Cuando Sylvia Milo salía del museo dedicado a Mozart en Viena, algo atrapó su mirada. “En la pared, justo a la salida, había una pintura pequeña que, después descubrí, era un retrato de la familia Mozart. Vi a una mujer sentada al lado de Wolfgang, ambos estaban frente al piano, con las manos entrelazadas tocando las teclas”. Sabía que esa joven no era Constanze, la esposa del extraordinario compositor.
“Para mí fue como una epifanía saber que había otra Mozart. De inmediato pensé: ‘¿cuál es su historia?’. Decidí buscarla, viajé a muchos lugares, fui a los sitios en donde vivió y donde tocó, leí las cartas de la familia”. Y encontró que Nannerl, como la apodaba la familia, fue una virtuosa del piano e incluso más.
Milo creció en Polonia, donde estudió música y aprendió a tocar el piano y el violín. A medida que se adentraba en las clases sobre historia de la música clásica, le llamó la atención la ausencia de mujeres en los relatos. “¿Dónde están sus historias?, ¿por qué no las conocemos?”, recuerda haberse preguntado.
En 2006, cuando se cumplieron 250 años del nacimiento de Wolfgang Amadeus Mozart, visitó Viena, donde se habían organizado varios eventos conmemorativos: “Fui como una fan de Mozart, me puse a explorar la ciudad. Todavía hay mucho de su época, los palacios y los salones en los que tocó, el apartamento en el que vivió”.
Allí está el museo y la foto que la cautivó. Investigar sobre la hermana de Mozart, la inspiró a escribir la obra de teatro: «The Other Mozart» (La otra Mozart), en la que también actúa. “Empecé por leer las biografías de Wolfgang porque no había de Nannerl en inglés”, dice.
Después, se sumergió en la correspondencia de la familia. “Hay cientos de cartas porque escribían extensamente. Todas esas cartas sobrevivieron gracias a Nannerl, ellas las salvó. Después se las dio a Constanze para que se escribiera la primera biografía de Wolfgang”, marca.
Nannerl y Wolfgang fueron los únicos hijos de los siete que tuvieron Leopold Mozart y Anna Maria Pertl que lograron sobrevivir. La niña, que nació el 30 de julio de 1751, fue llamada Maria Anna, pero le decían Marianne y, en el entorno familiar, la apodaron Nannerl. Wolfgang nacería el 27 de enero de 1756.
Cuando la niña tenía 8 años, su padre le enseñó a tocar el clavecín. Su hermano quedaría fascinado al escucharla. “Era una gran pianista y cuando Wolfgang era muy pequeño, la veía practicar. En esa época, ella fue su gran modelo a seguir”, le cuenta a BBC Mundo Eva Neumayr, musicóloga y fundadora y presidenta de la Sociedad Maria Anna Mozart.
“Cuando eran niños, ella era mejor pianista y, en ese sentido, podrías decir que ella fue una inspiración en su infancia temprana”.
Sophia Alexandra Hall cuenta en un artículo publicado en Classic FM que “durante su infancia, muchos biógrafos sitúan a Nannerl como un ídolo en la vida del joven Mozart”.
De hecho, la periodista cita un extracto de la biografía Mozart: A Life, escrita por Maynard Soloman: “A los tres años, Mozart se inspiró para estudiar música al observar las instrucciones de su padre a (Nannerl); quería ser como ella”.
Wolfgang comenzó a tocar teniendo como base el cuaderno de su hermana. Leopold se lo había regalado a ella para que aprendiera las piezas que él había compuesto. Se conoce como «Nannerl Notenbuch“.
Siendo niños, crearon un idioma secreto y él era el rey y ella la reina de un reinado que se inventaron. También, cuenta Milo, “escribieron música juntos, improvisaron”, la música era como un juguete que compartían.
“Ella debió haber sido una gran inspiración porque él (Wolfgang) escribió piezas para que los dos tocaran y en esas primeras piezas, su parte era simple y la de ella tenía las secciones más complicadas. Se podía ver no solo su admiración por ella, sino la apreciación de sus destrezas”.
Leopold no tardó en darse cuenta de que sus hijos eran prodigios. “Unos niños milagro”, dice la experta.
Leopoldo les dio una gran educación en casa y no solo musical. Era muy culto, sabía varios idiomas, fue violinista de la corte de Salzburgo, enseñó y compuso música. “Fue brillante, supo a donde llevar a sus hijos y ante quien presentarlos”, cuenta Milo.
Logró que los dos niños tocaran en la corte imperial de Viena, frente a la emperatriz María Teresa. Wolfgang tenía unos seis años y, de acuerdo con una carta de Leopold, ese día “saltó sobre el regazo de la emperatriz”.
En el blog de Time Travel Vienna, un museo en la capital austriaca que le ofrece a los visitantes un recorrido interactivo por la historia de la ciudad, se cuenta que esa presentación resultó muy fructífera para la familia Mozart.
“Por su actuación, Nannerl y Wolfgang no sólo recibieron 100 ducados de oro (450 florines; un caballo costaba unos diez florines, un simple carruaje de viaje unos 60 florines) como honorarios, sino también dos vestidos desechados de archiduques. A partir de entonces, estos vestidos de gala suntuosamente bordados sirvieron de vestuario escénico a los niños Mozart”.
Leopold y Anna Maria viajaron con sus hijos a la mayoría de las grandes ciudades europeas, que quedaron deslumbradas ante el talento de los niños. La gira, que duró más de tres años, los llevó a Alemania, Praga, Bohemia, Francia, Inglaterra, Italia, Suiza, Países Bajos.
Sin embargo, esos trayectos, en carruajes tirados por caballos, eran largos y agotadores. Aunque la familia interactuó con lo más alto de la sociedad de su época y en pinturas se les ve elegantemente vestidos y con sus pelucas empolvadas del siglo XVIII, no hay que olvidar que los Mozart eran de clase media y sus ingresos modestos. Viajar, en esa época, era costoso y hasta podía llegar a ser peligroso.
Pero las giras dieron frutos. En un artículo de 1763, de la publicación el Intelligenz-Zettel de Augsburgo, se destacó cómo Nannerl, con 11 años, tocaba “las sonatas y los conciertos más difíciles de los más grandes maestros, con la mayor precisión y con una facilidad casi increíble”.
Tras la llegada de la familia a París, el diplomático y periodista alemán Friedrich Melchior Grimm escribió, en el periódico Correspondance Littéraire, sobre los dos niños “prodigios” de Leopold. “Su hija, de once años, toca el clavecín de la manera más brillante; interpreta las piezas más largas y difíciles con una precisión asombrosa”. Y Leopold dejaría constancia de cuán orgulloso estaba de sus hijos.
En una misiva que le envió a un allegado en Salzburgo, en 1764, escribió: “Mi pequeña niña toca las obras más difíciles que tenemos… Con una precisión increíble y con tanta excelencia. En resumen, mi pequeña niña, aunque solo tiene 12 años, es una de las intérpretes más hábiles de Europa”.
Neumayr cuenta que Nannerl se convirtió en una de las primeras pianistas que dio conciertos en toda Europa, lo cual fue realmente novedoso para la época.
Pero creció y Leopold tomó una decisión: la joven debía quedarse en casa, en Salzburgo. Ya no volvería a salir de gira. “Por una parte, viajar se volvía menos costoso con dos personas menos, la madre y la hija”, dice Neumayr.
Pero había otra razón y, para la época, de mucho peso: Leopold no quería afectar las oportunidades de que su hija se casara. El ya adolescente Wolfgang sentiría el vacío, como les escribió en 1770, desde Italia: “Beso a Mamá y a Nannerl, mil o 1000 veces. Solo deseo que mi hermana estuviera en Roma, seguramente le gustaría la ciudad”.
Estando allá, también le escribió a Nannerl que le asombraba que pudiera “componer tan bien. En una palabra, la canción que escribiste es hermosa”. Sin embargo, ninguno de sus trabajos sobrevivió. Milo señala que Nannerl participó en las giras hasta que cumplió 18 años.
“Por unos ocho años y siendo una niña, estuvo prácticamente en la cúspide de la carrera. En ese periodo, no hubo limitaciones para ella en cuanto a sus actuaciones. Pero al cumplir los 18 años, esas limitaciones se volvieron increíblemente estrictas por las perspectivas de matrimonio”, le dice a BBC Mundo.
Y así, su madre, se encargó de enseñarle el arte de los quehaceres domésticos y de cómo convertirse en una buena esposa.
Pero, además, señala Milo, que una mujer hiciera una presentación en público no era bien visto. “La reputación de una mujer se podía manchar completamente si hacía una actuación por dinero. Se le estaría pagando por un trabajo, lo cual era visto como indecoroso por la clase alta”.
Y de quedar arruinada su reputación, era muy probable que se tuviera que casar con alguien de una clase social inferior.
Los Mozart, en la búsqueda de la felicidad para sus hijos, aspiraban a “lo más alto de la sociedad”: “El padre quería para Wolfgang la posición más alta y si la reputación de Nannerl se mancillaba, la de su hermano también se afectaba, porque en esa época toda la familia era una unidad”.
“Por eso, era muy importante que Nannerl fuese extremadamente correcta para atraer al esposo adecuado, que velara por ella económicamente, y también para ayudar a Wolfgang a alcanzar sus objetivos”, explica.
Tras la muerte de su esposa, en 1778, a Leopold le angustiaba enormemente que, si él moría, Wolfgang no tuviese suficiente dinero para apoyar a su hermana y que ella se viera obligada a trabajar en la casa de alguien, por ejemplo, como institutriz, y terminar con la posibilidad de formar su propia familia.
La decisión de que Nannerl dejará de tocar en giras no significó que renunciara a la música. Eso se hace evidente en algunas de las tantas cartas que los cuatro miembros de la familia se escribieron cuando vivían en ciudades distintas.
El volumen II de «The letters of Mozart and his family» (Las cartas de Mozart y su familia) -que fueron organizadas, traducidas y editadas por Emily Anderson- nos abre la puerta a la casa de los Mozart.
Por ejemplo, en una carta de 1777, Nannerl le agradece a su hermano que le mandara “el primer movimiento y el Andante” de su sonata y le confirma que ya los tocó, que el Andante requiere de “una gran concentración” y que espera que le envíe el “Rondo”.
En otra misiva, Leopold les escribe a su esposa y a su hijo (que se encontraban juntos buscando oportunidades para Wolfgang) que, en todo lo que tiene que ver con la casa, Nannerl era “extraordinariamente diligente” y muy atenta.
En otra carta, de 1778, el padre también les relata que habían recibido la visita de “dos caballeros de Wallerstein”, que “insistieron en escuchar tocar a Nanerl”. Se refería a Anton Janitsch, quien era músico de la corte en Wallerstein, en Alemania, y el chelista Joseph Reicha.
“Resultó que su único objetivo al hacerlo era que pudieran adivinar por su estilo de interpretación cómo era el tuyo”, decía. Además, estaban “especialmente ansiosos por escuchar” una de las composiciones de Wolfgang.
Nanerl interpretó la sonata de Mannheim, que su hermano había creado por esa época, y lo hizo “de la manera más excelente y con toda la expresión necesaria. Se quedaron asombrados con su interpretación y con la composición”.
La hermana de Mozart también dio clases privadas. “Y eso era muy inusual a finales del siglo XVIII, una época en la que casi no había maestras de piano. De hecho, ella fue la primera en Salzburgo”, indica Neumayr.
En 1784, con 33 años, Nanerl se casó con un magistrado y se mudó a la pequeña localidad de Sankt Gilgen. Johann Baptist Franz Freiherr había enviudado dos veces y tenía cinco hijos, que Nannerl ayudó a criar. El matrimonio concibió tres hijos. La comunicación con su hermano continuó. Él le enviaba sus creaciones para que las tocara y estaba atento a su opinión. También le dedicó piezas.
“Creo que fue una relación muy cercana y hermosa. No creo que hubiese celos de su parte, al contrario, hubo mucho amor y apoyo porque realmente eran como una unidad”, indica Milo.
Tras la muerte de su esposo, Nanerl dejó Sankt Gilgen y retomó su carrera como profesora de piano. Incluso, convertida en baronesa, llegó a dar algunas presentaciones como solista.
De su investigación, Milo cuenta que le impresionó cuán fuerte Nannerl era, pero también la sabiduría con la que enfrentó la vida. “No se quebró”, dice y remarca: “Quizás eso sea lo principal porque creo que muchas personas se hubiesen roto y amargado”.
“Ella debió haberse sentido profundamente decepcionada de que, de repente, ya no podía continuar con la vida que llevaba, que de repente se sintiera tan limitada ante lo que podía y no podía hacer”, destaca.
Pese a sus responsabilidades como esposa y madre, Nannerl siguió sacando tiempo para la música. “Contamos con cartas en las que su padre le pregunta que cómo puede practicar tres horas días en lugar de salir a dar caminatas más largas por el bien de su salud. Pero ella sabía que necesitaba tocar esas tres horas, que era bueno para su salud mental”, expresa.
Milo fue a la casa en la que vivió Nannerl con su esposo e hijos. “Hay un cuarto pequeño donde tenía el fortepiano que le había regalado su padre como regalo de bodas. No es una sala grande en el que varias personas hubiesen podido sentarse a escucharla. Era un espacio pequeño para ella y su piano. Ella tocaba para ella, para su yo artístico. Y quizá eso fue lo que la salvó, simplemente siguió haciendo su arte”, cierra.
Por Margarita Rodríguez