WASHINGTON.- La última vez que Donald Trump había anunciado ataques de Estados Unidos contra Irán, con la Operación Martillo de Medianoche el 21 de junio pasado, el objetivo puntual había sido frenar las ambiciones nucleares del régimen de los ayatollahs.
Esta vez, el presidente norteamericano fue mucho más allá, en una jugada de altísimo riesgo que podría desestabilizar Medio Oriente, con la muerte del ayatollah Ali Khamenei confirmada por Trump, y al dejar en claro su pretensión de un cambio en el liderazgo iraní por primera vez en 47 años, así como la eliminación de sus programas de desarrollo nuclear y de misiles balísticos.
El objetivo de esta campaña militar “masiva” que ordenó Trump -en conjunto con las fuerzas de Israel– promete un uso intensivo de la fuerza e inquietará a los aliados de Estados Unidos en Medio Oriente, preocupados por una guerra regional más amplia -aún de dimensiones desconocidas- y que la inestabilidad toque sus puertas. Y, en el frente interno, el mandatario corre el riesgo de desviar la atención de las principales preocupaciones de los norteamericanos -economía y el alto costo de vida- en una año clave, con las elecciones de medio término en el horizonte.
En las últimas semanas, mientras Estados Unidos consolidaba una poderosa fuerza militar en la zona, los asesores militares de Trump le habían ofrecido al líder republicano varias opciones para hacerle frente a Irán, que incluían desde un ataque simbólico limitado hasta una ofensiva de amplio alcance contra los centros de poder del régimen teocrático. El presidente había presionado desde el principio por opciones decisivas.
Finalmente, se decantó por un ataque amplio, que está llevando a cabo sin la aprobación del Congreso -aunque hubo un aviso del secretario de Estado, Marco Rubio-, con poco interés entre sus bases en otra operación estadounidense de cambio de régimen en Medio Oriente, y con varios aliados en la región que han desalentado nuevos ataques por temor a un conflicto más amplio.
El actual panorama deja a Trump en una situación de doble filo, con la posición de atribuirse el mérito personal por cualquier aspecto exitoso de la llamada “Operación Furia Épica” -afirmó que ningún presidente estuvo dispuesto a “hacer lo que yo estoy haciendo esta noche”-, pero también atado con lo que suceda a partir de ahora en Irán y en toda la región, e incluso las potenciales bajas estadounidenses, según él mismo reconoció en su discurso grabado.
Allí, el presidente afirmó que Estados Unidos está debilitando a los gobernantes iraníes y creando una oportunidad única para que la población derroque el régimen, un cambio de enfoque decisivo. “Ahora es el momento de tomar las riendas de su destino y de dar rienda suelta al próspero y glorioso futuro que está a su alcance. Este es el momento de actuar. No lo dejen pasar”, arengó.
Una encuesta de AP-NORC publicada hace solo dos días reveló que muchos estadounidenses siguen considerando el programa nuclear iraní como una amenaza -el 61% de los consultados afirmó que Irán es un “enemigo” de Estados Unidos– pero no confiaban demasiado en el criterio de Trump sobre el uso de la fuerza militar en el extranjero.
Según el estudio, solo tres de cada 10 estadounidenses aseguraron tener “mucha” o “bastante” confianza en el presidente en lo que respecta a las relaciones con adversarios internacionales. Incluso algunos republicanos, en particular los más jóvenes, tienen dudas sobre la capacidad del magnate para tomar las decisiones correctas en estos asuntos de gran importancia.
En las últimas semanas, preocupados por las encuestas que anticipan un escenario complicado para los republicanos de cara a las elecciones del 3 de noviembre, algunos de los asesores de Trump le recomendaron que se enfoque más en la economía doméstica, y menos en la política exterior.
Los patrones históricos de las elecciones de medio término en Estados Unidos tienden además a perjudicar al partido en el poder, otro factor de inquietud en la tropa oficialista.
Una encuesta del Pew Research Center publicada a principios de este mes reveló que la mayoría de los estadounidenses tienen una opinión negativa de la economía: solo el 28% de los encuestados la califica como “buena o excelente”, mientras que el 72% la considera “regular o mala”. Además, la mayoría de los encuestados (52%) cree que las políticas de Trump empeoraron la economía.
En ese escenario, y con el alto nivel de desaprobación que tiene la segunda gestión de Trump -56%, según el promedio de encuestas de The New York Times– encarar una guerra contra Irán seguramente le habrá puesto los pelos de punta a varios de los asesores del magnate.
Según fuentes del gobierno norteamericano citadas por los medios norteamericanos, se espera que la ofensiva conjunta continúe durante días. Los ataques israelíes se centraron en funcionarios de alto rango y en la capacidad misilística de Irán, mientras que los ataques estadounidenses se dirigieron a objetivos militares, según las fuentes.
Intentar una caída del régimen del ayatollah Ali Khamenei ubica a la administración Trump -que desde siempre ha advertido sobre el costo de las guerras largas- en un terreno fangoso. Los objetivos son mucho más amplios que los de Israel durante su guerra de 12 días con Irán en junio pasado, que buscaba paralizar los programas nucleares y de misiles balísticos y debilitar al régimen, pero sin pretender en forma directa derrocarlo.
Las ambiciones de la ofensiva preocupan a los Estados del Golfo Pérsico, cuyas ciudades cosmopolitas e infraestructura petrolera clave se encuentran justo al otro lado de las costas de Irán. En medio del polvorín regional, muchos tienen que lidiar con la inquietud de sus propias poblaciones y temen un caótico contagio si el régimen iraní finalmente cayera. Otro importante aliado de Estados Unidos, Turquía, también se muestra reticente a tener otra zona de conflicto en sus fronteras.
Además, Trump enfrentará resistencias políticas internas, de los demócratas e incluso de un sector de su Partido Republicano y del movimiento MAGA, que el año pasado había mostrado profundas divisiones sobre el ataque a las instalaciones nucleares iraníes.
El senador Mark Warner (Virginia), el demócrata de mayor rango en el Comité de Inteligencia del Senado, afirmó este sábado que la administración Trump “tergiversó la información de inteligencia” al justificar un ataque a Irán.
“El pueblo estadounidense ya ha visto este tipo de estrategia: declaraciones de urgencia, información de inteligencia tergiversada y acciones militares que llevan a Estados Unidos a un cambio de régimen y a una reconstrucción nacional prolongada y costosa”, declaró Warner.
Un asesor del senador señaló que se refería específicamente al argumento de la administración de que Irán estaba cerca de una ruptura nuclear y de que tenía un misil que podría alcanzar a Estados Unidos.
Warner, como miembro del llamado Grupo de los Ocho, recibió esta semana un informe de Rubio y del director de la CIA, John Ratcliffe, sobre las últimas noticias de inteligencia sobre Irán.
El sábado, los demócratas y algunos republicanos intensificaron sus exigencias para que el Congreso se pronuncie sobre la facultad de Trump para librar una guerra contra Irán, al insistir en que los legisladores regresen inmediatamente a Washington.
Incluso antes de que Trump ordenara un ataque sorpresa contra el régimen iraní en coordinación con Israel, la Cámara de Representantes y el Senado se disponían a debatir y votar la próxima semana resoluciones para limitar los poderes de guerra del presidente.
Las medidas —una que se espera sea considerada en el Senado el martes y la otra en la Cámara de Representantes, el jueves— parecen prácticamente destinadas al fracaso, dado que quienes proponen restringir la autoridad del presidente carecen del apoyo necesario para anular un veto presidencial.
Sin embargo, el esfuerzo cobró nueva urgencia tras los ataques del sábado, que prepararon el terreno para que todos los miembros del Congreso se posicionaran sobre la decisión de Trump de abandonar las conversaciones diplomáticas en favor de una acción militar unilateral.
“Que Trump inicie otra guerra contra Irán por su cuenta es peligroso e ilegal. ‘Estados Unidos primero’ no significa arrastrar al país a otra guerra eterna basada en mentiras e ignorando las necesidades de los estadounidenses aquí en casa. La Constitución es clara: solo el Congreso puede declarar la guerra», advirtió, por su parte, la senadora Elizabeth Warren (Massachusetts).