acá juntos como si fuese, bueno, valga la redundancia, una guerra”, comentó Glatstein, que está casado con una israelí y es padre de tres hijos.
Bajo tierra, están todas las especialidades: cirugía, terapia intensiva, pediatría, clínica médica y todas las quirúrgicas, subrayó Glatstein. “Por supuesto también hay quirófano y me contó una cirujana amiga que cuando estaba operando, del miedo, se le cayó el bisturí, porque acá abajo también suenan las alarmas”, sumó. Y destacó otro punto esencial: “acá atendemos a todo el mundo: judíos, musulmanes, cristianos, a todos. No se pregunta a la gente de dónde viene, no se pregunta la religión, ni se pregunta tampoco si tiene pasaporte. Es un hospital público”.
Como toxicólogo, él suele tratar casos de suicidios, abusos de drogas, síndrome de abstinencia, chicos intoxicados. “Así que estoy todo el tiempo acá, entre piso y piso, 24 horas y si hay un trauma muy grande, como ahora, yo tengo que estar en el hospital, durmiendo acá”, resaltó. En medio de la alerta, el dato positivo es que, desde el sábado pasado, en la maternidad, que no se encuentra bajo tierra, sino en un espacio protegido de la superficie, nacieron 204 bebes.
En el subsuelo fueron atendidos, además, 25 heridos del primer gran ataque de la noche del sábado de la semana pasada, cuando un misil que logró perforar el Escudo de Hierro, devastó unos 30 edificios de la céntrica calle Yehuda Alevi, en el corazón de Tel Aviv, donde surge una base militar.
Allí este sábado, en un momento de relativa calma, algunos curiosos en bicicleta, monopatín, o a pie, seguían yendo a ver y a sacarle fotos a la zona destruida, acordonada por pancartas con los colores de la bandera israelí y una leyenda que decía “Estamos acá con el corazón en la emergencia y en la rutina”. Se veían construcciones dañadas, con sus paredes ennegrecidas por el fuego, con sus vidrios destrozados y un enorme espacio vacío del edifico que pagó el peor precio. “Fue destruido en un 75% y luego fue demolido”, contó a LA NACION Daniel, un vecino que ahora es parte de los más de 2200 evacuados que hay en Israel por daños a las viviendas. “El impacto del misil fue en verdad sobre la vereda, pero fue devastador”, dijo Daniel, que de todos modos, fiel reflejo de la resiliencia de los israelíes, destacó como las autoridades hicieron desaparecer el enorme cráter que había hace una semana, reparando el asfalto de la calle.
En este primer ataque, como los cerca de 200 vecinos de esa cuadra habían tomado refugio, sólo murió una persona: Mary Ann De Vera, llamada Michelle, cuidadora filipina de 32 años, que en vez de correr e irse, prefirió quedarse a lado de la anciana mayor que cuidaba, Rachel, que se salvó de milagro y cuya historia de dedición conmovió en Israel. Debido al estado de emergencia, aún no pudo celebrarse su funeral, contó a LA NACION la embajadora de Filipinas en Israel, Aileen Mendiola, que contó que Michelle, que había emigrado junto a su marido en 2019, era muy activa en la comunidad filipina (de 26.000 almas) y “conocida por cocinar platos deliciosos durante los encuentros de la comunidad”.